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Más allá de la supervivencia: Garantizar el derecho a la alimentación frente a los recortes globales en la ayuda humanitaria

Por Amanda Rives, Directora Senior de Incidencia Externa y Desarrollo de Recursos, Gestión de Desastres, World Vision

Julio de 2025

El hambre se intensifica a nivel mundial a medida que las crisis provocadas por el ser humano se multiplican. A pesar de que la alimentación, la protección y la asistencia humanitaria son derechos humanos universales, el número de personas que no logran obtener alimentos suficientes y nutritivos sigue aumentando.

En 2024, en 26 crisis nutricionales, cerca de 38 millones de niñas y niños menores de cinco años sufrieron desnutrición aguda, y más de 295 millones de personas en 53 países enfrentaron inseguridad alimentaria aguda. Esta tendencia preocupante refleja un aumento constante desde 2016.

La Clasificación Integrada de las Fases de la Seguridad Alimentaria (IPC), principal herramienta de análisis multiactor para la toma de decisiones humanitarias en torno a la alimentación, indica que la inseguridad alimentaria aguda ocurre cuando se interrumpen las cuatro dimensiones de la seguridad alimentaria: disponibilidad, acceso, uso y estabilidad de los alimentos. Esto conlleva a una escasez severa de alimentos, malnutrición, y al uso de estrategias irreversibles como el matrimonio infantil o la venta de medios de subsistencia.

A medida que los conflictos, la inestabilidad económica y los eventos climáticos extremos destruyen sistemas alimentarios y medios de vida, la necesidad de asistencia alimentaria humanitaria y de inversiones sostenibles en seguridad alimentaria aumenta rápidamente. Sin embargo, los recortes en la financiación humanitaria global están desmantelando las redes de seguridad de las que dependen millones de familias en crisis.

A mayo de 2025, la financiación para el sector de seguridad alimentaria alcanzaba solo 1.900 millones de dólares, frente a los 12.400 millones requeridos para satisfacer las necesidades humanitarias globales.

 

El hambre es una falla colectiva, no un fenómeno natural

Las crisis alimentarias actuales no son desastres naturales inevitables, sino resultado de una falla colectiva del sistema internacional. La negligencia frente al cambio climático, los conflictos prolongados y el debilitamiento de los marcos diplomáticos han expuesto a millones de personas en contextos frágiles. Los instrumentos legales internacionales diseñados para proteger a los civiles y garantizar el acceso humanitario son violados con impunidad.

Cada año, World Vision presenta un informe que documenta los impactos de los vacíos en la asistencia alimentaria para las niñas, niños y familias más vulnerables, especialmente en contextos de conflicto armado, cambio climático y crisis prolongadas. Este año, el estudio se centró en 13 países e incluyó los testimonios de personas desplazadas y comunidades de acogida, que enfrentan juntas las múltiples implicaciones del hambre.

El informe confirma que los efectos del aumento de la inseguridad alimentaria son devastadores, generalizados y profundizados por la reducción de la asistencia disponible.

Todos tienen derecho a la alimentación y a la asistencia humanitaria

El derecho a la alimentación está respaldado por múltiples marcos legales reconocidos internacionalmente. El Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de 1966 reconoce el derecho fundamental de toda persona a estar libre de hambre, mientras que la Convención sobre los Derechos del Niño establece que todos los niños y niñas tienen derecho a una alimentación adecuada y nutritiva.

En 2018, el Consejo de Seguridad de la ONU adoptó la Resolución 2417, que condena el uso del hambre como arma de guerra. La resolución insta a todas las partes en conflicto a proteger a la población civil y a no dañar instalaciones necesarias para la producción y distribución de alimentos.

A pesar de las omisiones actuales, el Derecho Internacional Humanitario (DIH) reconoce el derecho de la población civil en contextos de conflicto a recibir asistencia humanitaria, y exige a las partes en conflicto garantizar el acceso sin restricciones.

Por tanto, proteger a los civiles, ofrecer asistencia y promover la seguridad alimentaria no son actos de caridad: son obligaciones legales que deben cumplirse para garantizar los derechos de quienes viven en crisis.

 

El conflicto armado es el principal detonante del hambre

La violencia y la inseguridad son las principales causas de las crisis alimentarias. En 2024, 139,8 millones de personas que viven en zonas de conflicto experimentaron altos niveles de inseguridad alimentaria aguda.

A pesar de las garantías del Derecho Internacional Humanitario y la Resolución 2417, se confirmó hambruna en Sudán en 2024, y se considera inminente en lugares como Gaza, Haití, Malí y Sudán del Sur.

Los conflictos destruyen cultivos, carreteras, reservas alimentarias, viviendas e infraestructuras esenciales. Millones de personas se ven forzadas a huir, pierden todo y quedan desconectadas de recursos básicos.

Asimismo, más del 71% de las personas refugiadas en el mundo son acogidas por países de ingresos bajos y medios, lo que pone una presión inmensa sobre comunidades que ya enfrentan pobreza, cambio climático e inestabilidad política.

 

Los recortes en raciones socavan el bienestar y aumentan la dependencia

La asistencia alimentaria está dirigida a las personas más vulnerables, como aquellas desplazadas o atrapadas en zonas de conflicto, sin libertad de movimiento, sin ingresos ni opciones de subsistencia.

Por eso, los recortes en raciones son devastadores.

El informe de World Vision revela que el 45% de las familias encuestadas experimentaron recortes en la asistencia alimentaria antes de enero de 2025. Estas familias eran 5,4 veces más propensas a enfrentar inseguridad alimentaria aguda.

Tanto las personas desplazadas como las comunidades de acogida expresan el deseo de ser autosuficientes, de dejar atrás la lucha diaria por sobrevivir y construir un futuro.

Pero los recortes profundizan la dependencia. Lo que antes apenas alcanzaba para sobrevivir, hoy ni siquiera cubre lo básico. Muchas familias se ven forzadas a tomar decisiones a corto plazo que pueden perjudicar el desarrollo y la protección de sus hijas e hijos.

 

¿Qué podemos hacer para garantizar el derecho a la alimentación?

  • Invertir en seguridad alimentaria como base para el bienestar integral de niñas, niños y familias.
  • Asegurar que las acciones humanitarias e iniciativas de incidencia estén basadas en derechos y en marcos legales vinculantes.
  • Escuchar a las comunidades afectadas por el hambre, e invertir en resiliencia y autosuficiencia, no solo en la sobrevivencia.
  • Apoyar los mecanismos positivos de afrontamiento, y fortalecer lo que las comunidades ya hacen para cuidarse.
  • Implementar intervenciones comprobadas, como transferencias en efectivo, alimentación escolar, inclusión financiera, desarrollo de habilidades y apoyo psicosocial.
  • Promover la paz, proteger a la población civil y exigir rendición de cuentas ante violaciones al Derecho Internacional Humanitario.

La comunidad internacional debe renovar su compromiso para acabar con el hambre

Cuando los actores internacionales no cumplen sus obligaciones en materia de protección y asistencia, las consecuencias recaen en las personas más vulnerables: niñas, niños y familias atrapadas en crisis.

Tal como muestra el informe de World Vision, tener acceso a alimentos suficientes no es solo una necesidad biológica. Es la base para la educación, la protección infantil, la salud mental y la estabilidad económica.

La asistencia alimentaria no debe centrarse únicamente en sobrevivir. Debe ser el primer paso hacia la resiliencia, la autosuficiencia y una libertad duradera del hambre.

Es momento de actuar con urgencia, valentía y compromiso. Debemos abordar las causas estructurales del hambre, proteger a la población civil, fortalecer los sistemas alimentarios y hacer realidad el derecho a la alimentación.

No es una opción. Es nuestro deber.

 

Sobre la autora
Amanda Rives es Directora Senior de Incidencia Externa y Desarrollo de Recursos para la Gestión de Desastres de World Vision. Anteriormente, fue Directora Regional de Incidencia y Política para Medio Oriente y Europa del Este, y lideró programas de protección infantil en América Latina y el Caribe. Es reconocida con el Hunger Leadership Award 2025 del Congresional Hunger Center por su liderazgo en seguridad alimentaria en contextos humanitarios. Es ex voluntaria del Peace Corps, Mickey Leland Hunger Fellow, y cuenta con títulos en relaciones internacionales por George Washington University y desarrollo internacional por American University.

La Amazonía y la niñez en el centro de la lucha contra los plásticos

Este 5 de junio, el mundo conmemora el Día Mundial del Medio Ambiente bajo el lema “Sin contaminación por plásticos”. Y en ningún lugar este llamado cobra más urgencia que en la Amazonía, una región de vital importancia ecológica y hogar de millones de niñas, niños y adolescentes. A través de su iniciativa climática con enfoque en la niñez, World Vision hace un llamado a actuar con urgencia: proteger la Amazonía es proteger a la infancia.

Un ecosistema sofocado por el plástico

La Amazonía, que representa el 40% del territorio sudamericano, está hoy gravemente amenazada por la contaminación plástica. Se estima que cada año se vierten entre 8 y 12 millones de toneladas de plásticos a sus ríos, provenientes de desechos urbanos, bolsas, turismo descontrolado y residuos agrícolas. Estos plásticos tardan cientos de años en degradarse, liberando microplásticos que contaminan los suelos, los peces y, finalmente, a las personas.

Solo en Leticia (Colombia), se generan unas 700 toneladas de residuos al mes, de las cuales el 60% son plásticos, muy por encima del promedio nacional del 30%. De ese total, solo el 1.4% es reciclado. Una parte importante de estos desechos termina en el río Amazonas, uno de los más contaminados del planeta y responsable de verter plástico al océano Atlántico.

Niños y niñas: los más afectados

La contaminación plástica no solo daña ecosistemas, también pone en riesgo la salud de la población, especialmente la más joven. En Ecuador, un estudio de la Universidad Estatal Amazónica reveló la presencia de microplásticos en peces de río destinados al consumo humano, incluso dentro de áreas protegidas como el Parque Nacional Yasuní. Estas partículas pueden atravesar tejidos, alterar hormonas y poner en riesgo la salud a largo plazo.

Para las comunidades amazónicas, el río es una fuente de agua, alimentación y vida. Cuando el plástico entra en ese sistema, también entra en el cuerpo de los niños. Y eso es inaceptable.

50 años de avances… y deudas pendientes

Desde su creación en 1972, el Día Mundial del Medio Ambiente se ha convertido en una plataforma global para responder a la llamada triple crisis planetaria: calentamiento global, pérdida de biodiversidad y contaminación. Aunque se ha avanzado en conciencia pública y acuerdos internacionales, aún persisten desafíos: urbanización sin planificación, políticas lentas y escasa implementación local.

El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) recuerda que el 40% del plástico global es de un solo uso, que menos del 10% se recicla, y que más de 11 millones de toneladas terminan cada año en ríos, lagos y océanos.

La respuesta: transformar el sistema, proteger a la infancia

World Vision, a través de su Iniciativa Amazonas, trabaja para enfrentar esta crisis de manera estructural. La organización promueve acciones en gestión de residuos, protección de fuentes hídricas, educación ambiental y participación comunitaria en los países amazónicos.

La apuesta es clara: poner a la niñez en el centro de las soluciones climáticas. Escuchar sus voces, proteger su salud, garantizar su acceso a un ambiente sano y resiliente, y transformar las políticas públicas con datos, evidencia y participación local.

¿Qué podemos hacer?

El lema global del día mundial del medio ambiente de este año, invita a repensar nuestra relación con el plástico bajo cinco principios: rechazar, reducir, reutilizar, reciclar y repensar. Pero más allá del comportamiento individual, se necesita acción colectiva:

  • Gobiernos que prioricen la gestión de residuos en la Amazonía.

  • Empresas que dejen atrás los plásticos de un solo uso.

  • Inversiones que fortalezcan el reciclaje y la economía circular.

  • Comunidades organizadas para proteger sus territorios.

Cuidar la Amazonía es cuidar a quienes la habitan

La Amazonía no es solo biodiversidad. Es hogar. Es futuro. Es infancia. Hoy, en el Día Mundial del Medio Ambiente, recordamos que la lucha contra el plástico es también una lucha por la salud, la dignidad y la esperanza de millones de niñas y niños amazónicos. No podemos dejar que su hogar se ahogue en plástico. El momento de actuar es ahora.

Menstruación, inequidades y barreras

Menstruar con dignidad aún es un privilegio para muchas niñas y adolescentes en América Latina. En Perú, por ejemplo, una de cada tres estudiantes falta al colegio durante su periodo; mientras que más de la mitad de estudiantes en Ecuador no ha recibido una clase sobre salud menstrual. Lejos de ser un tema privado o “íntimo”, estamos ante una muestra clara de desigualdad, que deriva en exclusión social. Hablar de menstruación, brindar información en los entornos más cercanos y garantizar acceso a productos adecuados no es –ni debe ser- un lujo: sino debe ser entendida como una condición básica que, unida al acceso a los servicios de salud, contribuyan al bienestar integral de niñas y adolescentes desde la perspectiva de los DDHH.  

Apenas 9 de 31 países de la región consideran los productos de gestión menstrual como artículos de primera necesidad, limitando el acceso principalmente a quienes viven en situación de pobreza y zonas rurales, que también enfrentan otros retos asociados como la falta de saneamiento adecuado: cerca de 106 millones de personas no cuenta con acceso a un baño digno en sus casas. La menstruación es un tema no solo a manejar en el ámbito privado, sino también de trabajarlo en la agenda educativa y de salud, y por tanto, en la esfera pública. 

Lejos de ser una experiencia natural, muchas veces se vive con temor, vergüenza o silencio. En el caso de Kiara, una adolescente de 17 años de Amazonía, su primer periodo fue “de todo un poco. Miedo más que nada”. Como ella, 10% de niñas y adolescentes en Perú pensaron que se habían hecho un daño grave y que incluso estaban muriendo. Muchas faltan a la escuela por miedo a mancharse, por dolor o simplemente por no saber cómo sobrellevar la menstruación. En países como Bolivia, más de la mitad de los adolescentes afirma no recibir ningún tipo de charla o educación sobre los cambios de la pubertad. Estas ausencias tienen efectos profundos: limitan su aprendizaje y lesionan su autoestima. 

El común de la región es que no hay políticas que garanticen el acceso gratuito a productos de gestión menstrual. En Chile, a modo de ejemplo, esto afecta principalmente a las personas de bajos recursos, dentro de las que se encuentran adolescentes migrantes, que recurren a opciones inseguras, exponiéndose a infecciones por no poder costear toallas higiénicas o copas menstruales. En campamentos o viviendas sin agua potable, algo tan natural como la menstruación se convierte en un desafío diario que atenta contra los derechos y dignidad de niñas y adolescentes. 

Hablar de menstruación en la esfera pública es urgente. Asegurar el acceso de productos de higiene menstrual a bajo costo o gratuito; capacitación docente sobre salud menstrual en las escuelas; y la mejora en el acceso a saneamiento en contextos de vulnerabilidad son pasos fundamentales para disminuir el estigma asociado a la menstruación y que requiere de la acción de los Estados. Si cada mes una niña falta a clases, si siente vergüenza o se enfrenta a burlas, le estamos diciendo que su cuerpo menstruante es el problema. 

El Día Mundial de la Higiene Menstrual (28 de mayo) es una oportunidad para poner este tema sobre la mesa y sobre las agendas de nuestros países, sin eufemismos ni tabúes. La menstruación no debe ser un motivo de exclusión, y hablar de ella no puede seguir siendo un privilegio de unas pocas. Menstruar no es un problema. Lo que lo es -y lo seguirá siendo- es la falta de políticas públicas educativas y de salud que la aborden desde una perspectiva de igualdad de género e inclusión social.
 

Cristina Carvallo 

Especialista de Género e Inclusión Social de World Vision Bloque Andino + Chile 

Cómo Judenie escapa de las sombras de la violencia

Wista, una madre de 47 años, y su hija Judenie, de 5, vivían con miedo constante tras el anuncio de un inminente ataque por parte de bandas locales. Wista, una comerciante a pequeña escala, se vio obligada a abandonar su medio de vida cuando las pandillas comenzaron a aterrorizar a su comunidad. A pesar de su conocimiento del negocio y su dedicación para mantener a su familia, no tuvo otra opción más que dejarlo todo atrás.

“Tenía un pequeño negocio que me dio World Vision. Pero cuando la gente decía que las pandillas tomarían la ciudad, me dio mucho miedo seguir. Las pandillas hicieron que fuera demasiado peligroso. No tuve opción, tuve que irme”, cuenta. El camino hacia un lugar seguro no fue fácil. A cada paso, el trayecto se volvía más peligroso. Wista y Judenie enfrentaron dificultades insoportables, pero su voluntad de sobrevivir las impulsó a seguir adelante.

Wista describe su difícil travesía: “El camino era duro. La niña caminó y caminó por millas, pero encontró fuerza en Dios para continuar. Yo sentía dolor. Cruzamos ríos en una pequeña canoa, y después seguimos a pie. Tomamos dos motocicletas, pero se accidentaron en el camino y casi chocamos contra las piedras. Todos los demás también tuvieron que caminar.”

Mientras viajaban, el corazón de Wista se llenaba de tristeza. El viaje parecía interminable, y a menudo sentía que no podía continuar. “Me sentía tan triste”, dice. “Quería acostarme entre los arbustos y dormir para siempre. Pero seguía pensando en mi hija y en la necesidad de protegerla.”

Tras una larga y agotadora caminata, finalmente llegaron a un refugio, pero la condición de Wista empeoró. No podía comer ni beber, y se sentía físicamente agotada por el estrés del viaje. “Cuando llegué al centro de refugiados, estaba con tanto dolor”, recuerda Wista. “Me dolía la cabeza, no podía comer. Ni siquiera podía beber agua. Dejé todo atrás en mi casa.”

La pequeña Judenie recuerda su escuela y a los amigos que tanto la extrañan. Sufrió al ver a su madre y a otros familiares tratando de esconderse entre los arbustos. Ella dice: “Estaba asustada y cansada, pero mamá dijo que teníamos que movernos.” “Solo quiero volver a mi escuela y jugar con mis amigos”, dice la hija de Wista.

Aunque escaparon de la violencia, Wista y Judenie quedaron marcadas por las cicatrices de su traumático viaje. Wista, aún lidiando con el impacto emocional y físico de la travesía, reflexiona sobre cómo afectó sus vidas. “Dejé todo atrás. Lo único que quería era proteger a mi hija y sobrevivir. Pero nunca imaginé lo duro que sería el camino.”

En su nuevo refugio, Wista y Judenie aún sienten el peso de todo lo que perdieron, pero se aferran a la esperanza de que, con el tiempo, podrán reconstruir sus vidas y salir adelante tras la devastación. La familia de Wista enfrentaba lo imposible, sobreviviendo a pesar de la violencia y del peligroso recorrido, en su búsqueda por un lugar seguro y una vida mejor, lejos de las pandillas que amenazaban con destruir su comunidad.

Volver a abrazarlos: una historia de reunificación, dolor y esperanza

Volver a abrazarlos: una historia de reunificación, dolor y esperanza

Therese llegó a Colombia con el corazón encogido y una urgencia que ninguna madre debería enfrentar: reencontrarse con sus hijos menores, Kaosi y Aissatha, quienes estaban bajo custodia del Estado colombiano. Aunque su hogar está en São Paulo, Brasil, su viaje a Colombia fue abrupto. Vino desde Guinea, su país natal, tras recibir una noticia devastadora que cambió para siempre el rumbo de su familia. 

Meses atrás, Therese había viajado a Guinea por unos días para visitar a su madre enferma y nietos. Mientras tanto, su hija mayor, Sia Bah, tomó una decisión que marcó el destino de todos: salir de Brasil con sus hermanos menores, con la esperanza de llegar a Estados Unidos. Lo hizo sin autorización, sin documentación vigente, sin recursos y sin condiciones mínimas de protección. Su deseo era encontrar un lugar donde pudieran tener una vida mejor, pero eligió una de las rutas más peligrosas del continente. 

La familia llegó hasta Necoclí, en la costa caribeña de Colombia, uno de los últimos puntos antes de enfrentar el Tapón del Darién: una selva inhóspita, sin ley, donde cientos de personas han desaparecido. Fue ahí donde los planes se detuvieron. Sia Bah, se enteró que estaba embarazada y debido a complicaciones de salud, fue ingresada de emergencia al hospital local y luego trasladada a Montería, donde lamentablemente falleció. 

Mientras tanto, Kaosi y Aissatha, expuestos a un entorno incierto y sin protección familiar, fueron temporalmente cuidados por una mujer migrante en la playa de Necoclí. Al reconocer que no podía asumir esa responsabilidad, acudió a la Comisaría de Familia, que activó los protocolos de protección. Así, los niños fueron acogidos por el sistema de bienestar infantil colombiano y llevados a un hogar sustituto. 

Este caso no es aislado. Cada vez más niñas, niños y adolescentes migran solos o quedan bajo el cuidado de personas que no tienen vínculos ni responsabilidad reales con ellos. Decisiones tomadas por adultos —muchas veces desde el dolor, la desesperación o la falta de oportunidades— terminan exponiéndolos a riesgos extremos: violencia, abuso, explotación, separación, enfermedades, y en el peor de los casos, la muerte. 

La historia de Therese cambió de rumbo gracias al trabajo articulado de múltiples actores. La Comisaría de Familia, el consulado de Brasil, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) y World Vision Colombia, con el apoyo del Departamento de Estado de Estados Unidos a través de PRM, trabajaron juntos para lograr la reunificación. El proyecto Más Allá de las Fronteras brindó acompañamiento psicosocial, orientación legal, hospedaje, alimentación y la gestión del transporte humanitario necesario para que Therese pudiera reencontrarse con sus hijos. 

Jessica, trabajadora humanitaria de World Vision, acompañó cada paso del proceso. Estuvo allí cuando Therese abrazó a sus hijos por primera vez después de meses de incertidumbre. Tras una noche de descanso en Bogotá, la familia tomó un vuelo de regreso a São Paulo, donde les esperaba Thierno, la actual pareja de Therese.

La historia de esta familia nos recuerda que, para las niñas y niños migrantes, el cuidado familiar no siempre es el que se conoce como tradicional. A veces es la mamá que cruza el océano para reencontrarse con sus hijos. Otras veces es una mujer migrante que, sin tener vínculos de sangre, protege a quienes han quedado solos. Y muchas veces, es el sistema de protección y las organizaciones humanitarias quienes se convierten en ese soporte necesario. 

En el marco del Día de la Familia, esta historia nos invita a reflexionar sobre el poder restaurador del vínculo familiar en medio de la adversidad. Para miles de niñas y niños en situación de movilidad, la familia, propia o la que se forma en el camino, es el refugio que puede marcar la diferencia entre la desprotección y la esperanza. En palabras de Therese, al llegar nuevamente a casa junto a sus hijos: “Yo estoy agradecida con tantos ángeles que en Colombia me dieron una mano y lograron que regresará a Brasil junto con mis hijos. Solo busco ahora seguir trabajando, cuidando y amando a mi familia en esta ciudad que una vez más me recibe”. 
 

La reunificación de esta familia fue posible gracias a la articulación interinstitucional y al compromiso de quienes creemos que ninguna niña o niño debería vivir sin protección. Pero la realidad es que la mayoría de las historias no tienen este final. Por eso, desde la Respuesta Multipaís a la Crisis Migratoria de World Vision “Esperanza sin Fronteras” seguimos trabajando para prevenir estos riesgos desde los lugares de origen y en las comunidades de acogida, brindando medios de vida dignos, acceso a información segura y respuestas humanitarias oportunas que coloquen a la niñez migrante en el centro. 

Nota editorial: Esta historia fue adaptada por el equipo de Comunicaciones de la Respuesta Multipaís Esperanza sin Fronteras con motivo del Día de la Familia 2025. Su versión original, escrita por Felipe Martín, fue publicada en el Informe de Gestión 2024 de World Vision Colombia (págs. 22–23). 

Más que una comida: cómo la alimentación escolar está nutriendo futuros en América Latina

En aulas desde el Amazonas hasta los Andes, las comidas escolares están transformando vidas en silencio. Lo que comenzó como una intervención nutricional básica se ha convertido en un salvavidas esencial para millones de niñas, niños, familias y comunidades en toda América Latina—ayudándoles a permanecer en la escuela, mantenerse saludables y conservar la esperanza. A través de una red de programas nacionales y alianzas con la sociedad civil, incluidas aquellas lideradas por World Vision, la alimentación escolar es ahora un pilar de las políticas educativas y sociales en países como Venezuela, Brasil, Guatemala y Perú.

Los programas de alimentación escolar de World Vision aseguran que niñas y niños en comunidades vulnerables reciban la nutrición necesaria para tener éxito. Esta labor forma parte esencial de nuestra campaña global ENOUGH, que busca eliminar el hambre y la malnutrición infantil garantizando que cada niña y niño tenga acceso a los alimentos que necesita para desarrollar un cuerpo y mente saludables.

En Venezuela, World Vision, en alianza con el Programa Mundial de Alimentos (WFP), ha ampliado la alimentación escolar a 542 escuelas en cinco estados. El programa beneficia a más de 78,000 niñas y niños mediante una combinación de entregas de alimentos frescos, comidas en el lugar y suplementos fortificados como el Super Cereal. El impacto se ve no solo en la mejora de la nutrición, sino también en entornos escolares revitalizados. En Barinas, las comidas se preparan y sirven diariamente en escuelas como Don Rómulo Gallegos, mientras que mejoras en las cocinas, como en el CEI Josefa Camejo en Falcón, han contribuido a una mayor seguridad alimentaria y calidad de las comidas.

El programa de alimentación escolar de Brasil, conocido como PNAE (Programa Nacional de Alimentación Escolar), es uno de los más antiguos del mundo. Asegura que niñas y niños en la educación pública accedan a comidas que reflejen tanto sus necesidades nutricionales como sus preferencias culturales. World Vision Brasil ha centrado sus esfuerzos en la participación juvenil, apoyando el monitoreo y la incidencia liderada por adolescentes. En 2024, como parte de la iniciativa “Amplificando las Voces de la Niñez Digitalmente (ACVD)”, jóvenes redactaron una carta solicitando mayor transparencia en la entrega de alimentos escolares. Esta carta fue entregada directamente a funcionarios gubernamentales durante la Cumbre del G20 en Río de Janeiro, destacando la importancia de la participación juvenil en los servicios públicos.

El cambio de políticas ha sido clave en Guatemala. En 2017, el gobierno aprobó una Ley de Alimentación Escolar pionera, que fue fortalecida en 2021. Esta reforma incrementó el financiamiento diario por estudiante de Q4.00 a Q6.00 (aproximadamente de US$0.52 a US$0.78) y amplió la cobertura a 3.6 millones de niñas y niños, incluyendo niveles de educación inicial y secundaria básica. World Vision Guatemala desempeñó un papel clave en el proceso legislativo, brindando insumos durante los debates y abogando por una inversión sostenida en la nutrición infantil. Hoy, su trabajo también incluye la mejora de infraestructura de agua y saneamiento en escuelas, equipamiento de cocinas y talleres de preparación de alimentos para madres y padres con ingredientes locales.

En Perú, está ocurriendo otro tipo de transformación: una que pone a las niñas y niños en el centro de la política alimentaria. A través de una iniciativa de participación ciudadana llamada “Voz y Acción Ciudadana”, niñas, niños y adolescentes han sido capacitados para evaluar y proponer mejoras al programa nacional de alimentación escolar, ahora conocido como Wasi Mikuna. En 2024, esta movilización alcanzó a más de 21,000 estudiantes, madres, padres y docentes. Líderes juveniles organizaron consultas públicas, visitaron centros de almacenamiento y se reunieron con autoridades para compartir sus propuestas. Estos esfuerzos llevaron a un compromiso formal del gobierno para mejorar la capacitación de manipuladores de alimentos, aumentar la transparencia y desarrollar materiales comunicacionales adecuados para niñas y niños sobre los servicios nutricionales.

Todos estos programas comparten una visión: la alimentación escolar no se trata solo de calmar el hambre. Se trata de participación, dignidad, potencial e igualdad de oportunidades. Para muchas niñas y niños, la jornada escolar es el único momento del día en que pueden contar con una comida nutritiva. Para familias que enfrentan inflación, sequía o desplazamiento, esta certeza diaria representa un alivio tangible. Y para los gobiernos, la alimentación escolar ha demostrado ser una herramienta eficaz para mejorar los resultados educativos y, al mismo tiempo, fortalecer las economías locales mediante la compra de alimentos a pequeños productores y la generación de empleo en la cadena de suministro.

Sin embargo, el trabajo está lejos de haber terminado. En toda la región, los programas enfrentan desafíos, desde presupuestos insuficientes hasta dificultades logísticas en zonas remotas. El cambio climático, el aumento del costo de los alimentos y la inestabilidad política amenazan con revertir los avances logrados en la última década. En este contexto, el rol de los socios internacionales sigue siendo vital, no solo como implementadores, sino como defensores, conectores y amplificadores de las voces locales.

No es casualidad que gran parte del progreso en estos países haya ocurrido donde las niñas, niños y sus comunidades han estado directamente involucrados. Ya sea a través del monitoreo juvenil en Brasil y Perú, o mediante talleres de cocina dirigidos por madres y padres en Guatemala, estos programas tienen éxito porque se enraízan en la experiencia vivida de quienes los reciben.

Con la atención global puesta en la próxima Cumbre Mundial de Alimentación Escolar en Brasil este septiembre, existe una oportunidad —y una responsabilidad— de que donantes, gobiernos y organizaciones de la sociedad civil reafirmen su compromiso con la alimentación escolar.

Asegurar que cada niña y niño tenga acceso a una comida escolar nutritiva no es caridad. Es una cuestión de justicia, equidad y política pública inteligente.

Porque al final, una comida escolar nunca es solo un plato de comida. Es un voto de confianza en el futuro de una niña o un niño.

Para más información, visita nuestro sitio sobre Alimentación Escolar: https://www.wvi.org/ENOUGH/school-meals