40 días por la niñez: El verdadero ayuno se vive desde la justicia

Devocional 2

TEMA:

«Diariamente me buscan y están felices de conocer mis caminos, como si fueran un pueblo que hace el bien y que no descuida mis leyes […] El ayuno que a mí me agrada consiste en esto: en que rompas las cadenas de la injusticia y desates los nudos que aprietan el yugo; en que dejes libres a los oprimidos y acabes, en fin, con toda tiranía» [DHH] La justicia, que juega un papel determinante en el pensamiento de los profetas, nadie consigue ocultar, ni siquiera por las más extraordinarias prácticas religiosas. Los rituales llegan a volverse prácticas mecánicas y externas. Si las prácticas religiosas no nacen del corazón y resultan de una verdadera justicia, Dios las rechaza. Este tipo de mensajes nos sirven a los creyentes para animarnos a examinar la calidad de nuestra vida.

TEXTO:

Isaías 58:1–12 (DHH) 1 El Señor me dijo: «Grita fuertemente, sin miedo, alza la voz como una trompeta; reprende a mi pueblo por sus culpas, al pueblo de Jacob por sus pecados. 2 Diariamente me buscan y están felices de conocer mis caminos, como si fueran un pueblo que hace el bien y que no descuida mis leyes; me piden leyes justas y se muestran felices de acercarse a mí, 3 y, sin embargo, dicen: “¿Para qué ayunar, si Dios no lo ve? ¿Para qué sacrificarnos, si él no se da cuenta?” El día de ayuno lo dedican ustedes a hacer negocios y a explotar a sus trabajadores; 4 el día de ayuno lo pasan en disputas y peleas y dando golpes criminales con los puños. Un día de ayuno así, no puede lograr que yo escuche sus oraciones. 5 ¿Creen que el ayuno que me agrada consiste en afligirse, en agachar la cabeza como un junco y en acostarse con ásperas ropas sobre la ceniza? ¿Eso es lo que ustedes llaman “ayuno”, y “día agradable al Señor”? 6 Pues no lo es. El ayuno que a mí me agrada consiste en esto: en que rompas las cadenas de la injusticia y desates los nudos que aprietan el yugo; en que dejes libres a los oprimidos y acabes, en fin, con toda tiranía; 7 en que compartas tu pan con el hambriento y recibas en tu casa al pobre sin techo; en que vistas al que no tiene ropa y no dejes de socorrer a tus semejantes. 8 Entonces brillará tu luz como el amanecer y tus heridas sanarán muy pronto. Tu rectitud irá delante de ti y mi gloria te seguirá. 9 Entonces, si me llamas, yo te responderé; si gritas pidiendo ayuda, yo te diré: “Aquí estoy.” Si haces desaparecer toda opresión, si no insultas a otros ni les levantas calumnias, 10 si te das a ti mismo en servicio del hambriento, si ayudas al afligido en su necesidad, tu luz brillará en la oscuridad, tus sombras se convertirán en luz de mediodía. 11 Yo te guiaré continuamente, te daré comida abundante en el desierto, daré fuerza a tu cuerpo y serás como un jardín bien regado, como un manantial al que no le falta el agua. 12 Tu pueblo reconstruirá las viejas ruinas y afianzará los cimientos puestos hace siglos. Llamarán a tu pueblo: “reparador de muros caídos”, “reconstructor de casa en ruinas”.

MEDITACIÓN:

El ayuno se ha considerado una práctica de espiritualidad aceptable. Sin embargo, se vuelve cuestionable cuando se impone por causas estructurales a grupos de personas cuya condición de vulnerabilidad es tal que les impide proveerse del derecho a la alimentación. Millones de personas en el mundo, niños en especial, se someten a un continuo ayuno, sin que tal práctica sea su elección. No es una condición que ellos hayan elegido, más bien es consecuencia de un orden social que les condena a semejante realidad. El texto bíblico le llama injusticia al sistema que provoca esa condición. Algunos escritores contemporáneos, como Ignacio Ellacuría, se han referido a él como el pecado social o pecado estructural. Las comunidades de fe han practicado el ayuno por siglos, y con todo, las condiciones sociales de injusticia prevalecen. Esta incongruencia la señala el texto bíblico al afirmar que los rituales corren el riesgo de volverse prácticas mecánicas y externas. Si las prácticas religiosas no nacen del corazón y resultan del ejercicio de una verdadera justicia, Dios las rechaza. Debemos esforzarnos por practicar de manera intencionada la justicia; esa es la voluntad de Dios para un mundo que necesita realizar cambios radicales en sus estructuras.

ORACIÓN:

Dios, ilumínanos para examinar nuestra vida con honestidad y ver nuestras injusticias. Danos el poder para renunciar a ellas y la gracia para escoger deliberadamente la justicia. Amén. Autor: Juan Carlos Cárcamo, El Salvador

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