Tras 21 años en las aulas, una migrante venezolana se dedica a la asistencia humanitaria y educa a la niñez migrante

Antes de mudarse a Roraima, Brasil, la maestra y cantante venezolana Lusmara López dedicó 21 años de su vida a ser maestra, en asignaturas enfocadas al área cultural. Cuando salió de Ciudad Bolívar, como ella dice, no tenía idea del “giro de 360 ​​grados” que daría su vida dentro del sector humanitario. Su experiencia como maestra sin duda la ayudó, pero escuchar a las niñas, niños y adolescentes migrantes y refugiados fue lo que la transformó como ser humano. 

“El contexto migratorio es totalmente diferente, sobre todo cuando hablamos de emergencias educativas, porque necesitamos adaptarnos a cada migrante con sus emociones positivas y negativas. Las estrategias educativas de Venezuela son diferentes a las de Brasil. En el caso de la migración, dependemos de las formas en las que se puedan expresarse las niñas y niños si quieren cantar, jugar, dibujar. Hay que escucharlos, saber lo que quieren”, evalúa. 

En 2016, Roraima fue un destino turístico para Lusmara cuando no se hablaba de crisis migratoria. De vuelta en su tierra natal, la maestra siguió enseñando a los pequeños. Sin embargo, con el paso del tiempo y el recrudecimiento de la crisis socioeconómica, Lusmara volvió a trazar la ruta, esta vez, hacia Boa Vista, pero esta vez para quedarse. “Como muchos venezolanos, entré a trabajar en un salón de belleza”, recuerda. “Hasta que, en junio de 2019, tuve la oportunidad de unirme a World Vision”, agrega. 

Inicio de la transformación 

En su nuevo trabajo, comenzó como educadora social en los proyectos para migrantes dentro de albergues en Boa Vista. Un año después tuvo que mudarse a Pacaraima, en la frontera con Venezuela, donde permaneció más de un año. El estar cara a cara con familias en extrema vulnerabilidad le permitió ver las necesidades de las niñas, niños y adolescentes y, a partir de eso, generar estrategias de cómo atenderlos. Según la docente, incorporarse al tercer sector fue el hito de un verdadero proceso de reinvención. 

“¿Qué les importa? ¿Cómo puedo captar la atención de cada uno, en diferentes temas? ¿Qué estrategias? Les preguntas qué querían aprender. Una de las estrategias más innovadoras que aprendí en el contexto humanitario fue escuchar, porque a veces el docente prepara el contenido, llega a estos niños y niñas, y eso no es lo que quieren saber, porque viven otra realidad”, analiza Lusmara. 

Lusmara lleva tres años trabajando en la organización en Roraima - Foto: Tiago Orihuela/World Vision Brasil
Lusmara lleva tres años trabajando en la organización en Roraima - Foto: Tiago Orihuela/World Vision Brasil

La docente destaca que el deseo de expresarse es aún más intenso entre las niñas y niños que viven en albergues, ya que son un público que requiere atención educativa, psicológica y emocional. Para ella, la presencia del educador durante el crecimiento de los niños es sumamente relevante debido a los diferentes roles sociales que juegan con ellos. “Añadimos mucho a sus vidas”, resume. 

“Observar, dentro de Venezuela, el cambio de la educación tradicional a la educación política, y mirar a estos muchachos aquí en Brasil, te conmueve. Debes hacerlos sentir bienvenidos, protegidos e iguales a los niños brasileños. Esta transformación de la realidad la viví cuando estaba en Pacaraima, cuando asumí la coordinación de un proyecto, y empecé a ver niños con frío, durmiendo en cartones en la calle, padres que no pueden ayudar. Te preguntas: ¿qué pasó con mi país? ¿Cómo puedo ayudar a mis compatriotas?”, dice. 

Motivación laboral 

Además de Pacaraima, Lusmara coordinó este año el proyecto Integração, que desarrolló actividades de educación y protección para niños migrantes y refugiados. Más de 800 niños y niñas fueron beneficiados con acciones para combatir el maltrato y la violencia infantil en Boa Vista (RR) y Chapecó (SC). Ahora, la nueva misión es actuar en la lucha contra el hambre en la infancia, así como capacitar a las familias que viven en ocupaciones espontáneas en Pacaraima, a través del proyecto “Esperança sem Fronteiras”. 

Trabajar en asistencia humanitaria es una bendición, es una segunda oportunidad para mostrar, aprender, transformar, enseñar. Hay una Lusmara que trabajaba en las escuelas y, ahora, una Lusmara que ayuda a las personas vulnerables”, comenta, y agrega que la pandemia de la covid-19 fue uno de los mayores desafíos de la vida, ya que el equipo no se detuvo y brindó asistencia a las familias en una situación desafiante, para evitar la propagación de la enfermedad. 

Lusmara finaliza afirmando que la ayuda humanitaria se hace con muchas manos y el equipo que trabaja con ella está integrado y “entregado a la causa”. “Estas son personas que siempre están dispuestas a dar lo mejor de sí mismas, se desviven por responder a las necesidades de las personas migrantes y refugiadas. Desde que empecé, caminando hacia el albergue, porque no llegaba el bus, estoy segura que esa llamada y esta vocación fueron más fuertes y mi consuelo”.

Proyecto y World Vision 

El proyecto “Esperanza sin Fronteras”, la respuesta de World Vision en varios países, incluido Brasil, está diseñado para brindar asistencia humanitaria a las y los venezolanos que se ven obligados a abandonar el país. La atención se centra en la seguridad alimentaria y la nutrición, la educación y la protección infantil, además de otros medios de subsistencia, como los cursos de formación profesional. 

La organización humanitaria dedicada a trabajar con niños, familias y sus comunidades para alcanzar su máximo potencial, también aborda las causas de la pobreza y la injusticia. Sirve a todas las personas independientemente de su religión, raza, etnia o género. La ONG está en Brasil desde 1975, actuando a través de programas y proyectos en las áreas de protección, educación, defensa y emergencia, priorizando a niños y adolescentes en situación de vulnerabilidad.  

Nuestro equipo está respondiendo ahora mismo a la crisis global por hambre. Conoce más.