Caminantes: Paso a paso de una realidad

Karina, Anderson y el pequeño Andrew, una familia llena de sueños y anhelos que los acompañan desde hace cerca de 7 meses, cuando decidieron rehacer su camino desde el lejano Perú para volver a su hogar natal en Venezuela, en búsqueda de ese recuentro familiar y la reconstrucción de una vida que habían dejado atrás. Esta es su historia.

Dos años atrás la vida de Karina y Anderson dio un giro de 360° al emprender un nuevo camino hacia un destino desconocido en búsqueda de una nueva oportunidad de vida lejos de su hogar y su familia, una decisión forzada por la crisis humanitaria que se vive aún hoy en día en su natal Venezuela.

Tras 24 meses de recorrer miles de kilómetros, enfrentándose a las complejas realidades de ser migrantes, habían llegado hasta el Perú y nuevamente se ven enfrentados a un nueva decisión: seguir el duro camino del migrante en tierra ajena o emprender nuevamente un viaje para rehacer sus pasos y regresar a los brazos de su familia y su hogar; un camino que ahora deberían realizar con la expectativa que en pocos meses nacería su primer hijo, Andrew.

“Me impulsa regresar a Venezuela mi hijo y mi esposa. Yo quería seguir fuera porque quería esforzarme (…) trabajar, trabajar y seguir trabajando pues mi meta cuando salí fue trabajar para ayudar a mi familia. Pero por la situación de no contar con una documentación legal y no contar con un trabajo fijo o una situación económica estable que permita sustentar a mi esposa e hijo, mi deseo es poder regresar. Sé que Venezuela no está pasando por la mejor situación pero por lo menos entre familia nos ayudamos”, afirma Anderson en lo que se toma un descanso de una larga jornada de viaje.

Tras siete meses de caminar por las interminables vías de Latinoamérica, Karina, Anderson y el pequeño Andrew están nuevamente en Colombia, en un viaje que los ha llevado a enfrentarse a difíciles condiciones climáticas, como las heladas noches que pasaron en los páramos de Tulcán, Ecuador, o los calientes días bajo el sol abrazador de los desiertos del Perú, todo en búsqueda de ese momento en el que pisen tierra venezolana y sean recibidos en los brazos de su familia, que seguramente en algún punto de este este largo viaje pensaron no volver a ver.

“Es una situación bastante difícil porque uno piensa primero en el bebé pero mi esposo no tenía trabajo y cómo nos íbamos a mantener si él (Andrew) necesita sus pañales, su atención, su comida. Yo voy a Venezuela a reencontrarme con mi familia porque allá tenemos oportunidad de trabajo y aquí nos piden permiso para trabajar y no lo tenemos todavía, y es esperar tres meses para obtenerlo y cómo nos vamos a mantener durante ese tiempo”, menciona Karina junto a su hijo en brazos en lo que se calientan con una fogata.

A lo largo de sus pasos, Anderson y su familia, así como miles de migrantes en tránsito o “caminantes” como se les conoce popularmente, se han enfrentado a los riesgos más complejos, donde la incertidumbre de cada noche y las largas jornadas de cada día vienen acompañadas por el hambre, el cansancio, la sed, la inseguridad, la indiferencia e incluso el rechazo a los que varias veces se han visto sometidos.

“Estamos (los migrantes) en una lucha, estamos pasando por una mala situación, tanto en Venezuela como en otros países, porque estamos siendo denigrados por parte de aquellas personas que son delincuentes. Porque por ellos, nos generalizan a todos nosotros, por unos pagamos todos”, asegura Anderson en medio de la pequeña fogata que ha creado para calentarse y resguardar a su familia del frio.

Para ellos el viaje no ha terminado y frente a sus ojos un panorama ya conocido se alza sobre el horizonte, las largas carreteras que bordean montañas, valles y desiertos que les esperan con sus inagotables kilómetros, un escenario que para esta familia resulta un lugar común pero no por ello un lugar deseable.

Sin embargo, su meta es clara, volver a encontrarse con su familia en Venezuela, rehacer una vida en su tierra y luchar por sacar adelante a su país, uniéndose con sus seres queridos para recuperar la esperanza y brindarle un futuro próspero a su hijo.

“Si vamos a luchar juntos, luchemos en Venezuela. Si vamos a sacar algo adelante que sea nuestro país. Yo sé que no llevo mucho tiempo fuera de mi país, dos años, 24 meses, eso no es nada para otras personas que llevan cinco, seis y hasta 10 años por fuera, pero lo que tengo de experiencia me ha enseñado a que si voy a luchar por algo que sea por mi familia y mi familia está en Venezuela”, resalta este joven de 26 años con la plena convicción de seguir adelante pese a lo duro que pueda verse el camino.

 

 

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