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A un mes de la emergencia: la iglesia que ya estaba allí

World Vision.- Cuando la tierra comenzó a sacudirse el 24 de junio, las iglesias no tuvieron que buscar en un mapa a las familias afectadas. Ya conocían sus nombres, sus viviendas, sus necesidades y sus historias. Tampoco necesitaron presentarse ante la comunidad ni explicar por qué habían llegado: llevaban años viviendo, orando y sirviendo allí.

Esa presencia previa se convirtió en una capacidad humanitaria decisiva.

El parte oficial del Gobierno venezolano, actualizado al 23 de julio de 2026, informa de 5.398 personas fallecidas, 16.740 heridas y 17.907 sin hogar.

Cada cifra contiene historias que el balance oficial apenas puede nombrar: familias que perdieron seres queridos, viviendas, medios de vida, lugares de culto y la seguridad elemental de saber dónde dormir al terminar el día.

Frente a una tragedia de esta magnitud, la respuesta humanitaria depende de los recursos, la capacidad técnica y la coordinación. Depende también de algo que no puede improvisarse después del desastre: la confianza.

Esta ha sido una de las fortalezas de la respuesta de World Vision en Venezuela. El trabajo sostenido con iglesias y comunidades de fe permitió activar redes locales capaces de identificar necesidades, facilitar el ingreso a sectores poco atendidos, organizar la ayuda y proteger a la niñez.

Las primeras en salir

“Las iglesias fueron las primeras en salir”, afirma uno de los testimonios recogidos durante la emergencia.

Salieron para llevar alimentos, agua y abrigo. Organizaron bases de datos, prepararon listas de personas desaparecidas e identificaron quién había regresado y quién todavía faltaba. También habilitaron espacios para niñas y niños, acompañaron a familias angustiadas y ofrecieron sostén espiritual a comunidades que lo habían perdido casi todo.

Desde Carayaca, en el extremo occidental de La Guaira, hasta Caruao, en la costa oriental y cerca del límite con Miranda, las iglesias pusieron en movimiento una red territorial que ya existía antes del terremoto.

Su aporte fue mucho más que prestar edificios o reunir voluntarios. Las congregaciones conocían la geografía humana de sus comunidades: sabían dónde vivían las personas mayores, qué familias tenían niñas y niños pequeños, quiénes necesitaban medicamentos, qué sectores permanecían aislados y cuáles refugios requerían atención urgente.

Ese conocimiento permitió informar a los equipos de World Vision sobre las necesidades prioritarias de las familias y los albergues. También facilitó el acceso a lugares donde una organización externa habría necesitado más tiempo para ingresar y construir relaciones.

La ayuda humanitaria pudo extenderse a La Guaira, Caracas y zonas menos atendidas de Miranda, Falcón, Aragua y Carabobo. Allí se desarrollaron acciones de seguridad alimentaria, agua, saneamiento e higiene, protección de la niñez, apoyo psicosocial y alojamiento temporal.

Al 17 de julio, World Vision había entregado 62.440 servicios humanitarios y alcanzado directamente a 36.720 personas de 4.652 hogares. La diferencia entre las cifras responde al carácter multisectorial de la intervención: una misma persona puede recibir alimentación, agua, artículos de higiene, protección o acompañamiento emocional según sus necesidades.

Una preparación que comenzó antes del terremoto

Un pastor de Playa Grande, en la parroquia Catia La Mar, describió su experiencia en lenguaje de fe: “Dios preparó a las iglesias para esta nueva calamidad”.

Esa preparación espiritual tuvo una expresión concreta.

Durante los dos años anteriores al terremoto, el área de Fe y Desarrollo de World Vision Venezuela realizó talleres periódicos sobre manejo de crisis y respuesta ante fenómenos naturales. El encuentro más reciente se había desarrollado apenas un mes antes del desastre, en mayo, y había reunido a más de cien pastores, pastoras y líderes eclesiales para estudiar los pasos que debían seguir durante una emergencia.

La formación no eliminó el miedo ni evitó las pérdidas. Tampoco convirtió a las iglesias en organismos especializados de rescate. Les permitió ordenar sus primeras decisiones, reconocer riesgos, organizar a sus comunidades y articularse con los equipos humanitarios.

La comparación con la tragedia de Vargas de 1999 aparece en los relatos locales. En aquel momento, muchas congregaciones también ayudaron, pero sus recursos y capacidades de coordinación eran menores. Durante esta emergencia, las iglesias pudieron responder con lo que tenían porque habían fortalecido previamente sus redes, conocimientos y mecanismos de cooperación.

La experiencia confirma una realidad básica de la acción humanitaria: la respuesta más rápida comienza mucho antes del desastre.

Comienza cuando se fortalecen capacidades locales, se construyen vínculos de confianza y se reconoce a las comunidades como protagonistas de la respuesta, no únicamente como receptoras de ayuda.

Un templo convertido en refugio

Alexis resultó herido durante el terremoto. Parte de su vivienda cayó y los escombros golpearon sus piernas. A pesar de ello, logró salir junto con su esposa y caminar hasta la iglesia. Al comprobar que el edificio permanecía en pie y no presentaba daños visibles, abrió sus puertas a las personas que seguían en la calle.

La iglesia se convirtió en refugio.

La congregación ya sostenía un comedor comunitario y contaba con una reserva de alimentos. Entre sus integrantes había profesionales de la salud y personas con experiencia en rescate. Sin electricidad, agua ni equipos especializados, comenzaron a buscar sobrevivientes y a atender a las familias con los medios disponibles.

Mientras ayudaba a otros, Alexis buscaba a sus propios hijos.

Su hijo mayor, Adrián Josué, de 44 años, y su nieto mayor, de 19, murieron bajo los escombros. La tragedia golpeó al mismo tiempo a una familia y a una comunidad de fe: Adrián era pastor de la iglesia y coordinador musical.

La pastora María Díaz de Paz, esposa de Alexis, resumió aquellos días con una frase que no debería ser romantizada: “No hemos podido llorar, porque estamos ayudando al prójimo”.

La iglesia comenzó a preparar comidas, clasificar ropa, distribuir alimentos y organizar kits de higiene mientras sus propios pastores intentaban comprender la dimensión de su pérdida. World Vision respaldó este trabajo con implementos de cocina, alimentos listos para consumir, agua potable y otros insumos para atender a las familias.

Su servicio es admirable, pero no debería convertirse en una exigencia de heroísmo permanente para quienes también sobrevivieron al desastre.

Pastores, pastoras y líderes eclesiales necesitan tiempo para llorar, acompañamiento psicosocial, vivienda, recuperación de sus medios de vida y espacios donde puedan reconocer su propio dolor. La siguiente fase de la respuesta debe considerarlos como aliados comunitarios y, al mismo tiempo, como personas y familias afectadas.

Muchos perdieron viviendas, templos y fuentes de ingreso. Ayudarlos a recuperar cierta estabilidad es indispensable para que puedan continuar acompañando a sus comunidades durante una reconstrucción que será larga.

Fe que se convierte en alimento, agua y protección

El Nuevo Testamento advierte sobre una fe que pronuncia palabras piadosas ante una persona con hambre, pero no le entrega lo necesario para vivir. Santiago sostiene que una fe sin acciones concretas está muerta (Santiago 2:15-17).

En Venezuela, las iglesias han mostrado otra forma de vivirla.

La oración se convirtió en centros de acopio. Los templos se convirtieron en refugios. Las redes pastorales sirvieron para identificar necesidades y organizar la información comunitaria. La relación entre congregaciones permitió que los alimentos llegaran a familias que todavía no aparecían en los registros institucionales.

Así adquieren una concreción particular las palabras de Jesús: “Tuve hambre y me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber” (Mateo 25:35). Jesús une la experiencia espiritual con el cuidado del cuerpo. Alimentar, recibir, vestir, visitar y acompañar forman parte de una misma fidelidad.

La respuesta tampoco quedó limitada a las iglesias de las zonas más afectadas.

La campaña Regala tu Pan y tu Pez, inspirada en el relato de Juan 6:8-14, adquirió una expresión inesperada después del terremoto. Los coordinadores de la Red de Esperanza sin Fronteras organizaron centros de acopio en distintos estados del país. Congregaciones de Zulia, Delta Amacuro, Amazonas, Apure, Yaracuy y Portuguesa —territorios donde muchas familias también enfrentan elevados niveles de pobreza— reunieron alimentos y otras donaciones para enviarlas a sus hermanos y hermanas de la región central.

Comunidades que no vivían en la abundancia decidieron compartir.

El signo bíblico de los panes y los peces comienza cuando alguien pone a disposición aquello que tiene. En Venezuela, las contribuciones reunidas por muchas iglesias se convirtieron en toneladas de ayuda humanitaria.

“Si un miembro sufre, todos sufren con él”, escribe Pablo en 1 Corintios 12:26. Durante esta emergencia, la afirmación dejó de ser únicamente una imagen sobre la vida de la iglesia. Se hizo transporte, alimentos, voluntariado, refugio y solidaridad entre regiones.

El valor diferencial de una alianza

La experiencia en Venezuela muestra por qué las relaciones entre World Vision y las iglesias constituyen una capacidad estratégica para la respuesta humanitaria.

World Vision cuenta con experiencia técnica, estándares de protección y salvaguarda, capacidad logística, recursos humanitarios, sistemas de seguimiento y relaciones con socios nacionales e internacionales. Las iglesias ofrecen presencia territorial, legitimidad comunitaria, voluntariado, conocimiento del contexto y vínculos construidos durante años.

Son capacidades distintas que se necesitan mutuamente.

Las iglesias no reemplazan la responsabilidad del Estado ni el trabajo de los organismos especializados. World Vision tampoco sustituye a las comunidades. El valor del modelo está en la articulación: cada actor trabaja desde su experiencia para que la ayuda llegue con mayor rapidez, pertinencia y responsabilidad.

Ese anclaje ayuda a evitar distribuciones desconectadas de las necesidades reales. Permite identificar a las familias con mayores niveles de vulnerabilidad, mejora la rendición de cuentas ante la comunidad y fortalece la protección de niñas, niños y adolescentes.

También permite acompañar dimensiones de la emergencia que no caben dentro de una caja de alimentos: el duelo, el miedo, la desorientación, la ruptura de los vínculos comunitarios y la pérdida de toda certeza sobre el futuro inmediato.

Reconstruir también será acompañar

La emergencia ha comenzado a transitar desde la asistencia inmediata hacia la recuperación. Las familias continúan necesitando alimentos, agua segura, saneamiento, protección y alojamiento. Ahora requieren también viviendas, oportunidades económicas y medios de vida que les permitan sostenerse con dignidad.

La reconstrucción no puede reducirse a levantar paredes.

Habrá que recuperar relaciones, escuelas, iglesias, espacios comunitarios y redes de protección. Será indispensable acompañar la salud mental de quienes sobrevivieron y reconocer que el duelo no termina cuando disminuye la atención pública.

Las iglesias seguirán siendo fundamentales porque permanecerán en el territorio cuando muchos actores externos se retiren. Para cumplir esa tarea también deberán ser cuidadas, fortalecidas y acompañadas.

El pastor Alexis formuló un llamado directo a las comunidades cristianas que observan la tragedia desde lejos: “Además de orar, busquen la manera de apoyarnos”.

Su petición une oración y acción.

Orar por Venezuela implica compartir recursos, sostener a quienes sirven, proteger a la niñez y apoyar procesos de recuperación que durarán años. La compasión cristiana no se mide únicamente por la intensidad de una emoción, sino por la manera en que esa emoción se convierte en presencia responsable.

Después de los terremotos, las iglesias venezolanas hicieron lo que habían aprendido a hacer mucho antes de la emergencia: permanecer cerca de su gente.

Ya estaban allí cuando llegó el miedo. Estuvieron durante las búsquedas. Abrieron sus puertas cuando las familias no tenían dónde dormir. Registraron nombres, protegieron a la niñez, prepararon alimentos y acompañaron el dolor.

Muchas lo hicieron mientras enterraban a los suyos o intentaban descubrir dónde dormirían esa misma noche.

World Vision pudo llegar con rapidez porque la relación ya existía. La confianza no se improvisó después del terremoto. Se había construido antes y ahora tendrá que sostener una reconstrucción larga.

El trauma, el otro terremoto: World Vision urge a proteger la salud mental de la niñez venezolana

World Vision.- A un mes de los terremotos que el 24 de junio devastaron el centro-norte de Venezuela, World Vision advierte que, junto al daño visible en infraestructura, avanza un “terremoto interno”: los riesgos de protección y de salud mental que la emergencia ha exacerbado en miles de niñas, niños y adolescentes.

El sismo estremeció a una niñez que ya cargaba pérdidas profundas. Cerca de 7,9 millones de personas habían emigrado y se estima que cerca de un millón de niñas, niños y adolescentes quedaron al cuidado de familiares o vecinos porque sus padres migraron. El sismo dañó, además, más de 400 escuelas en un sistema educativo que ya arrastraba años de deterioro. Antes del desastre, el 22 % de la niñez migrante venezolana no estaba matriculada en educación formal según R4V.

La evidencia científica apunta que el trauma y las experiencias adversas durante la infancia multiplican los riesgos de salud y el trauma no procesado se inscribe en el cuerpo y el sistema nervioso. Quienes vivieron cuatro o más episodios adversos durante su infancia multiplican por doce su probabilidad de ideación suicida y se elevan los riesgo de enfermedad cardiovascular durante la vida adulta, según estudios de Felitti y Anda (1998).

“Por este riesgo exacerbado en la salud mental y física es que World Vision prioriza los espacios amigables para la niñez durante las emergencias. Son un salvavidas emocional”, afirmó Maribel Prada, Country Manager de World Vision en Venezuela. “Tenemos más de una década trabajando con el enfoque de Crianza con Ternura en la región para proteger la salud mental de los niños, las niñas y sus familias, como una forma para procesar de manera saludable los múltiples duelos que implica un desastre”.

En estos espacios, instalados en albergues y puntos de distribución donde World Vision provee alimentos, agua y elementos para higiene, los equipos la organización brinda apoyo psicosocial, arte y juego para ayudar a la niñez a regular sus emociones. “En las primeras tres semanas de respuesta, la organización ha acompañado a 36.720 personas, un tercio de ellas niñas y niños.

Al cumplirse el primer mes del sismo, World Vision subraya que restaurar un sentido de esperanza para la infancia tomará años, por ello prioriza la educación en emergencias en esta nueva etapa. La ONG apunta a brindar apoyo psicosocial para la comunidad educativa (niñez, cuidadores y docentes), dotación de útiles y uniformes, restauración de infraestructura escolar, aulas temporales y protección de la niñez.

“Restituir el derecho a la educación es la forma más eficaz de anticipar y prevenir los riesgos de la migración irregular y desplazamiento forzado que muchas familias afectadas por el terremoto consideran”, señaló Mishelle Mitchell, Directora Regional de External Engagement de World Vision para América Latina y el Caribe.

“Hacemos un llamado a los países vecinos a mantener abiertas las vías de migración regular y el acceso al asilo, y a garantizar que la niñez venezolana acceda a educación, protección y apoyo psicosocial en igualdad de condiciones con la niñez de las comunidades de acogida”.  Sin embargo, a nivel local la organización urge a restaurar no solo la infraestructura, sino a fortalecer las capacidades nacionales para asegurar acceso a la educación a la niñez durante la emergencia.

El curso lectivo en Venezuela finalizó el reciente mes de julio y tras el terremoto el país enfrenta severos desafíos debido a los daños causados por el terremoto en más de 1000  edificaciones, incluyendo 400 centros educativos, según OCHA.

Los llamados de World Vision a la acción

1. Garantizar el acceso humanitario sin trabas y respaldar a quienes responden en primera línea, incluidos los actores locales y de base comunitaria y religiosa.

2. Asegurar financiamiento flexible, plurianual y sostenido  para pasar del alivio a la reconstrucción, canalizado de forma prioritaria a organizaciones centradas en la niñez.

3. Poner a la niñez primero en cada decisión y asignación: protección, salud mental y apoyo psicosocial, agua y saneamiento, seguridad alimentaria y educación.

4. Proteger y acoger a las familias desplazadas y migrantes: fronteras y asilo abiertos, no devolución y apoyo a las comunidades de acogida.

Acerca de World Vision

World Vision es una organización humanitaria cristiana global que trabaja con la niñez, las familias y las comunidades para superar la pobreza y la injusticia, y atiende a todas las niñas y niños sin distinción de religión, raza, etnia o género. A través de su iniciativa Esperanza sin Fronteras, responde desde 2019 a las necesidades de la niñez venezolana dentro del país y en las naciones de acogida, en articulación con iglesias, voluntariado y organizaciones locales.

Contacto de prensa: Marielos Romero · Coordinadora Regional de Comunicaciones, World Vision para América Latina y el Caribe · marielos_romero@wvi.org

¿Pueden las abejas salvar a las niñas y niños de la Amazonía? Lo que he aprendido de las alas más pequeñas de la esperanza

Quito, Ecuador | World Vision.- Esteban Lasso, Director Nacional de World Vision Ecuador comparte cómo las abejas nativas sin aguijón en la Amazonía ecuatoriana están haciendo mucho más que producir miel: están transformando vidas, restaurando la dignidad y redefiniendo el verdadero significado del desarrollo sostenible.

He trabajado en el ámbito humanitario y de desarrollo el tiempo suficiente para reconocer cuándo un proyecto simplemente funciona y cuándo es verdaderamente transformador. Lo que está sucediendo en lo profundo de la Amazonía de Ecuador pertenece, sin duda alguna, a esto último.

Allí, en un país donde el 70,3% de las familias rurales viven por debajo de la línea de pobreza, se está gestando una revolución silenciosa. No está liderada por expertos globales ni por tecnología sofisticada, sino por jóvenes y el delicado zumbido de las abejas nativas sin aguijón.

La práctica, conocida como meliponicultura, puede sonar modesta. Sin embargo, como he sido testigo de primera mano, su impacto es profundo. Estas abejas —diminutas, sin aguijón y a menudo pasadas por alto— están rediseñando la forma en que las familias alimentan a sus hijas e hijos, preservan sus bosques y reclaman su dignidad.

Una tradición que se convierte en movimiento

No hace mucho, visité una pequeña comunidad donde conocí a Jeferson, un joven de 29 años que encarna la promesa de esta nueva generación. Junto a su pareja, Aide, ha transformado una simple parcela de bosque en un santuario vibrante, lleno de vida y propósito.

«Al principio, era solo algo que hacían mis abuelos», me dijo, sosteniendo una de sus colmenas hechas a mano con una delicadeza sorprendente. «Pero ahora sabemos que estas abejas son vida. Nos dan medicina, ingresos y, lo más importante, les enseñan a nuestras niñas y niños que si protegemos a las abejas, el bosque nos protege a nosotros».

Es una filosofía poderosa, una que encierra más verdad que la mayoría de los marcos teóricos e institucionales que he visto. A través de su iniciativa, Jeferson ha inspirado a más de 200 familias a albergar colmenas de meliponas, produciendo miel tanto para sus mesas como para la venta. Cada colmena es un pequeño acto de resistencia contra el hambre, un compromiso silencioso con la regeneración por encima de la extracción.

Cómo se ve la verdadera sostenibilidad

A menudo hablamos de sostenibilidad en términos abstractos: estrategias, marcos de trabajo, indicadores. Pero en lugares como la Amazonía, la sostenibilidad tiene un rostro, un latido y, a veces, un par de alas diminutas.

La meliponicultura es, a mi parecer, un tipo de intervención poco común: técnicamente viable, económicamente sólida, culturalmente arraigada y ambientalmente regenerativa. Proporciona ingresos sin destruir los ecosistemas; fortalece la seguridad alimentaria al tiempo que preserva la biodiversidad. Las familias que antes se enfrentaban a la desnutrición ahora producen una miel rica en nutrientes, polen con propiedades medicinales y propóleo cotizado en los mercados globales.

Es un modelo elegante: simple, escalable y sostenible en el sentido más real de la palabra. Pero más allá de eso, restaura el orgullo. Le dice a las comunidades que su herencia ancestral no es una barrera para el progreso, sino su base fundamental.

Redefiniendo cómo «hacemos» el desarrollo

Hasta cierto punto, el éxito de este enfoque nos desafía a todos los que trabajamos en los sectores humanitario y de desarrollo. Nos obliga a confrontar una verdad incómoda: hemos pasado décadas tratando el conocimiento local como algo secundario, algo que debe ser «integrado» en lugar de permitir que guíe el proceso.

Aunque el modelo de ayuda tradicional resulta persuasivo, a menudo pasa por alto lo que está justo frente a nosotros: comunidades que ya poseen las soluciones y que solo esperan reconocimiento y apoyo.

Por eso, en World Vision Ecuador, nuestra labor en la Amazonía no se trata de entregar asistencia, sino de restaurar la autonomía. No vemos a la meliponicultura como caridad; la vemos como una estrategia. Forma parte de un ecosistema más amplio de turismo comunitario, agricultura sostenible y medios de vida artesanales que redefinen cómo puede ser la prosperidad rural.

Porque, en última instancia, la pregunta no es cómo ayudar, sino cómo quitarnos del camino y permitir que las comunidades lideren.

El sonido del futuro

Cuando escucho el suave zumbido de las abejas en un meliponario, no solo escucho a la naturaleza trabajar. Escucho el murmullo del cambio; el de jóvenes construyendo futuros que son tanto económicamente viables como ecológicamente sostenibles.

He visto a niñas y niños seguir la arquitectura de una colmena con sus pequeños dedos, escuchando atentos mientras Jeferson explica cómo la colonia sobrevive a través del equilibrio y la cooperación. Es una lección de biología, sí, pero también una lección moral. Un recordatorio de que el bosque, al igual que la humanidad, prospera solo cuando cada parte sostiene al todo.

A los tomadores de decisiones, gobiernos y socios para el desarrollo, les diría esto:

Cuando tratamos a la naturaleza como algo que podemos dar por sentado, el costo nunca se queda lejos; se extiende a través de toda la red de la vida, alterando ecosistemas, medios de subsistencia y el frágil equilibrio que nos sostiene a todos. Las soluciones al hambre, la pobreza y el deterioro ambiental no siempre se encuentran en las nuevas tecnologías o en la experiencia externa.

La Amazonía no necesita ser salvada. Necesita ser escuchada, recibir inversión y ser respetada.

Entonces, ¿pueden las abejas salvar a las niñas y niños de la Amazonía? Quizás no solas. Pero ciertamente pueden mostrarnos el camino para lograrlo.

Y eso, para mí, es el sonido de la esperanza.

Sobre el autor: Esteban Lasso Peña es Director País de World Vision en Ecuador, con más de 32 años de experiencia en desarrollo internacional. A lo largo de su trayectoria, Esteban ha construido alianzas sólidas y liderado programas enfocados en mejorar el bienestar de las niñas, niños y familias en contextos vulnerables. Su amplia experiencia en desarrollo, diplomacia y gestión de medios ha impulsado un impacto duradero y fortalecido la colaboración intersectorial para promover oportunidades para la niñez.

World Vision celebra hitos legales frente a daños digitales en la niñez

Londres | World Vision.- World Vision celebra las recientes resoluciones judiciales que responsabilizan a Meta y YouTube de los daños relacionados con sus plataformas, considerándolas un paso importante hacia una mayor rendición de cuentas en materia de derechos de los niños y niñas en Internet, y pide que se tomen medidas urgentes para abordar los riesgos sistémicos de las plataformas digitales.

En el último caso histórico, un jurado determinó que Meta engañó a sus usuarios en materia de seguridad infantil y fue multada con 375 millones de dólares de indemnización por daños y perjuicios. Este veredicto se suma a otra decisión sobre Meta y YouTube que demostró que causaron daño a un joven usuario mediante un diseño adictivo de la plataforma que provocó un perjuicio real para su salud mental. Junto con otros usuarios que intentan utilizar las redes sociales de forma responsable, World Vision celebra cualquier medida que haga que una valiosa herramienta de comunicación sea más segura para todos.

Para World Vision, estos veredictos refuerzan un principio fundamental: los derechos de los niños a la seguridad, la privacidad y el bienestar deben integrarse en las plataformas digitales desde el principio, no cuando se produce el daño.  Estos casos indican un creciente reconocimiento legal de que los proveedores de plataformas deben rendir cuentas cuando sus plataformas exponen a los niños a daños.

Este momento también refleja el creciente impacto de los jóvenes que alzan la voz sobre sus experiencias digitales vividas. El testimonio de un joven ayudó al jurado a comprender cómo se percibe el daño en línea desde la perspectiva de un niño, en la vida real.  Los niños y los jóvenes son titulares de derechos, sus voces son fundamentales para la seguridad digital, y escucharlos impulsa la rendición de cuentas y un cambio real.

World Vision aboga por enfoques integrales, basados en los derechos del niño, que aborden tanto el diseño como la gobernanza de las plataformas digitales. La creación de espacios digitales más seguros requiere una acción colectiva. Esto incluye una regulación más estricta y la aplicación de normas de seguridad desde el diseño, sistemas de IA transparentes y responsables, inversión en alfabetización digital y servicios de protección infantil, y una participación significativa de los propios niños y niñas.

World Vision cree que los derechos de la niñez deben respetarse tanto en el online como en el offline, de conformidad con la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño y la Observación General n.º 25, que ofrece orientación sobre cómo deben respetarse, protegerse y cumplirse los derechos de los niños en el entorno digital. Todas las medidas que afecten a la niñez en el entorno digital deben basarse en un enfoque centrado en los derechos del niño, garantizando que la protección frente a los daños se equilibre con los derechos de los niños y las niñas al acceso a la información, la participación, la privacidad y el desarrollo, en consonancia con sus capacidades en evolución.

Los gobiernos deben establecer y hacer cumplir normas claras sobre la responsabilidad de las plataformas, incluidos los requisitos de seguridad desde el diseño y de diseño adecuado a la edad, al tiempo que garantizan que los sistemas impulsados por la IA sean transparentes y respeten los derechos. Al mismo tiempo, se necesita una mayor inversión para reforzar la alfabetización digital y los sistemas de protección infantil, junto con mecanismos que permitan una participación significativa y segura de los niños en la configuración de las políticas y los servicios digitales.

Para entrevistas con los medios de comunicación, póngase en contacto con:

Karla Harvey, asesora sénior de Impact Comms & External Engagement.

Correo electrónico: karla.harvey@wvi.org

La salud de la niñez, el motor que transforma comunidades enteras

World Vision.- En el marco del Día Mundial de la Salud, nuestra reflexión no se limita a la ausencia de enfermedades, se centra en el bienestar pleno que le permite a la niñez soñar, jugar y aprender. En nuestra labor diaria en las comunidades más vulnerables de la región, hemos comprobado una verdad fundamental, cuando invertimos en la salud de la niñez, estamos activando un motor de cambio para toda la sociedad.

Un Círculo Virtuoso de Bienestar

Un niño sano no es solo un indicador positivo en un reporte, es un estudiante que no falta a clases, un líder en potencia que participa en su comunidad y, a futuro, un ciudadano que contribuye al desarrollo de su país.

Nuestra labor como organización se enfoca en asegurar que ese potencial no se detenga. Trabajamos desde el terreno para que el acceso a agua limpia, la nutrición adecuada y la salud emocional sean una realidad constante. Cuando una comunidad logra que sus niñas y niños crezcan en entornos saludables, el impacto se multiplica:

  • Productividad Familiar: Familias que no deben enfrentar crisis de salud constantes pueden enfocarse en su sustento y estabilidad.

  • Resiliencia Comunitaria: Una población sana es más capaz de organizarse y responder ante las adversidades y emergencias.

  • Ruptura del Ciclo de Pobreza: La salud es la base de la educación, y la educación es la herramienta definitiva para superar la vulnerabilidad.

El Corazón de Nuestra Labor: Acompañamiento y Protección

Nuestros especialistas y voluntarios no solo entregan suministros, construyen capacidades. Desde la promoción de la higiene básica hasta el fortalecimiento de los sistemas locales de salud, nuestra meta es que la comunidad sea la protagonista de su propio cuidado.

Un Compromiso Compartido

La salud es un derecho, no un privilegio. Sin embargo, en el contexto actual, los desafíos son grandes. Por eso, reafirmamos nuestra identidad y nuestra voz: somos una organización que cree en el poder de los vínculos que transforman.

Cada vez que aplicamos correctamente nuestros protocolos, cada vez que nuestro corazón naranja se hace presente de forma íntegra en las comunidades, estamos enviando un mensaje de confianza. Una identidad sólida nos permite atraer a más socios y aliados para que la salud llegue hasta el último rincón.

Invitamos a todos a ser parte de este cambio. Porque una niñez sana es el cimiento de comunidades resilientes, fuertes y, sobre todo, llenas de esperanza.

¿Obligará finalmente la COP30 al mundo a mirar a los niños y niñas de la Amazonía?

Para João Diniz, Líder Regional para América Latina y el Caribe en World Vision, los niños y niñas de la Amazonía están en el epicentro de la crisis climática, y su futuro es inseparable del destino del planeta.

Este año, la COP30, la conferencia mundial sobre cambio climático se celebrará en Belém, en pleno corazón de la Amazonía, una región tan vital que a menudo se le llama “los pulmones de la Tierra”. Sin embargo, detrás de las grandes promesas y las negociaciones clave, se esconde una paradoja inquietante: el lugar que albergará las conversaciones más urgentes sobre el clima es también uno de los más difíciles para crecer siendo niño.

La Amazonía debería ser un paraíso, un aula viva de ríos, bosques y vida desbordante. Pero para millones de niños y niñas, se ha convertido en un lugar de privaciones y peligro. Más de la mitad de las familias de la región viven en pobreza multidimensional, y el 45% enfrenta inseguridad alimentaria. Uno de cada cuatro niños sufre desnutrición crónica y, en algunas comunidades, hasta el 80% carece de acceso a agua potable y saneamiento.

A esto se suman profundas fracturas sociales: en varias zonas, dos de cada tres niños han sido víctimas de violencia física o psicológica; el embarazo adolescente afecta a más del 37% de las niñas entre 15 y 19 años; y el trabajo infantil en menores de 15 años alcanza hasta el 36%. Para todos ellos, la crisis climática no es un concepto abstracto: es la fiebre tras una picadura de mosquito, la tos provocada por el aire contaminado, el miedo de que la próxima inundación arrase con su escuela.

 

Más allá del dosel del bosque

Podría decirse que la preocupación global por la Amazonía suele centrarse en el carbono, los árboles y la biodiversidad, causas nobles, aunque incompletas. Si bien esa atención es valiosa, a menudo deja de lado una dimensión crucial: las vidas que transcurren bajo ese dosel. Para las comunidades indígenas, con demasiada frecuencia marginadas, la naturaleza es mucho más que un recurso: los bosques, ríos, montañas y mares son ancestros vivos, guardianes de historias, espiritualidad e identidad. Romper ese lazo no es solo destruir un ecosistema, sino borrar un legado donde el ser humano y la Tierra coexisten como uno solo.

La pobreza, la violencia y los desastres climáticos no solo coexisten, colisionan. El colapso ambiental magnifica la fragilidad social, erosionando los cimientos mismos de la infancia. Sin una inversión decidida, esta generación no heredará un bosque lleno de vida, sino un legado de pérdida.

 

 

 

La oportunidad y la responsabilidad

El país anfitrión, Brasil, ha propuesto el “Fondo Bosques Tropicales para Siempre”, con una meta de USD $125 mil millones, diseñado para sostener la conservación a través de retornos de inversión. Sin duda, se trata de una propuesta audaz y visionaria. Pero cabe preguntarse: ¿llegarán esos fondos a los niños y niñas que viven en estos bosques? En las últimas dos décadas, solo el 2.4% del financiamiento climático multilateral ha tenido como objetivo directo a la infancia. Este descuido es tan injusto como miope.

Invertir en resiliencia centrada en la niñez es una estrategia inteligente. Fortalecer servicios esenciales como agua, saneamiento, salud y educación ante los impactos climáticos beneficia a comunidades enteras. Escuelas resistentes a inundaciones, clínicas que permanecen abiertas durante las sequías y sistemas de protección que resguardan a la niñez de la violencia garantizan que la acción climática se traduzca en supervivencia humana.

 

Tres cambios urgentes para una Amazonía viva

Redefinir el futuro de la Amazonía implica invertir en servicios públicos bien financiados y resilientes al clima. La salud, la educación, el agua y la protección no son mejoras opcionales, sino salvavidas fundamentales para la niñez. A medida que aumentan los impactos climáticos, la falta de fondos suficientes para adaptación y para responder a pérdidas y daños deja a los niños cada vez más expuestos. Ellos son quienes menos han contribuido a la emergencia climática, pero sufren sus peores consecuencias. El financiamiento climático debe ser sensible a la niñez y liderado localmente, garantizando inversiones que fortalezcan los sistemas de los que dependen su seguridad, bienestar y futuro.

Igualmente, crucial es asegurar que los niños, niñas y jóvenes en especial los indígenas y los más marginados, participen activamente en la construcción de su futuro, como recomienda la CMNUCC. Sus voces transmiten la urgencia de la experiencia vivida, y su conocimiento encierra la sabiduría de generaciones que han cuidado del bosque mucho antes de que existieran las cumbres climáticas. Empoderarlos es invertir en la solución climática más poderosa de la Amazonía: su gente.

 

Un espejo para el mundo

Datos recientes de satélites muestran que las alertas por degradación forestal aumentaron un 44% entre 2023 y 2024, lo que representa un asombroso 163% de aumento desde 2022. Solo el año pasado se dañaron más de 25,000 kilómetros cuadrados de bosque, dos tercios a causa del fuego. Los ríos se están secando, la contaminación va en aumento y los ecosistemas colapsan. La Amazonía lucha por respirar, y también lo hacen sus niños y niñas. Su posible colapso podría liberar hasta 300 mil millones de toneladas de carbono, haciendo inalcanzable la meta de 2 °C del Acuerdo de París, y mucho más aún la de 1.5 °C. El mensaje es claro: el destino de los niños de la Amazonía y el del planeta son uno solo.

Cuando se inaugure la COP30, los delegados debatirán sobre emisiones, financiamiento y marcos de acción. Pero antes del primer discurso, deben hacerse una pregunta más simple: ¿estamos priorizando a la infancia con la misma urgencia con la que tratamos de reducir las emisiones?

Porque si los niños y niñas de la Amazonía no pueden respirar aire limpio, beber agua segura o caminar a la escuela sin miedo, entonces ninguno de nosotros podrá hablar de verdadero progreso.

Sobre João Diniz

Con más de 35 años de experiencia en liderazgo estratégico, desarrollo de recursos y gestión organizacional, João Diniz es un destacado ejecutivo de World Vision. Actualmente se desempeña como Líder Regional para América Latina y el Caribe, brindando liderazgo visionario en toda la región.

Ha ocupado varios cargos senior dentro de World Vision International, incluyendo Director Global de Asuntos Estratégicos, Ministeriales y Financieros (con sede en Nairobi, Kenia) y Director Regional de Estrategia para América Latina y el Caribe (con sede en San José, Costa Rica). En Brasil, fue Director Nacional y anteriormente lideró las áreas de Desarrollo Económico, Mercadeo y Recaudación de Fondos.

Es ingeniero agrónomo con estudios de posgrado en Agricultura Tropical y una maestría en Administración de Empresas con especialización en Gestión Financiera por la Universidad Federal de Pernambuco, Brasil.