World Vision.- Cuando la tierra comenzó a sacudirse el 24 de junio, las iglesias no tuvieron que buscar en un mapa a las familias afectadas. Ya conocían sus nombres, sus viviendas, sus necesidades y sus historias. Tampoco necesitaron presentarse ante la comunidad ni explicar por qué habían llegado: llevaban años viviendo, orando y sirviendo allí.
Esa presencia previa se convirtió en una capacidad humanitaria decisiva.
El parte oficial del Gobierno venezolano, actualizado al 23 de julio de 2026, informa de 5.398 personas fallecidas, 16.740 heridas y 17.907 sin hogar.
Cada cifra contiene historias que el balance oficial apenas puede nombrar: familias que perdieron seres queridos, viviendas, medios de vida, lugares de culto y la seguridad elemental de saber dónde dormir al terminar el día.
Frente a una tragedia de esta magnitud, la respuesta humanitaria depende de los recursos, la capacidad técnica y la coordinación. Depende también de algo que no puede improvisarse después del desastre: la confianza.
Esta ha sido una de las fortalezas de la respuesta de World Vision en Venezuela. El trabajo sostenido con iglesias y comunidades de fe permitió activar redes locales capaces de identificar necesidades, facilitar el ingreso a sectores poco atendidos, organizar la ayuda y proteger a la niñez.

Las primeras en salir
“Las iglesias fueron las primeras en salir”, afirma uno de los testimonios recogidos durante la emergencia.
Salieron para llevar alimentos, agua y abrigo. Organizaron bases de datos, prepararon listas de personas desaparecidas e identificaron quién había regresado y quién todavía faltaba. También habilitaron espacios para niñas y niños, acompañaron a familias angustiadas y ofrecieron sostén espiritual a comunidades que lo habían perdido casi todo.
Desde Carayaca, en el extremo occidental de La Guaira, hasta Caruao, en la costa oriental y cerca del límite con Miranda, las iglesias pusieron en movimiento una red territorial que ya existía antes del terremoto.
Su aporte fue mucho más que prestar edificios o reunir voluntarios. Las congregaciones conocían la geografía humana de sus comunidades: sabían dónde vivían las personas mayores, qué familias tenían niñas y niños pequeños, quiénes necesitaban medicamentos, qué sectores permanecían aislados y cuáles refugios requerían atención urgente.
Ese conocimiento permitió informar a los equipos de World Vision sobre las necesidades prioritarias de las familias y los albergues. También facilitó el acceso a lugares donde una organización externa habría necesitado más tiempo para ingresar y construir relaciones.
La ayuda humanitaria pudo extenderse a La Guaira, Caracas y zonas menos atendidas de Miranda, Falcón, Aragua y Carabobo. Allí se desarrollaron acciones de seguridad alimentaria, agua, saneamiento e higiene, protección de la niñez, apoyo psicosocial y alojamiento temporal.

Al 17 de julio, World Vision había entregado 62.440 servicios humanitarios y alcanzado directamente a 36.720 personas de 4.652 hogares. La diferencia entre las cifras responde al carácter multisectorial de la intervención: una misma persona puede recibir alimentación, agua, artículos de higiene, protección o acompañamiento emocional según sus necesidades.
Una preparación que comenzó antes del terremoto
Un pastor de Playa Grande, en la parroquia Catia La Mar, describió su experiencia en lenguaje de fe: “Dios preparó a las iglesias para esta nueva calamidad”.
Esa preparación espiritual tuvo una expresión concreta.
Durante los dos años anteriores al terremoto, el área de Fe y Desarrollo de World Vision Venezuela realizó talleres periódicos sobre manejo de crisis y respuesta ante fenómenos naturales. El encuentro más reciente se había desarrollado apenas un mes antes del desastre, en mayo, y había reunido a más de cien pastores, pastoras y líderes eclesiales para estudiar los pasos que debían seguir durante una emergencia.
La formación no eliminó el miedo ni evitó las pérdidas. Tampoco convirtió a las iglesias en organismos especializados de rescate. Les permitió ordenar sus primeras decisiones, reconocer riesgos, organizar a sus comunidades y articularse con los equipos humanitarios.
La comparación con la tragedia de Vargas de 1999 aparece en los relatos locales. En aquel momento, muchas congregaciones también ayudaron, pero sus recursos y capacidades de coordinación eran menores. Durante esta emergencia, las iglesias pudieron responder con lo que tenían porque habían fortalecido previamente sus redes, conocimientos y mecanismos de cooperación.
La experiencia confirma una realidad básica de la acción humanitaria: la respuesta más rápida comienza mucho antes del desastre.
Comienza cuando se fortalecen capacidades locales, se construyen vínculos de confianza y se reconoce a las comunidades como protagonistas de la respuesta, no únicamente como receptoras de ayuda.
Un templo convertido en refugio
Alexis resultó herido durante el terremoto. Parte de su vivienda cayó y los escombros golpearon sus piernas. A pesar de ello, logró salir junto con su esposa y caminar hasta la iglesia. Al comprobar que el edificio permanecía en pie y no presentaba daños visibles, abrió sus puertas a las personas que seguían en la calle.
La iglesia se convirtió en refugio.
La congregación ya sostenía un comedor comunitario y contaba con una reserva de alimentos. Entre sus integrantes había profesionales de la salud y personas con experiencia en rescate. Sin electricidad, agua ni equipos especializados, comenzaron a buscar sobrevivientes y a atender a las familias con los medios disponibles.
Mientras ayudaba a otros, Alexis buscaba a sus propios hijos.
Su hijo mayor, Adrián Josué, de 44 años, y su nieto mayor, de 19, murieron bajo los escombros. La tragedia golpeó al mismo tiempo a una familia y a una comunidad de fe: Adrián era pastor de la iglesia y coordinador musical.
La pastora María Díaz de Paz, esposa de Alexis, resumió aquellos días con una frase que no debería ser romantizada: “No hemos podido llorar, porque estamos ayudando al prójimo”.
La iglesia comenzó a preparar comidas, clasificar ropa, distribuir alimentos y organizar kits de higiene mientras sus propios pastores intentaban comprender la dimensión de su pérdida. World Vision respaldó este trabajo con implementos de cocina, alimentos listos para consumir, agua potable y otros insumos para atender a las familias.
Su servicio es admirable, pero no debería convertirse en una exigencia de heroísmo permanente para quienes también sobrevivieron al desastre.
Pastores, pastoras y líderes eclesiales necesitan tiempo para llorar, acompañamiento psicosocial, vivienda, recuperación de sus medios de vida y espacios donde puedan reconocer su propio dolor. La siguiente fase de la respuesta debe considerarlos como aliados comunitarios y, al mismo tiempo, como personas y familias afectadas.
Muchos perdieron viviendas, templos y fuentes de ingreso. Ayudarlos a recuperar cierta estabilidad es indispensable para que puedan continuar acompañando a sus comunidades durante una reconstrucción que será larga.
Fe que se convierte en alimento, agua y protección
El Nuevo Testamento advierte sobre una fe que pronuncia palabras piadosas ante una persona con hambre, pero no le entrega lo necesario para vivir. Santiago sostiene que una fe sin acciones concretas está muerta (Santiago 2:15-17).
En Venezuela, las iglesias han mostrado otra forma de vivirla.
La oración se convirtió en centros de acopio. Los templos se convirtieron en refugios. Las redes pastorales sirvieron para identificar necesidades y organizar la información comunitaria. La relación entre congregaciones permitió que los alimentos llegaran a familias que todavía no aparecían en los registros institucionales.
Así adquieren una concreción particular las palabras de Jesús: “Tuve hambre y me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber” (Mateo 25:35). Jesús une la experiencia espiritual con el cuidado del cuerpo. Alimentar, recibir, vestir, visitar y acompañar forman parte de una misma fidelidad.
La respuesta tampoco quedó limitada a las iglesias de las zonas más afectadas.
La campaña Regala tu Pan y tu Pez, inspirada en el relato de Juan 6:8-14, adquirió una expresión inesperada después del terremoto. Los coordinadores de la Red de Esperanza sin Fronteras organizaron centros de acopio en distintos estados del país. Congregaciones de Zulia, Delta Amacuro, Amazonas, Apure, Yaracuy y Portuguesa —territorios donde muchas familias también enfrentan elevados niveles de pobreza— reunieron alimentos y otras donaciones para enviarlas a sus hermanos y hermanas de la región central.
Comunidades que no vivían en la abundancia decidieron compartir.
El signo bíblico de los panes y los peces comienza cuando alguien pone a disposición aquello que tiene. En Venezuela, las contribuciones reunidas por muchas iglesias se convirtieron en toneladas de ayuda humanitaria.
“Si un miembro sufre, todos sufren con él”, escribe Pablo en 1 Corintios 12:26. Durante esta emergencia, la afirmación dejó de ser únicamente una imagen sobre la vida de la iglesia. Se hizo transporte, alimentos, voluntariado, refugio y solidaridad entre regiones.
El valor diferencial de una alianza
La experiencia en Venezuela muestra por qué las relaciones entre World Vision y las iglesias constituyen una capacidad estratégica para la respuesta humanitaria.
World Vision cuenta con experiencia técnica, estándares de protección y salvaguarda, capacidad logística, recursos humanitarios, sistemas de seguimiento y relaciones con socios nacionales e internacionales. Las iglesias ofrecen presencia territorial, legitimidad comunitaria, voluntariado, conocimiento del contexto y vínculos construidos durante años.
Son capacidades distintas que se necesitan mutuamente.
Las iglesias no reemplazan la responsabilidad del Estado ni el trabajo de los organismos especializados. World Vision tampoco sustituye a las comunidades. El valor del modelo está en la articulación: cada actor trabaja desde su experiencia para que la ayuda llegue con mayor rapidez, pertinencia y responsabilidad.
Ese anclaje ayuda a evitar distribuciones desconectadas de las necesidades reales. Permite identificar a las familias con mayores niveles de vulnerabilidad, mejora la rendición de cuentas ante la comunidad y fortalece la protección de niñas, niños y adolescentes.
También permite acompañar dimensiones de la emergencia que no caben dentro de una caja de alimentos: el duelo, el miedo, la desorientación, la ruptura de los vínculos comunitarios y la pérdida de toda certeza sobre el futuro inmediato.
Reconstruir también será acompañar
La emergencia ha comenzado a transitar desde la asistencia inmediata hacia la recuperación. Las familias continúan necesitando alimentos, agua segura, saneamiento, protección y alojamiento. Ahora requieren también viviendas, oportunidades económicas y medios de vida que les permitan sostenerse con dignidad.

La reconstrucción no puede reducirse a levantar paredes.
Habrá que recuperar relaciones, escuelas, iglesias, espacios comunitarios y redes de protección. Será indispensable acompañar la salud mental de quienes sobrevivieron y reconocer que el duelo no termina cuando disminuye la atención pública.
Las iglesias seguirán siendo fundamentales porque permanecerán en el territorio cuando muchos actores externos se retiren. Para cumplir esa tarea también deberán ser cuidadas, fortalecidas y acompañadas.
El pastor Alexis formuló un llamado directo a las comunidades cristianas que observan la tragedia desde lejos: “Además de orar, busquen la manera de apoyarnos”.
Su petición une oración y acción.
Orar por Venezuela implica compartir recursos, sostener a quienes sirven, proteger a la niñez y apoyar procesos de recuperación que durarán años. La compasión cristiana no se mide únicamente por la intensidad de una emoción, sino por la manera en que esa emoción se convierte en presencia responsable.
Después de los terremotos, las iglesias venezolanas hicieron lo que habían aprendido a hacer mucho antes de la emergencia: permanecer cerca de su gente.
Ya estaban allí cuando llegó el miedo. Estuvieron durante las búsquedas. Abrieron sus puertas cuando las familias no tenían dónde dormir. Registraron nombres, protegieron a la niñez, prepararon alimentos y acompañaron el dolor.
Muchas lo hicieron mientras enterraban a los suyos o intentaban descubrir dónde dormirían esa misma noche.
World Vision pudo llegar con rapidez porque la relación ya existía. La confianza no se improvisó después del terremoto. Se había construido antes y ahora tendrá que sostener una reconstrucción larga.