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A un mes de la emergencia: la iglesia que ya estaba allí

World Vision.- Cuando la tierra comenzó a sacudirse el 24 de junio, las iglesias no tuvieron que buscar en un mapa a las familias afectadas. Ya conocían sus nombres, sus viviendas, sus necesidades y sus historias. Tampoco necesitaron presentarse ante la comunidad ni explicar por qué habían llegado: llevaban años viviendo, orando y sirviendo allí.

Esa presencia previa se convirtió en una capacidad humanitaria decisiva.

El parte oficial del Gobierno venezolano, actualizado al 23 de julio de 2026, informa de 5.398 personas fallecidas, 16.740 heridas y 17.907 sin hogar.

Cada cifra contiene historias que el balance oficial apenas puede nombrar: familias que perdieron seres queridos, viviendas, medios de vida, lugares de culto y la seguridad elemental de saber dónde dormir al terminar el día.

Frente a una tragedia de esta magnitud, la respuesta humanitaria depende de los recursos, la capacidad técnica y la coordinación. Depende también de algo que no puede improvisarse después del desastre: la confianza.

Esta ha sido una de las fortalezas de la respuesta de World Vision en Venezuela. El trabajo sostenido con iglesias y comunidades de fe permitió activar redes locales capaces de identificar necesidades, facilitar el ingreso a sectores poco atendidos, organizar la ayuda y proteger a la niñez.

Las primeras en salir

“Las iglesias fueron las primeras en salir”, afirma uno de los testimonios recogidos durante la emergencia.

Salieron para llevar alimentos, agua y abrigo. Organizaron bases de datos, prepararon listas de personas desaparecidas e identificaron quién había regresado y quién todavía faltaba. También habilitaron espacios para niñas y niños, acompañaron a familias angustiadas y ofrecieron sostén espiritual a comunidades que lo habían perdido casi todo.

Desde Carayaca, en el extremo occidental de La Guaira, hasta Caruao, en la costa oriental y cerca del límite con Miranda, las iglesias pusieron en movimiento una red territorial que ya existía antes del terremoto.

Su aporte fue mucho más que prestar edificios o reunir voluntarios. Las congregaciones conocían la geografía humana de sus comunidades: sabían dónde vivían las personas mayores, qué familias tenían niñas y niños pequeños, quiénes necesitaban medicamentos, qué sectores permanecían aislados y cuáles refugios requerían atención urgente.

Ese conocimiento permitió informar a los equipos de World Vision sobre las necesidades prioritarias de las familias y los albergues. También facilitó el acceso a lugares donde una organización externa habría necesitado más tiempo para ingresar y construir relaciones.

La ayuda humanitaria pudo extenderse a La Guaira, Caracas y zonas menos atendidas de Miranda, Falcón, Aragua y Carabobo. Allí se desarrollaron acciones de seguridad alimentaria, agua, saneamiento e higiene, protección de la niñez, apoyo psicosocial y alojamiento temporal.

Al 17 de julio, World Vision había entregado 62.440 servicios humanitarios y alcanzado directamente a 36.720 personas de 4.652 hogares. La diferencia entre las cifras responde al carácter multisectorial de la intervención: una misma persona puede recibir alimentación, agua, artículos de higiene, protección o acompañamiento emocional según sus necesidades.

Una preparación que comenzó antes del terremoto

Un pastor de Playa Grande, en la parroquia Catia La Mar, describió su experiencia en lenguaje de fe: “Dios preparó a las iglesias para esta nueva calamidad”.

Esa preparación espiritual tuvo una expresión concreta.

Durante los dos años anteriores al terremoto, el área de Fe y Desarrollo de World Vision Venezuela realizó talleres periódicos sobre manejo de crisis y respuesta ante fenómenos naturales. El encuentro más reciente se había desarrollado apenas un mes antes del desastre, en mayo, y había reunido a más de cien pastores, pastoras y líderes eclesiales para estudiar los pasos que debían seguir durante una emergencia.

La formación no eliminó el miedo ni evitó las pérdidas. Tampoco convirtió a las iglesias en organismos especializados de rescate. Les permitió ordenar sus primeras decisiones, reconocer riesgos, organizar a sus comunidades y articularse con los equipos humanitarios.

La comparación con la tragedia de Vargas de 1999 aparece en los relatos locales. En aquel momento, muchas congregaciones también ayudaron, pero sus recursos y capacidades de coordinación eran menores. Durante esta emergencia, las iglesias pudieron responder con lo que tenían porque habían fortalecido previamente sus redes, conocimientos y mecanismos de cooperación.

La experiencia confirma una realidad básica de la acción humanitaria: la respuesta más rápida comienza mucho antes del desastre.

Comienza cuando se fortalecen capacidades locales, se construyen vínculos de confianza y se reconoce a las comunidades como protagonistas de la respuesta, no únicamente como receptoras de ayuda.

Un templo convertido en refugio

Alexis resultó herido durante el terremoto. Parte de su vivienda cayó y los escombros golpearon sus piernas. A pesar de ello, logró salir junto con su esposa y caminar hasta la iglesia. Al comprobar que el edificio permanecía en pie y no presentaba daños visibles, abrió sus puertas a las personas que seguían en la calle.

La iglesia se convirtió en refugio.

La congregación ya sostenía un comedor comunitario y contaba con una reserva de alimentos. Entre sus integrantes había profesionales de la salud y personas con experiencia en rescate. Sin electricidad, agua ni equipos especializados, comenzaron a buscar sobrevivientes y a atender a las familias con los medios disponibles.

Mientras ayudaba a otros, Alexis buscaba a sus propios hijos.

Su hijo mayor, Adrián Josué, de 44 años, y su nieto mayor, de 19, murieron bajo los escombros. La tragedia golpeó al mismo tiempo a una familia y a una comunidad de fe: Adrián era pastor de la iglesia y coordinador musical.

La pastora María Díaz de Paz, esposa de Alexis, resumió aquellos días con una frase que no debería ser romantizada: “No hemos podido llorar, porque estamos ayudando al prójimo”.

La iglesia comenzó a preparar comidas, clasificar ropa, distribuir alimentos y organizar kits de higiene mientras sus propios pastores intentaban comprender la dimensión de su pérdida. World Vision respaldó este trabajo con implementos de cocina, alimentos listos para consumir, agua potable y otros insumos para atender a las familias.

Su servicio es admirable, pero no debería convertirse en una exigencia de heroísmo permanente para quienes también sobrevivieron al desastre.

Pastores, pastoras y líderes eclesiales necesitan tiempo para llorar, acompañamiento psicosocial, vivienda, recuperación de sus medios de vida y espacios donde puedan reconocer su propio dolor. La siguiente fase de la respuesta debe considerarlos como aliados comunitarios y, al mismo tiempo, como personas y familias afectadas.

Muchos perdieron viviendas, templos y fuentes de ingreso. Ayudarlos a recuperar cierta estabilidad es indispensable para que puedan continuar acompañando a sus comunidades durante una reconstrucción que será larga.

Fe que se convierte en alimento, agua y protección

El Nuevo Testamento advierte sobre una fe que pronuncia palabras piadosas ante una persona con hambre, pero no le entrega lo necesario para vivir. Santiago sostiene que una fe sin acciones concretas está muerta (Santiago 2:15-17).

En Venezuela, las iglesias han mostrado otra forma de vivirla.

La oración se convirtió en centros de acopio. Los templos se convirtieron en refugios. Las redes pastorales sirvieron para identificar necesidades y organizar la información comunitaria. La relación entre congregaciones permitió que los alimentos llegaran a familias que todavía no aparecían en los registros institucionales.

Así adquieren una concreción particular las palabras de Jesús: “Tuve hambre y me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber” (Mateo 25:35). Jesús une la experiencia espiritual con el cuidado del cuerpo. Alimentar, recibir, vestir, visitar y acompañar forman parte de una misma fidelidad.

La respuesta tampoco quedó limitada a las iglesias de las zonas más afectadas.

La campaña Regala tu Pan y tu Pez, inspirada en el relato de Juan 6:8-14, adquirió una expresión inesperada después del terremoto. Los coordinadores de la Red de Esperanza sin Fronteras organizaron centros de acopio en distintos estados del país. Congregaciones de Zulia, Delta Amacuro, Amazonas, Apure, Yaracuy y Portuguesa —territorios donde muchas familias también enfrentan elevados niveles de pobreza— reunieron alimentos y otras donaciones para enviarlas a sus hermanos y hermanas de la región central.

Comunidades que no vivían en la abundancia decidieron compartir.

El signo bíblico de los panes y los peces comienza cuando alguien pone a disposición aquello que tiene. En Venezuela, las contribuciones reunidas por muchas iglesias se convirtieron en toneladas de ayuda humanitaria.

“Si un miembro sufre, todos sufren con él”, escribe Pablo en 1 Corintios 12:26. Durante esta emergencia, la afirmación dejó de ser únicamente una imagen sobre la vida de la iglesia. Se hizo transporte, alimentos, voluntariado, refugio y solidaridad entre regiones.

El valor diferencial de una alianza

La experiencia en Venezuela muestra por qué las relaciones entre World Vision y las iglesias constituyen una capacidad estratégica para la respuesta humanitaria.

World Vision cuenta con experiencia técnica, estándares de protección y salvaguarda, capacidad logística, recursos humanitarios, sistemas de seguimiento y relaciones con socios nacionales e internacionales. Las iglesias ofrecen presencia territorial, legitimidad comunitaria, voluntariado, conocimiento del contexto y vínculos construidos durante años.

Son capacidades distintas que se necesitan mutuamente.

Las iglesias no reemplazan la responsabilidad del Estado ni el trabajo de los organismos especializados. World Vision tampoco sustituye a las comunidades. El valor del modelo está en la articulación: cada actor trabaja desde su experiencia para que la ayuda llegue con mayor rapidez, pertinencia y responsabilidad.

Ese anclaje ayuda a evitar distribuciones desconectadas de las necesidades reales. Permite identificar a las familias con mayores niveles de vulnerabilidad, mejora la rendición de cuentas ante la comunidad y fortalece la protección de niñas, niños y adolescentes.

También permite acompañar dimensiones de la emergencia que no caben dentro de una caja de alimentos: el duelo, el miedo, la desorientación, la ruptura de los vínculos comunitarios y la pérdida de toda certeza sobre el futuro inmediato.

Reconstruir también será acompañar

La emergencia ha comenzado a transitar desde la asistencia inmediata hacia la recuperación. Las familias continúan necesitando alimentos, agua segura, saneamiento, protección y alojamiento. Ahora requieren también viviendas, oportunidades económicas y medios de vida que les permitan sostenerse con dignidad.

La reconstrucción no puede reducirse a levantar paredes.

Habrá que recuperar relaciones, escuelas, iglesias, espacios comunitarios y redes de protección. Será indispensable acompañar la salud mental de quienes sobrevivieron y reconocer que el duelo no termina cuando disminuye la atención pública.

Las iglesias seguirán siendo fundamentales porque permanecerán en el territorio cuando muchos actores externos se retiren. Para cumplir esa tarea también deberán ser cuidadas, fortalecidas y acompañadas.

El pastor Alexis formuló un llamado directo a las comunidades cristianas que observan la tragedia desde lejos: “Además de orar, busquen la manera de apoyarnos”.

Su petición une oración y acción.

Orar por Venezuela implica compartir recursos, sostener a quienes sirven, proteger a la niñez y apoyar procesos de recuperación que durarán años. La compasión cristiana no se mide únicamente por la intensidad de una emoción, sino por la manera en que esa emoción se convierte en presencia responsable.

Después de los terremotos, las iglesias venezolanas hicieron lo que habían aprendido a hacer mucho antes de la emergencia: permanecer cerca de su gente.

Ya estaban allí cuando llegó el miedo. Estuvieron durante las búsquedas. Abrieron sus puertas cuando las familias no tenían dónde dormir. Registraron nombres, protegieron a la niñez, prepararon alimentos y acompañaron el dolor.

Muchas lo hicieron mientras enterraban a los suyos o intentaban descubrir dónde dormirían esa misma noche.

World Vision pudo llegar con rapidez porque la relación ya existía. La confianza no se improvisó después del terremoto. Se había construido antes y ahora tendrá que sostener una reconstrucción larga.

El trauma, el otro terremoto: World Vision urge a proteger la salud mental de la niñez venezolana

World Vision.- A un mes de los terremotos que el 24 de junio devastaron el centro-norte de Venezuela, World Vision advierte que, junto al daño visible en infraestructura, avanza un “terremoto interno”: los riesgos de protección y de salud mental que la emergencia ha exacerbado en miles de niñas, niños y adolescentes.

El sismo estremeció a una niñez que ya cargaba pérdidas profundas. Cerca de 7,9 millones de personas habían emigrado y se estima que cerca de un millón de niñas, niños y adolescentes quedaron al cuidado de familiares o vecinos porque sus padres migraron. El sismo dañó, además, más de 400 escuelas en un sistema educativo que ya arrastraba años de deterioro. Antes del desastre, el 22 % de la niñez migrante venezolana no estaba matriculada en educación formal según R4V.

La evidencia científica apunta que el trauma y las experiencias adversas durante la infancia multiplican los riesgos de salud y el trauma no procesado se inscribe en el cuerpo y el sistema nervioso. Quienes vivieron cuatro o más episodios adversos durante su infancia multiplican por doce su probabilidad de ideación suicida y se elevan los riesgo de enfermedad cardiovascular durante la vida adulta, según estudios de Felitti y Anda (1998).

“Por este riesgo exacerbado en la salud mental y física es que World Vision prioriza los espacios amigables para la niñez durante las emergencias. Son un salvavidas emocional”, afirmó Maribel Prada, Country Manager de World Vision en Venezuela. “Tenemos más de una década trabajando con el enfoque de Crianza con Ternura en la región para proteger la salud mental de los niños, las niñas y sus familias, como una forma para procesar de manera saludable los múltiples duelos que implica un desastre”.

En estos espacios, instalados en albergues y puntos de distribución donde World Vision provee alimentos, agua y elementos para higiene, los equipos la organización brinda apoyo psicosocial, arte y juego para ayudar a la niñez a regular sus emociones. “En las primeras tres semanas de respuesta, la organización ha acompañado a 36.720 personas, un tercio de ellas niñas y niños.

Al cumplirse el primer mes del sismo, World Vision subraya que restaurar un sentido de esperanza para la infancia tomará años, por ello prioriza la educación en emergencias en esta nueva etapa. La ONG apunta a brindar apoyo psicosocial para la comunidad educativa (niñez, cuidadores y docentes), dotación de útiles y uniformes, restauración de infraestructura escolar, aulas temporales y protección de la niñez.

“Restituir el derecho a la educación es la forma más eficaz de anticipar y prevenir los riesgos de la migración irregular y desplazamiento forzado que muchas familias afectadas por el terremoto consideran”, señaló Mishelle Mitchell, Directora Regional de External Engagement de World Vision para América Latina y el Caribe.

“Hacemos un llamado a los países vecinos a mantener abiertas las vías de migración regular y el acceso al asilo, y a garantizar que la niñez venezolana acceda a educación, protección y apoyo psicosocial en igualdad de condiciones con la niñez de las comunidades de acogida”.  Sin embargo, a nivel local la organización urge a restaurar no solo la infraestructura, sino a fortalecer las capacidades nacionales para asegurar acceso a la educación a la niñez durante la emergencia.

El curso lectivo en Venezuela finalizó el reciente mes de julio y tras el terremoto el país enfrenta severos desafíos debido a los daños causados por el terremoto en más de 1000  edificaciones, incluyendo 400 centros educativos, según OCHA.

Los llamados de World Vision a la acción

1. Garantizar el acceso humanitario sin trabas y respaldar a quienes responden en primera línea, incluidos los actores locales y de base comunitaria y religiosa.

2. Asegurar financiamiento flexible, plurianual y sostenido  para pasar del alivio a la reconstrucción, canalizado de forma prioritaria a organizaciones centradas en la niñez.

3. Poner a la niñez primero en cada decisión y asignación: protección, salud mental y apoyo psicosocial, agua y saneamiento, seguridad alimentaria y educación.

4. Proteger y acoger a las familias desplazadas y migrantes: fronteras y asilo abiertos, no devolución y apoyo a las comunidades de acogida.

Acerca de World Vision

World Vision es una organización humanitaria cristiana global que trabaja con la niñez, las familias y las comunidades para superar la pobreza y la injusticia, y atiende a todas las niñas y niños sin distinción de religión, raza, etnia o género. A través de su iniciativa Esperanza sin Fronteras, responde desde 2019 a las necesidades de la niñez venezolana dentro del país y en las naciones de acogida, en articulación con iglesias, voluntariado y organizaciones locales.

Contacto de prensa: Marielos Romero · Coordinadora Regional de Comunicaciones, World Vision para América Latina y el Caribe · marielos_romero@wvi.org

Sobrevivir no es suficiente

World Vision.- Al marcar el primer mes de los dos terremotos que sacudieron el noreste de Venezuela el pasado 24 de junio, queda manifiesta una máxima que debería guiar todo esfuerzo de concertación para rehabilitar el país: “sobrevivir no es suficiente”.

Si bien es cierto que garantizar la sobrevida de las personas afectadas por el terremoto es una prioridad, en World Vision entendemos que todo esfuerzo por restituir el goce de los derechos de la niñez y reconstruir las capacidades en el país parte de la protección como eje estratégico.

Garantizar la seguridad alimentaria de las familias mediante la provisión de paquetes nutricionales y el equipamiento de comedores comunitarios como lo hacemos tiene sentido, cuando aseguramos que el acceso a estos elementos es seguro y digno; es decir, ningún hombre, mujer, niño o niña deberá sacrificar o menoscabar su dignidad para obtener alimento o asistencia.

Desde nuestros principios humanitarios y nuestra identidad cristiana entendemos que la asistencia humanitaria debe estar libre de condicionamientos. Entender esto y defenderlo con celosa vigilancia es fundamental, porque en tiempos de ingente necesidad, no faltará quien ofrezca ayuda a cambio de favores. Quien ofrece ayudar a cambio de un beneficio personal -económico, sexual, reputacional o de cualquier naturaleza- habla el lenguaje típico de la explotación, el abuso y la manipulación e instrumentaliza solapadamente la asistencia en detrimento de las personas en situación de vulnerabilidad.

El acceso a agua y saneamiento seguro no solo previene enfermedades. Ante todo, busca proteger y dignificar a las familias y en especial a sus niños y niñas durante una emergencia. Ninguna niña, adolescente, ni ninguna mujer, debería sufrir la privación material y encima la congoja por no tener medios para menstruar dignamente. Un kit de higiene y los elementos esenciales para que las familias puedan asearse y hacer sus necesidades de manera privada no son una simple entrega. En el diseño de nuestras iniciativas de agua y saneamiento seguro, aseguramos que recibir estos elementos esenciales estén libres de riesgo de acoso, hostigamiento y abuso. Ningún niño o niña, mujer o adolescente debe sentirse expuesto, inseguro o vulnerable en los actos cotidianos de la higiene personal y familiar.

No es casualidad, entonces que World Vision Venezuela haya articulado a todos sus procesos de distribución y entrega de bienes y servicios esenciales la instalación de espacios amigables para la niñez. En primer lugar, para restituir un sentido de seguridad y garantizar la protección de la niñez en los entornos donde operamos la respuesta a la emergencia. Y en segundo lugar, para sensibilizar a los niños y niñas y a los adultos involucrados, de los riesgos exacerbados de protección que impone la vulnerabilidad causada por un desastre.

Han transcurrido 30 días desde el embate mortífero de los terremotos del 24 de junio. Millares de familias perdieron su fuente de ingreso. Proveer medios de vida sostenibles y dignos, que permitan a la familia levantarse del desastre tiene su asidero en la protección. Al reconstituir fuentes sostenibles de ingreso, prevenimos mecanismos de afrontamiento negativos, que en tiempos de necesidad se normalizan: Una familia sin ingresos podría considerar sacar a los niños de la escuela para que trabajen. El trabajo infantil que impide o interrumpe el derecho a la educación es una forma de violencia que marca a la niñez con el sello de la exclusión y la desigualdad.

El niño o niña y su grupo familiar que buscan medios para sobrevivir y conseguir refugio sin tener los medios para ello es presa fácil de redes o perpetradores individuales de trata, explotación y abuso. Por ello, desde World Vision la articulación de nuestra respuesta a la emergencia por los terremotos es integral y considera la restitución de los derechos de la niñez, con centralidad de la protección.

Ningún derecho se redime a expensas de la renuncia a otro, mucho menos a expensas de la dignidad y la protección. Por ello, al entrar en esta nueva etapa de la respuesta, pasando de la asistencia inmediata a la reconstrucción, renovamos nuestro compromiso de largo plazo, porque entendemos el nexo entre asistencia humanitaria y la restitución de las capacidades y su importancia para el desarrollo integral de la persona, en especial, del niño la niña y los adolescentes.

Le invito a sumarse a esta marcha, de larga distancia, persistencia y fe para cuidar del corazón de la niñez venezolana. Dar para sobrevivir solamente, no es suficiente.

Terremoto en Venezuela: familias en La Guaira caminan hasta 15 kilómetros para conseguir ayuda

La Guaira, Venezuela | World Vision.- En algunas comunidades de La Guaira, la ayuda todavía queda lejos.

Después del terremoto, varias familias no solo enfrentan el miedo a las réplicas, los edificios inestables y las calles bloqueadas. También deben caminar largas distancias para conseguir agua, alimentos o algún tipo de asistencia. Según Alejandro Parra, gerente de Programas de World Vision, pastores de la zona han reportado casos de personas que caminan entre 12 y 15 kilómetros para buscar ayuda.

La escena resume una parte dura de toda emergencia: el desastre no termina cuando deja de temblar. Sigue en los caminos cortados, en los barrios aislados, en las familias que esperan, en las niñas y niños que respiran polvo mientras los adultos intentan resolver qué comer, dónde dormir o cómo salir de una zona insegura.

“Las calles son bastante angostas y cuando cayeron los edificios, muchas de las calles se trancaron”, explica Parra. En esos sectores, la remoción de escombros ya comenzó. También la demolición de estructuras en riesgo. Pero ese proceso, indispensable para abrir paso y reducir peligros, ha traído otra preocupación: una nube constante de polvo sobre zonas donde todavía permanecen familias.

Para madres, padres y cuidadores, el polvo no es un detalle menor. En medio de viviendas dañadas, rutas cerradas y servicios interrumpidos, muchas familias temen que sus hijos sufran enfermedades respiratorias. El aire también se volvió parte de la emergencia.

La Guaira enfrenta varios riesgos al mismo tiempo. Algunas calles quedaron bloqueadas por los escombros. Otras permanecen cerradas porque los edificios cercanos podrían colapsar. Las réplicas mantienen a las comunidades en alerta. En ciertos sectores, el paso de vehículos resulta imposible porque la vía cedió o porque la zona sigue bajo restricción.

Ese aislamiento marca una diferencia entre recibir ayuda y tener que salir a buscarla.

“Hoy me comentaban los pastores que están llegando personas que están caminando 12, 15 kilómetros para ir a buscar algo de ayuda, algo de alimento, algo de agua, porque no se está llegando”, cuenta Parra.

La frase pesa porque revela una brecha concreta. Cuando una familia camina esa distancia después de un terremoto, no lo hace por rutina. Lo hace porque necesita comer. Porque necesita agua. Porque alguien le dijo que en otro punto están entregando asistencia. Porque quedarse quieta también tiene costo.

Las comunidades más alejadas de puntos céntricos como Catia La Mar o Caraballeda enfrentan mayores dificultades. La ayuda puede estar disponible en determinados lugares, pero eso no significa que todas las familias puedan acceder a ella. En una emergencia, la distancia se convierte en una forma de exclusión.

Parra explica que World Vision está entrando a la zona y construyendo redes con iglesias locales para identificar comunidades que todavía no han sido atendidas. La estrategia consiste en encontrar puntos de acceso seguros, coordinar con referentes comunitarios y acercar la respuesta a quienes hoy deben caminar demasiado para recibir apoyo.

“Estamos haciendo redes ahorita con las iglesias para buscar a aquellas que puedan acercarnos a estas personas y que nos den acceso”, señala. “Estamos haciendo las alianzas para buscar un punto que nos permita a nosotros ir hasta allá”.

Ese trabajo con iglesias resulta clave porque, en muchos territorios, las comunidades de fe conocen los caminos, las familias, los sectores más golpeados y las zonas donde la ayuda todavía no entra. En una emergencia, esa información vale tanto como un mapa. Permite saber quién quedó aislado, quién necesita agua, quién tiene niñas y niños pequeños, quién perdió su vivienda, quién está enfermo, quién no puede caminar hasta un punto de distribución.

La niñez exige una atención especial. Después de un terremoto, niñas y niños enfrentan riesgos que van más allá del daño visible. El polvo, la falta de agua segura, la pérdida de rutinas, el miedo a nuevas réplicas y la exposición a espacios inseguros pueden afectar su salud y su bienestar emocional.

Cuando una familia debe desplazarse largas distancias para buscar ayuda, los niños quedan expuestos al cansancio, al calor, al polvo y a la incertidumbre. Cuando una comunidad queda aislada, los más pequeños suelen pagar primero las consecuencias.

Por eso la respuesta humanitaria no puede quedarse solo en los puntos más accesibles. La ayuda debe avanzar hacia las comunidades que quedaron al margen por las vías dañadas, las calles bloqueadas o el riesgo de derrumbe. Cada kilómetro que una familia deja de caminar para conseguir agua o alimentos importa.

World Vision trabaja para acercarse a esas zonas mediante alianzas locales, especialmente con iglesias y líderes comunitarios. El objetivo es identificar lugares seguros de encuentro, convocar a las familias y organizar una respuesta que llegue a quienes todavía esperan.

La tarea es urgente. Mientras continúan las réplicas y la remoción de escombros, muchas familias viven entre el miedo, el polvo y la necesidad. Algunas ya recibieron asistencia. Otras siguen buscando una manera de ser vistas.

En La Guaira, la emergencia no está solo bajo los edificios caídos. También está en los caminos que una madre debe recorrer para conseguir agua. En el niño que tose por el polvo. En la familia que escucha una nueva réplica y vuelve a salir a la calle. En las comunidades donde la ayuda todavía no logra entrar.

Venezuela necesita apoyo ahora

Tu donación puede ayudar a llevar agua segura, alimentación básica, refugio temporal, kits de higiene, protección para la niñez y acompañamiento psicosocial a las familias afectadas por el terremoto.

En una emergencia como esta, acercar la ayuda puede significar que una familia deje de caminar 12 o 15 kilómetros para encontrar lo básico.

Dona hoy y acompaña a las familias de Venezuela:

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Comunidades del Corredor Seco enfrentan los impactos crecientes de la crisis climática

World Vision.- Las comunidades del Corredor Seco en Guatemala continúan enfrentando desafíos cada vez mayores debido a la sequía prolongada, las altas temperaturas, la escasez de agua y la disminución de la producción agrícola, factores que afectan directamente la seguridad alimentaria y los medios de vida de miles de familias.

Municipios como Jocotán, San Juan Ermita, Chiquimula, Zacapa y Jutiapa figuran entre las zonas más vulnerables al cambio climático. La degradación del suelo, el déficit hídrico y la reducción de la cobertura vegetal han disminuido la capacidad productiva de las comunidades, obligando a muchas familias a buscar fuentes alternativas de ingresos para subsistir.

La situación también impacta el acceso al agua potable. En algunas comunidades, las familias deben recorrer largas distancias y esperar varias horas para recolectar agua de manantiales o fuentes naturales con disponibilidad limitada. A esto se suman las dificultades para acceder a alimentos y productos básicos, especialmente durante los meses de mayor inseguridad alimentaria.

Las condiciones climáticas extremas incrementan además los riesgos de malnutrición infantil y profundizan la vulnerabilidad de las comunidades rurales. Frente a este panorama, las familias continúan desarrollando estrategias de adaptación y resiliencia para enfrentar los efectos de una crisis climática que ya está transformando sus medios de vida y su bienestar.

Este contexto resalta la importancia de seguir fortaleciendo acciones integrales de adaptación climática, seguridad alimentaria, acceso al agua y protección de medios de vida para garantizar un futuro más resiliente para la niñez y las comunidades del Corredor Seco.

Comité GEDSI: Impulsando la equidad e inclusión en Ecuador

Quito, Ecuador | World Vision.- En World Vision Ecuador, el compromiso con la equidad, la inclusión y la protección se fortalece a través del trabajo del Comité GEDSI (Género, Discapacidad e Inclusión Social), una iniciativa que impulsa acciones concretas para garantizar que niñas, niños, adolescentes y jóvenes tengan mayores oportunidades para desarrollar su potencial.

Durante el último año, el comité contribuyó al fortalecimiento de más de 800 adolescentes y jóvenes en temas de liderazgo, salud sexual y salud mental. Además, más de 2,100 niñas y niños participaron en espacios de prevención de la violencia, promoviendo entornos más seguros y protectores para la niñez.

Los esfuerzos también incluyeron la actualización de protocolos institucionales con enfoque de género y el acompañamiento a procesos orientados a la inclusión de niñas, niños y adolescentes con discapacidad, reforzando el compromiso de la organización con una programación más accesible, equitativa e inclusiva.

Estos avances reflejan cómo la integración de los principios GEDSI en las operaciones y programas contribuye a construir comunidades más justas, donde todas las personas puedan participar plenamente y ejercer sus derechos sin discriminación.