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¿Obligará finalmente la COP30 al mundo a mirar a los niños y niñas de la Amazonía?
Para João Diniz, Líder Regional para América Latina y el Caribe en World Vision, los niños y niñas de la Amazonía están en el epicentro de la crisis climática, y su futuro es inseparable del destino del planeta.
Este año, la COP30, la conferencia mundial sobre cambio climático se celebrará en Belém, en pleno corazón de la Amazonía, una región tan vital que a menudo se le llama “los pulmones de la Tierra”. Sin embargo, detrás de las grandes promesas y las negociaciones clave, se esconde una paradoja inquietante: el lugar que albergará las conversaciones más urgentes sobre el clima es también uno de los más difíciles para crecer siendo niño.
La Amazonía debería ser un paraíso, un aula viva de ríos, bosques y vida desbordante. Pero para millones de niños y niñas, se ha convertido en un lugar de privaciones y peligro. Más de la mitad de las familias de la región viven en pobreza multidimensional, y el 45% enfrenta inseguridad alimentaria. Uno de cada cuatro niños sufre desnutrición crónica y, en algunas comunidades, hasta el 80% carece de acceso a agua potable y saneamiento.
A esto se suman profundas fracturas sociales: en varias zonas, dos de cada tres niños han sido víctimas de violencia física o psicológica; el embarazo adolescente afecta a más del 37% de las niñas entre 15 y 19 años; y el trabajo infantil en menores de 15 años alcanza hasta el 36%. Para todos ellos, la crisis climática no es un concepto abstracto: es la fiebre tras una picadura de mosquito, la tos provocada por el aire contaminado, el miedo de que la próxima inundación arrase con su escuela.
Más allá del dosel del bosque
Podría decirse que la preocupación global por la Amazonía suele centrarse en el carbono, los árboles y la biodiversidad, causas nobles, aunque incompletas. Si bien esa atención es valiosa, a menudo deja de lado una dimensión crucial: las vidas que transcurren bajo ese dosel. Para las comunidades indígenas, con demasiada frecuencia marginadas, la naturaleza es mucho más que un recurso: los bosques, ríos, montañas y mares son ancestros vivos, guardianes de historias, espiritualidad e identidad. Romper ese lazo no es solo destruir un ecosistema, sino borrar un legado donde el ser humano y la Tierra coexisten como uno solo.
La pobreza, la violencia y los desastres climáticos no solo coexisten, colisionan. El colapso ambiental magnifica la fragilidad social, erosionando los cimientos mismos de la infancia. Sin una inversión decidida, esta generación no heredará un bosque lleno de vida, sino un legado de pérdida.
La oportunidad y la responsabilidad
El país anfitrión, Brasil, ha propuesto el “Fondo Bosques Tropicales para Siempre”, con una meta de USD $125 mil millones, diseñado para sostener la conservación a través de retornos de inversión. Sin duda, se trata de una propuesta audaz y visionaria. Pero cabe preguntarse: ¿llegarán esos fondos a los niños y niñas que viven en estos bosques? En las últimas dos décadas, solo el 2.4% del financiamiento climático multilateral ha tenido como objetivo directo a la infancia. Este descuido es tan injusto como miope.
Invertir en resiliencia centrada en la niñez es una estrategia inteligente. Fortalecer servicios esenciales como agua, saneamiento, salud y educación ante los impactos climáticos beneficia a comunidades enteras. Escuelas resistentes a inundaciones, clínicas que permanecen abiertas durante las sequías y sistemas de protección que resguardan a la niñez de la violencia garantizan que la acción climática se traduzca en supervivencia humana.
Tres cambios urgentes para una Amazonía viva
Redefinir el futuro de la Amazonía implica invertir en servicios públicos bien financiados y resilientes al clima. La salud, la educación, el agua y la protección no son mejoras opcionales, sino salvavidas fundamentales para la niñez. A medida que aumentan los impactos climáticos, la falta de fondos suficientes para adaptación y para responder a pérdidas y daños deja a los niños cada vez más expuestos. Ellos son quienes menos han contribuido a la emergencia climática, pero sufren sus peores consecuencias. El financiamiento climático debe ser sensible a la niñez y liderado localmente, garantizando inversiones que fortalezcan los sistemas de los que dependen su seguridad, bienestar y futuro.
Igualmente, crucial es asegurar que los niños, niñas y jóvenes en especial los indígenas y los más marginados, participen activamente en la construcción de su futuro, como recomienda la CMNUCC. Sus voces transmiten la urgencia de la experiencia vivida, y su conocimiento encierra la sabiduría de generaciones que han cuidado del bosque mucho antes de que existieran las cumbres climáticas. Empoderarlos es invertir en la solución climática más poderosa de la Amazonía: su gente.
Un espejo para el mundo
Datos recientes de satélites muestran que las alertas por degradación forestal aumentaron un 44% entre 2023 y 2024, lo que representa un asombroso 163% de aumento desde 2022. Solo el año pasado se dañaron más de 25,000 kilómetros cuadrados de bosque, dos tercios a causa del fuego. Los ríos se están secando, la contaminación va en aumento y los ecosistemas colapsan. La Amazonía lucha por respirar, y también lo hacen sus niños y niñas. Su posible colapso podría liberar hasta 300 mil millones de toneladas de carbono, haciendo inalcanzable la meta de 2 °C del Acuerdo de París, y mucho más aún la de 1.5 °C. El mensaje es claro: el destino de los niños de la Amazonía y el del planeta son uno solo.
Cuando se inaugure la COP30, los delegados debatirán sobre emisiones, financiamiento y marcos de acción. Pero antes del primer discurso, deben hacerse una pregunta más simple: ¿estamos priorizando a la infancia con la misma urgencia con la que tratamos de reducir las emisiones?
Porque si los niños y niñas de la Amazonía no pueden respirar aire limpio, beber agua segura o caminar a la escuela sin miedo, entonces ninguno de nosotros podrá hablar de verdadero progreso.
Sobre João Diniz
Con más de 35 años de experiencia en liderazgo estratégico, desarrollo de recursos y gestión organizacional, João Diniz es un destacado ejecutivo de World Vision. Actualmente se desempeña como Líder Regional para América Latina y el Caribe, brindando liderazgo visionario en toda la región.
Ha ocupado varios cargos senior dentro de World Vision International, incluyendo Director Global de Asuntos Estratégicos, Ministeriales y Financieros (con sede en Nairobi, Kenia) y Director Regional de Estrategia para América Latina y el Caribe (con sede en San José, Costa Rica). En Brasil, fue Director Nacional y anteriormente lideró las áreas de Desarrollo Económico, Mercadeo y Recaudación de Fondos.
Es ingeniero agrónomo con estudios de posgrado en Agricultura Tropical y una maestría en Administración de Empresas con especialización en Gestión Financiera por la Universidad Federal de Pernambuco, Brasil.
¿Pueden las abejas salvar a los niños de la Amazonía? Lo que he aprendido de las alas más pequeñas de la esperanza
He trabajado en el ámbito humanitario y de desarrollo el tiempo suficiente como para reconocer cuándo un proyecto simplemente funciona y cuándo realmente transforma. Lo que está ocurriendo en lo profundo de la Amazonía ecuatoriana pertenece, sin duda, a esta última categoría.
En un país donde el 70.3 % de las familias rurales viven por debajo del umbral de pobreza, se está gestando una revolución silenciosa. No está liderada por expertos internacionales ni por tecnologías sofisticadas, sino por jóvenes… y por el delicado zumbido de las abejas nativas sin aguijón.
La práctica, conocida como meliponicultura, puede sonar modesta. Pero, como he presenciado en primera fila, su impacto es profundo. Estas abejas —pequeñas, sin aguijón, y a menudo ignoradas— están transformando la manera en que las familias alimentan a sus hijos, preservan sus bosques y recuperan su dignidad.
Una tradición que se vuelve movimiento
Hace poco visité una pequeña comunidad donde conocí a Jeferson, un joven de 29 años que encarna la promesa de esta nueva generación. Junto a su pareja, Aide, ha convertido un rincón sencillo del bosque en un santuario vibrante, lleno de vida y propósito.
“Al principio, era solo algo que hacían mis abuelos”, me dijo, sosteniendo con delicadeza una de sus colmenas artesanales. “Pero ahora sabemos que estas abejas son vida. Nos dan medicina, ingresos y, lo más importante, enseñan a nuestros hijos que si cuidamos a las abejas, el bosque nos cuida a nosotros”.
Es una filosofía poderosa, que encierra más verdad que muchos marcos de política pública que he visto. Gracias a su iniciativa, Jeferson ha inspirado a más de 200 familias a tener colmenas de meliponas, produciendo miel tanto para el consumo familiar como para la venta. Cada colmena es un pequeño acto de resistencia contra el hambre, un compromiso silencioso con la regeneración por encima de la extracción.
Lo que realmente significa sostenibilidad
A menudo hablamos de sostenibilidad en términos abstractos: estrategias, marcos, indicadores. Pero en la Amazonía, la sostenibilidad tiene rostro, tiene latido, y a veces… tiene alas diminutas.
La meliponicultura, en mi opinión, es una de esas intervenciones poco comunes: técnicamente viable, económicamente sólida, culturalmente enraizada y ambientalmente regenerativa. Genera ingresos sin destruir los ecosistemas. Refuerza la seguridad alimentaria mientras conserva la biodiversidad. Familias que antes enfrentaban la desnutrición ahora producen miel rica en nutrientes, polen con propiedades medicinales y propóleos cotizados en los mercados internacionales.
Es un modelo elegante: simple, escalable y sostenible en el sentido más genuino. Pero más allá de eso, devuelve el orgullo. Les dice a las comunidades que su herencia no es un obstáculo para el progreso, sino su base.
Repensar cómo hacemos desarrollo
Hasta cierto punto, el éxito de este modelo desafía a todos los que trabajamos en el sector humanitario y de desarrollo. Nos obliga a enfrentar una verdad incómoda: durante décadas hemos tratado el conocimiento local como algo secundario, algo que se debe “integrar” en lugar de liderar.
Aunque bien intencionado, el modelo tradicional de ayuda a menudo ignora lo que tiene justo enfrente: comunidades que ya poseen las soluciones, y que solo esperan ser reconocidas y apoyadas.
Por eso, en World Vision Ecuador, nuestro trabajo en la Amazonía no se trata de entregar ayuda, sino de restaurar la capacidad de acción. No vemos la meliponicultura como caridad; la vemos como una estrategia. Forma parte de un ecosistema más amplio que incluye turismo comunitario, agricultura sostenible y medios de vida artesanales, todos ellos redefiniendo lo que puede ser la prosperidad en las zonas rurales.
Porque, al final, la pregunta no es cómo ayudar, sino cómo hacernos a un lado y permitir que las comunidades lideren.
El sonido del futuro
Cuando escucho el suave zumbido de las abejas en un meliponario, no oigo solo a la naturaleza en acción. Escucho el susurro del cambio: jóvenes construyendo futuros económicamente viables y ecológicamente responsables.
He visto a niños trazar con sus pequeños dedos la arquitectura de una colmena, mientras escuchan a Jeferson explicar cómo la colonia sobrevive gracias al equilibrio y la cooperación. Es una lección de biología, sí… pero también una lección moral. Un recordatorio de que el bosque, al igual que la humanidad, solo prospera cuando cada parte sostiene al conjunto.
A los formuladores de políticas, gobiernos y socios para el desarrollo, les diría esto:
Cuando tratamos a la naturaleza como algo que podemos dar por sentado, el costo nunca es lejano; se propaga por toda la red de la vida, alterando ecosistemas, medios de subsistencia y ese delicado equilibrio que nos sostiene a todos. Las soluciones al hambre, la pobreza y la pérdida ambiental no siempre están en nuevas tecnologías o expertos externos.
La Amazonía no necesita que la salven. Necesita que la escuchen, que la financien y que la respeten.
Entonces, ¿pueden las abejas salvar a los niños de la Amazonía? Tal vez no por sí solas.
Pero sin duda pueden mostrarnos el camino.
Y eso, para mí, es el sonido de la esperanza.
El sueño de la infancia es tener vida plena y aire para respirar
Por Thiago Crucciti, Director Nacional de la ONG Visão Mundial
El mensaje fue simple y devastador en su verdad.
“Ustedes deben unirse para preservar la Amazonía”, dijo Mariana, de 12 años, durante la pre-COP30. Su mensaje, entregado a los negociadores que se preparan para la conferencia global del clima en Belém, resume lo que los discursos adultos muchas veces olvidan: todavía hay una generación que cree que es posible respirar el mañana.
Lo que debería sonar como un llamado obvio se ha convertido en un grito de urgencia. Brasil llega a la COP30 con la selva tropical más grande del planeta en riesgo y con millones de niños expuestos a la desigualdad. En Amazonas, donde viven 4,32 millones de personas, el 78,7% de los niños y adolescentes están en situación de pobreza, según UNICEF. Aunque el índice ha disminuido con respecto a 2019, cuando era del 88,6%, el panorama sigue siendo alarmante. El mismo territorio que alberga la mayor biodiversidad del planeta y una de las mayores reservas de agua dulce también presenta algunos de los peores índices de inseguridad alimentaria del país, como señala la red Una Concertación por la Amazonía.
Las cifras reflejan el espejo de nuestras decisiones. A medida que la deforestación avanza, la desigualdad se profundiza. Según el IBGE, Amazonas cayó del puesto 15 al 17 en el ranking de estados con menor desigualdad de ingresos. Al mismo tiempo, las áreas deforestadas aumentaron un 91% en mayo, según el INPE —el segundo peor resultado de la serie histórica para ese mes, con 960 km² de selva devastada. Estos datos no son solo estadísticas ambientales, sino un retrato del abandono colectivo ante un colapso anunciado.
La destrucción de la selva no es una abstracción ecológica. Es una sentencia social que compromete el futuro de millones de brasileños. Cuando el bosque arde, el aire en las ciudades se vuelve irrespirable, el agua escasea y la infancia pierde su color. Es imposible hablar de neutralidad de carbono sin enfrentar la neutralización de vidas que la crisis climática ya está apagando.
Más que una conferencia, la COP30 representa una encrucijada. El evento debe marcar un punto de inflexión en la conciencia y en la acción. Gobiernos, empresas y organizaciones de la sociedad civil deben comprender que no existe una agenda ambiental viable sin justicia social.
Las soluciones exigen alianzas concretas entre el sector público y el privado, con inversiones consistentes en adaptación climática, saneamiento, educación y seguridad alimentaria. El discurso sobre sostenibilidad solo será creíble cuando llegue a las orillas de los ríos amazónicos, donde la ausencia del Estado es tan visible como el humo de los incendios.
Mantener el bosque en pie exige más que contener la deforestación. Es necesario garantizar alternativas reales de desarrollo sostenible para quienes viven en él. Esto significa generar ingresos con dignidad, asegurar una educación de calidad, ampliar el acceso a la salud y colocar a la infancia en el centro de la acción climática. No hay selva viva sin infancia protegida. La Amazonía del futuro solo será posible si está habitada por niñas y niños con sus derechos garantizados, creciendo con seguridad, pertenencia y esperanza.
El desafío es colectivo. El sector privado necesita ir más allá de la filantropía y asumir compromisos a largo plazo que fortalezcan a las comunidades locales y protejan a la infancia. Por su parte, el poder público debe abandonar la postura reactiva y actuar con planificación, transparencia y prioridad presupuestaria. La Amazonía no es un activo económico ni un símbolo distante. Es el corazón palpitante de un país que insiste en sobrevivir entre el fuego y la esperanza.
La voz de Mariana no es solo el llamado de una niña, sino el recordatorio de que el futuro aún tiene nombre y edad. Las próximas generaciones no heredarán un planeta sostenible si la protección de los bosques continúa disociada de la protección de las personas. El sueño de un niño es tener vida plena y aire para respirar. Y ese también debería ser el sueño de todos los que estarán reunidos en la COP30.
Actuar por la Humanidad en América Latina y el Caribe: Proteger a quienes protegen
Este 19 de agosto, en el Día Mundial de la Acción Humanitaria, rendimos homenaje a las y los trabajadores humanitarios que, en América Latina y el Caribe, enfrentan diariamente contextos de violencia, desastres y crisis que amenazan la vida de millones de personas. Son ellos quienes, con compromiso y valentía, sostienen las líneas de vida que permiten a las comunidades resistir y reconstruirse.
Nuestra región vive una convergencia sin precedentes de emergencias: la crisis humanitaria de múltiples factores en Haití; los flujos migratorios masivos desde Venezuela y Centroamérica; el impacto creciente de eventos climáticos extremos; y la violencia urbana y rural que afecta gravemente a la niñez y sus familias.
En World Vision, respondemos con acción concreta y consistente. En 2024, nuestras intervenciones humanitarias alcanzaron a más de 3 millones de personas, incluyendo 1,7 millones de niñas y niños.
- En Haití, enfrentamos la inseguridad alimentaria que afecta al 72% de la niñez, y donde 1 de cada 3 niños ha abandonado la escuela por la violencia armada.
- En respuesta a migraciones forzadas, brindamos asistencia a más de 450.000 personas en tránsito en países como Colombia, Brasil, Perú, Panamá, Honduras, Guatemala y México.
- Ante emergencias climáticas, desplegamos ayuda en menos de 72 horas, garantizando acceso a agua segura, refugio temporal y kits de higiene.
Sin embargo, este esfuerzo enfrenta dos amenazas críticas:
- Riesgo creciente para el personal humanitario: 2024 fue el año más letal registrado para trabajadores humanitarios, con más de 360 muertes en todo el mundo. La inseguridad limita el acceso y pone en peligro a quienes protegen a otros.
- Recortes severos de financiamiento: En 2025, la financiación global para ayuda humanitaria ha caído un 40%. Esto significa menos alimentos, menos atención médica y menos protección para millones de personas vulnerables.
Frente a esta realidad, se ha lanzado la Declaración para la Protección del Personal Humanitario. Esta iniciativa busca traducir el compromiso político en medidas prácticas para proteger a quienes operan en contextos frágiles. La Declaración promueve:
- Adherencia al derecho internacional humanitario.
- Acceso seguro y sin restricciones a comunidades en crisis.
- Alineación de protecciones para trabajadores internacionales, nacionales y locales.
- Rendición de cuentas y justicia ante ataques contra personal humanitario.
Desde World Vision, hacemos un llamado urgente a gobiernos, donantes y aliados multilaterales para que:
- Garanticen el acceso humanitario sin restricciones.
- Inviertan en las líneas de vida: alimentación, salud, educación y protección infantil.
- Refuercen la seguridad y el bienestar del personal humanitario.
Este Día Mundial de la Acción Humanitaria, nuestra invitación es clara: actuemos juntos por la humanidad. América Latina y el Caribe enfrentan desafíos enormes, pero también cuentan con la fuerza y la resiliencia de sus comunidades, y profesionales humanitarios y sociales dedicados. No dejemos que la violencia ni la falta de recursos silencien la esperanza.
#ActForHumanity
Paulo Nacif
Director Regional de Asuntos y Emergencias Humanitarias, World Vision LACRO
Más allá de la supervivencia: Garantizar el derecho a la alimentación frente a los recortes globales en la ayuda humanitaria
Por Amanda Rives, Directora Senior de Incidencia Externa y Desarrollo de Recursos, Gestión de Desastres, World Vision
Julio de 2025
El hambre se intensifica a nivel mundial a medida que las crisis provocadas por el ser humano se multiplican. A pesar de que la alimentación, la protección y la asistencia humanitaria son derechos humanos universales, el número de personas que no logran obtener alimentos suficientes y nutritivos sigue aumentando.
En 2024, en 26 crisis nutricionales, cerca de 38 millones de niñas y niños menores de cinco años sufrieron desnutrición aguda, y más de 295 millones de personas en 53 países enfrentaron inseguridad alimentaria aguda. Esta tendencia preocupante refleja un aumento constante desde 2016.
La Clasificación Integrada de las Fases de la Seguridad Alimentaria (IPC), principal herramienta de análisis multiactor para la toma de decisiones humanitarias en torno a la alimentación, indica que la inseguridad alimentaria aguda ocurre cuando se interrumpen las cuatro dimensiones de la seguridad alimentaria: disponibilidad, acceso, uso y estabilidad de los alimentos. Esto conlleva a una escasez severa de alimentos, malnutrición, y al uso de estrategias irreversibles como el matrimonio infantil o la venta de medios de subsistencia.
A medida que los conflictos, la inestabilidad económica y los eventos climáticos extremos destruyen sistemas alimentarios y medios de vida, la necesidad de asistencia alimentaria humanitaria y de inversiones sostenibles en seguridad alimentaria aumenta rápidamente. Sin embargo, los recortes en la financiación humanitaria global están desmantelando las redes de seguridad de las que dependen millones de familias en crisis.
A mayo de 2025, la financiación para el sector de seguridad alimentaria alcanzaba solo 1.900 millones de dólares, frente a los 12.400 millones requeridos para satisfacer las necesidades humanitarias globales.
El hambre es una falla colectiva, no un fenómeno natural
Las crisis alimentarias actuales no son desastres naturales inevitables, sino resultado de una falla colectiva del sistema internacional. La negligencia frente al cambio climático, los conflictos prolongados y el debilitamiento de los marcos diplomáticos han expuesto a millones de personas en contextos frágiles. Los instrumentos legales internacionales diseñados para proteger a los civiles y garantizar el acceso humanitario son violados con impunidad.
Cada año, World Vision presenta un informe que documenta los impactos de los vacíos en la asistencia alimentaria para las niñas, niños y familias más vulnerables, especialmente en contextos de conflicto armado, cambio climático y crisis prolongadas. Este año, el estudio se centró en 13 países e incluyó los testimonios de personas desplazadas y comunidades de acogida, que enfrentan juntas las múltiples implicaciones del hambre.
El informe confirma que los efectos del aumento de la inseguridad alimentaria son devastadores, generalizados y profundizados por la reducción de la asistencia disponible.
Todos tienen derecho a la alimentación y a la asistencia humanitaria
El derecho a la alimentación está respaldado por múltiples marcos legales reconocidos internacionalmente. El Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de 1966 reconoce el derecho fundamental de toda persona a estar libre de hambre, mientras que la Convención sobre los Derechos del Niño establece que todos los niños y niñas tienen derecho a una alimentación adecuada y nutritiva.
En 2018, el Consejo de Seguridad de la ONU adoptó la Resolución 2417, que condena el uso del hambre como arma de guerra. La resolución insta a todas las partes en conflicto a proteger a la población civil y a no dañar instalaciones necesarias para la producción y distribución de alimentos.
A pesar de las omisiones actuales, el Derecho Internacional Humanitario (DIH) reconoce el derecho de la población civil en contextos de conflicto a recibir asistencia humanitaria, y exige a las partes en conflicto garantizar el acceso sin restricciones.
Por tanto, proteger a los civiles, ofrecer asistencia y promover la seguridad alimentaria no son actos de caridad: son obligaciones legales que deben cumplirse para garantizar los derechos de quienes viven en crisis.
El conflicto armado es el principal detonante del hambre
La violencia y la inseguridad son las principales causas de las crisis alimentarias. En 2024, 139,8 millones de personas que viven en zonas de conflicto experimentaron altos niveles de inseguridad alimentaria aguda.
A pesar de las garantías del Derecho Internacional Humanitario y la Resolución 2417, se confirmó hambruna en Sudán en 2024, y se considera inminente en lugares como Gaza, Haití, Malí y Sudán del Sur.
Los conflictos destruyen cultivos, carreteras, reservas alimentarias, viviendas e infraestructuras esenciales. Millones de personas se ven forzadas a huir, pierden todo y quedan desconectadas de recursos básicos.
Asimismo, más del 71% de las personas refugiadas en el mundo son acogidas por países de ingresos bajos y medios, lo que pone una presión inmensa sobre comunidades que ya enfrentan pobreza, cambio climático e inestabilidad política.
Los recortes en raciones socavan el bienestar y aumentan la dependencia
La asistencia alimentaria está dirigida a las personas más vulnerables, como aquellas desplazadas o atrapadas en zonas de conflicto, sin libertad de movimiento, sin ingresos ni opciones de subsistencia.
Por eso, los recortes en raciones son devastadores.
El informe de World Vision revela que el 45% de las familias encuestadas experimentaron recortes en la asistencia alimentaria antes de enero de 2025. Estas familias eran 5,4 veces más propensas a enfrentar inseguridad alimentaria aguda.
Tanto las personas desplazadas como las comunidades de acogida expresan el deseo de ser autosuficientes, de dejar atrás la lucha diaria por sobrevivir y construir un futuro.
Pero los recortes profundizan la dependencia. Lo que antes apenas alcanzaba para sobrevivir, hoy ni siquiera cubre lo básico. Muchas familias se ven forzadas a tomar decisiones a corto plazo que pueden perjudicar el desarrollo y la protección de sus hijas e hijos.
¿Qué podemos hacer para garantizar el derecho a la alimentación?
- Invertir en seguridad alimentaria como base para el bienestar integral de niñas, niños y familias.
- Asegurar que las acciones humanitarias e iniciativas de incidencia estén basadas en derechos y en marcos legales vinculantes.
- Escuchar a las comunidades afectadas por el hambre, e invertir en resiliencia y autosuficiencia, no solo en la sobrevivencia.
- Apoyar los mecanismos positivos de afrontamiento, y fortalecer lo que las comunidades ya hacen para cuidarse.
- Implementar intervenciones comprobadas, como transferencias en efectivo, alimentación escolar, inclusión financiera, desarrollo de habilidades y apoyo psicosocial.
- Promover la paz, proteger a la población civil y exigir rendición de cuentas ante violaciones al Derecho Internacional Humanitario.
La comunidad internacional debe renovar su compromiso para acabar con el hambre
Cuando los actores internacionales no cumplen sus obligaciones en materia de protección y asistencia, las consecuencias recaen en las personas más vulnerables: niñas, niños y familias atrapadas en crisis.
Tal como muestra el informe de World Vision, tener acceso a alimentos suficientes no es solo una necesidad biológica. Es la base para la educación, la protección infantil, la salud mental y la estabilidad económica.
La asistencia alimentaria no debe centrarse únicamente en sobrevivir. Debe ser el primer paso hacia la resiliencia, la autosuficiencia y una libertad duradera del hambre.
Es momento de actuar con urgencia, valentía y compromiso. Debemos abordar las causas estructurales del hambre, proteger a la población civil, fortalecer los sistemas alimentarios y hacer realidad el derecho a la alimentación.
No es una opción. Es nuestro deber.
Sobre la autora
Amanda Rives es Directora Senior de Incidencia Externa y Desarrollo de Recursos para la Gestión de Desastres de World Vision. Anteriormente, fue Directora Regional de Incidencia y Política para Medio Oriente y Europa del Este, y lideró programas de protección infantil en América Latina y el Caribe. Es reconocida con el Hunger Leadership Award 2025 del Congresional Hunger Center por su liderazgo en seguridad alimentaria en contextos humanitarios. Es ex voluntaria del Peace Corps, Mickey Leland Hunger Fellow, y cuenta con títulos en relaciones internacionales por George Washington University y desarrollo internacional por American University.
La Amazonía y la niñez en el centro de la lucha contra los plásticos
Este 5 de junio, el mundo conmemora el Día Mundial del Medio Ambiente bajo el lema “Sin contaminación por plásticos”. Y en ningún lugar este llamado cobra más urgencia que en la Amazonía, una región de vital importancia ecológica y hogar de millones de niñas, niños y adolescentes. A través de su iniciativa climática con enfoque en la niñez, World Vision hace un llamado a actuar con urgencia: proteger la Amazonía es proteger a la infancia.
Un ecosistema sofocado por el plástico
La Amazonía, que representa el 40% del territorio sudamericano, está hoy gravemente amenazada por la contaminación plástica. Se estima que cada año se vierten entre 8 y 12 millones de toneladas de plásticos a sus ríos, provenientes de desechos urbanos, bolsas, turismo descontrolado y residuos agrícolas. Estos plásticos tardan cientos de años en degradarse, liberando microplásticos que contaminan los suelos, los peces y, finalmente, a las personas.
Solo en Leticia (Colombia), se generan unas 700 toneladas de residuos al mes, de las cuales el 60% son plásticos, muy por encima del promedio nacional del 30%. De ese total, solo el 1.4% es reciclado. Una parte importante de estos desechos termina en el río Amazonas, uno de los más contaminados del planeta y responsable de verter plástico al océano Atlántico.
Niños y niñas: los más afectados
La contaminación plástica no solo daña ecosistemas, también pone en riesgo la salud de la población, especialmente la más joven. En Ecuador, un estudio de la Universidad Estatal Amazónica reveló la presencia de microplásticos en peces de río destinados al consumo humano, incluso dentro de áreas protegidas como el Parque Nacional Yasuní. Estas partículas pueden atravesar tejidos, alterar hormonas y poner en riesgo la salud a largo plazo.
Para las comunidades amazónicas, el río es una fuente de agua, alimentación y vida. Cuando el plástico entra en ese sistema, también entra en el cuerpo de los niños. Y eso es inaceptable.
50 años de avances… y deudas pendientes
Desde su creación en 1972, el Día Mundial del Medio Ambiente se ha convertido en una plataforma global para responder a la llamada triple crisis planetaria: calentamiento global, pérdida de biodiversidad y contaminación. Aunque se ha avanzado en conciencia pública y acuerdos internacionales, aún persisten desafíos: urbanización sin planificación, políticas lentas y escasa implementación local.
El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) recuerda que el 40% del plástico global es de un solo uso, que menos del 10% se recicla, y que más de 11 millones de toneladas terminan cada año en ríos, lagos y océanos.
La respuesta: transformar el sistema, proteger a la infancia
World Vision, a través de su Iniciativa Amazonas, trabaja para enfrentar esta crisis de manera estructural. La organización promueve acciones en gestión de residuos, protección de fuentes hídricas, educación ambiental y participación comunitaria en los países amazónicos.
La apuesta es clara: poner a la niñez en el centro de las soluciones climáticas. Escuchar sus voces, proteger su salud, garantizar su acceso a un ambiente sano y resiliente, y transformar las políticas públicas con datos, evidencia y participación local.
¿Qué podemos hacer?
El lema global del día mundial del medio ambiente de este año, invita a repensar nuestra relación con el plástico bajo cinco principios: rechazar, reducir, reutilizar, reciclar y repensar. Pero más allá del comportamiento individual, se necesita acción colectiva:
- Gobiernos que prioricen la gestión de residuos en la Amazonía.
- Empresas que dejen atrás los plásticos de un solo uso.
- Inversiones que fortalezcan el reciclaje y la economía circular.
- Comunidades organizadas para proteger sus territorios.
Cuidar la Amazonía es cuidar a quienes la habitan
La Amazonía no es solo biodiversidad. Es hogar. Es futuro. Es infancia. Hoy, en el Día Mundial del Medio Ambiente, recordamos que la lucha contra el plástico es también una lucha por la salud, la dignidad y la esperanza de millones de niñas y niños amazónicos. No podemos dejar que su hogar se ahogue en plástico. El momento de actuar es ahora.