Historias
Reclutamiento y desplazamiento infantil en Colombia: la realidad de la niñez en Catatumbo
Bogotá, Colombia.- La violencia volvió a recrudecer con fuerza a mediados de enero de 2025 y, desde entonces, el Catatumbo no ha tenido respiro. El territorio continúa siendo uno de los puntos más críticos de seguridad del país, un lugar donde el conflicto armado no es un recuerdo del pasado, sino una realidad que se vive día a día.
Como ocurre en cada escalada del conflicto, la niñez vuelve a ser una de las poblaciones más afectadas.
Los enfrentamientos armados incrementaron las condiciones de vulnerabilidad de niñas y niños que tuvieron que abandonar sus hogares junto con sus familias, sin garantías para la atención de sus necesidades básicas de alimentación, alojamiento, recreación y educación. A esto se sumaron riesgos graves y persistentes, como el reclutamiento uso y utilización de niñas y niños por parte de grupos al margen de la ley.
A un año de esta situación, la situación no se detiene.
Recuerdo alistar mi maleta, mi cámara, leer los reportes y, junto al equipo, entender que íbamos a cubrir una situación de emergencia humanitaria donde niñas, niños y adolescentes estaban siendo profundamente afectados. Lamentablemente, no era la primera vez. Como equipo de comunicaciones, ya sabíamos que en la historia de nuestro país estas emergencias no terminan; se repiten, cambian de territorio, pero conservan el mismo dolor y sufrimiento.
Fue allí donde conocí a Sami*. *Nombre cambiado por protección*
Sami, como muchas otras niñas y niños desplazados por la violencia, se encontraba en un alojamiento temporal improvisado. Con algunos materiales (plásticos, telas, palo) las familias habían construido cambuches, pequeños espacios para separarse unas de otras y protegerse de la intemperie. En medio de ese contexto, Sami participaba en un espacio de protección que World Vision, junto a otras organizaciones de cooperación, estaban ofreciendo.
Recuerdo que se acercó a preguntarme por mi cámara. Se la mostré, la sostuvo con cuidado y me ayudó a tomar algunas fotos del espacio. Después, sin que yo se lo pidiera, empezó a contarme su historia.
Me dijo que su casa era grande y de madera. Que dormía bien y comía bien. Pero que un día escuchó que tenían que irse de la finca a la que habían llegado apenas unos meses atrás. Salieron rápido. Iba con su papá, su mamá y un vecino en un carro. Me contó que su tía estaba en Venezuela y que no era la primera vez que iban de un lugar a otro: venían de Venezuela a Colombia buscando un mejor futuro.
Junto con un colega del equipo de protección le hicimos una pregunta que solemos hacer a las niña y niños:
¿Qué es lo que más quieres?
Pensamos que nos hablaría de un juguete, de algo que había dejado atrás. Pero su respuesta nos sobrecogió profundamente:
“Que se acabe la violencia”
Después nos contó que en el refugio jugaba con otras niñas y niños que había conocido al llegar. Estaba en segundo de primaria y no había podido regresar a su casa. Hubo un silencio largo. Pensé que la conversación había terminado, pero Sami añadió:
“Otro sueño que tengo es volver a mi casa, a mi colegio, estar con mis amigos y con mi familia unida”.
Sami tiene aproximadamente 10 años.
“Tengo el corazón solamente roto”
En otro de los albergues conocí a Mar*. Era un espacio más pequeño, con muchas niñas y niños de primera infancia e infancia. Mar me mostró su muñeca y me preguntó si era linda. Recuerdo que le dije que sí y que me gustaba mucho su peinado.
Me contó que vivía en El Tarra. “Tuve este problema, me echaron del Catatumbo” me dijo con una naturalidad, que dolía; continúa diciendo “Llegó una gente a la casa y nos dijeron que había que desalojar, que eso se iba a prender”.
Dejaron todo: sus cosas, su ropa, sus cuadernos. Mar había llegado al albergue apenas una semana antes de nuestra intervención. Le pregunté cómo se sentía.
“Ya me amañé acá” respondió “hay más niños”
Luego, con una sinceridad desarmante, añadió: “Me siento un poco triste y un poco feliz”.
Venía con su papá, su mamá y su hermana. Me dijo que lo más difícil fue dejarlo todo, especialmente sus estudios. Antes de despedirse, una vez me contó de su familia y de la actividad que habían hecho con otros niños, recuerdo que me miró y dijo una frase que aún resuena en mi:
—Tengo el corazón solamente roto.
Mar tenía 13 años cuando hablé con ella.
Mar y Sami son el reflejo de la niñez en contextos de conflicto
Las historias de Mar y Sami no son casos aislados. Son el reflejo de miles de niñas, niños y adolescentes cuya infancia ha sido interrumpida por la violencia. Según UNICEF, en la región del Catatumbo más de 20.000 niñas, niños y adolescentes han sido desplazados por el conflicto armado, obligados a huir de sus hogares y a enfrentar un futuro marcado por la incertidumbre, la deserción escolar y la ruptura de sus entornos protectores.
Detrás de cada cifra hay una historia que duele. El desplazamiento no solo implica perder una casa; significa perder rutinas, vínculos, seguridad y, muchas veces, la posibilidad de soñar sin miedo.
Día de las Manos Rojas: decir no a una niñez en guerra
Cada 12 de febrero, el mundo conmemora el Día de las Manos Rojas, una fecha que nos recuerda el compromiso global de rechazar el reclutamiento, uso y utilización de niñas, niños y adolescentes en los conflictos armados. La mano pintada de rojo es un símbolo de denuncia y como ejercicio de memoria y de resistencia frente a una violencia que sigue arrebatando historias.
En Colombia, esta conmemoración cobra un significado urgente. Los riesgos de reclutamiento, uso y utilización de la niñez persisten, especialmente en contextos de desplazamiento, confinamiento y pobreza. Levantar la mano roja es decir con firmeza: Nunca más niñas y niños en la guerra.
Llamado urgente a la acción humanitaria
Las voces de Sami y Mar, junto con las cifras que evidencian la magnitud de la crisis, nos interpelan como sociedad. Proteger a la niñez debe ser una prioridad humanitaria inaplazable.
Es urgente garantizar:
- Acceso a alimentación, salud y educación para la niñez desplazada.
- Espacios seguros y acompañamiento psicosocial que atiendan las heridas visibles e invisibles que deja el conflicto.
- Acciones contundentes de prevención del reclutamiento, uso, utilización y otras formas de violencia contra la niñez.
- Una respuesta coordinada y sostenida que ponga en el centro la dignidad y los derechos de las niñas y los niños.
Como dijo Sami, lo que toda niña y todo niño desea es sencillo y profundo: vivir sin miedo. Ese sueño no debería ser un anhelo, sino un derecho garantizado.
Mientras el conflicto persista, seguir contando estas historias es una forma de resistencia. No para normalizarlas, sino para insistir una y otra vez en que la niñez merece crecer en paz.
Por: Linda Daniela Cruz.
¿Obligará finalmente la COP30 al mundo a mirar a los niños y niñas de la Amazonía?
Para João Diniz, Líder Regional para América Latina y el Caribe en World Vision, los niños y niñas de la Amazonía están en el epicentro de la crisis climática, y su futuro es inseparable del destino del planeta.
Este año, la COP30, la conferencia mundial sobre cambio climático se celebrará en Belém, en pleno corazón de la Amazonía, una región tan vital que a menudo se le llama “los pulmones de la Tierra”. Sin embargo, detrás de las grandes promesas y las negociaciones clave, se esconde una paradoja inquietante: el lugar que albergará las conversaciones más urgentes sobre el clima es también uno de los más difíciles para crecer siendo niño.
La Amazonía debería ser un paraíso, un aula viva de ríos, bosques y vida desbordante. Pero para millones de niños y niñas, se ha convertido en un lugar de privaciones y peligro. Más de la mitad de las familias de la región viven en pobreza multidimensional, y el 45% enfrenta inseguridad alimentaria. Uno de cada cuatro niños sufre desnutrición crónica y, en algunas comunidades, hasta el 80% carece de acceso a agua potable y saneamiento.
A esto se suman profundas fracturas sociales: en varias zonas, dos de cada tres niños han sido víctimas de violencia física o psicológica; el embarazo adolescente afecta a más del 37% de las niñas entre 15 y 19 años; y el trabajo infantil en menores de 15 años alcanza hasta el 36%. Para todos ellos, la crisis climática no es un concepto abstracto: es la fiebre tras una picadura de mosquito, la tos provocada por el aire contaminado, el miedo de que la próxima inundación arrase con su escuela.
Más allá del dosel del bosque
Podría decirse que la preocupación global por la Amazonía suele centrarse en el carbono, los árboles y la biodiversidad, causas nobles, aunque incompletas. Si bien esa atención es valiosa, a menudo deja de lado una dimensión crucial: las vidas que transcurren bajo ese dosel. Para las comunidades indígenas, con demasiada frecuencia marginadas, la naturaleza es mucho más que un recurso: los bosques, ríos, montañas y mares son ancestros vivos, guardianes de historias, espiritualidad e identidad. Romper ese lazo no es solo destruir un ecosistema, sino borrar un legado donde el ser humano y la Tierra coexisten como uno solo.
La pobreza, la violencia y los desastres climáticos no solo coexisten, colisionan. El colapso ambiental magnifica la fragilidad social, erosionando los cimientos mismos de la infancia. Sin una inversión decidida, esta generación no heredará un bosque lleno de vida, sino un legado de pérdida.
La oportunidad y la responsabilidad
El país anfitrión, Brasil, ha propuesto el “Fondo Bosques Tropicales para Siempre”, con una meta de USD $125 mil millones, diseñado para sostener la conservación a través de retornos de inversión. Sin duda, se trata de una propuesta audaz y visionaria. Pero cabe preguntarse: ¿llegarán esos fondos a los niños y niñas que viven en estos bosques? En las últimas dos décadas, solo el 2.4% del financiamiento climático multilateral ha tenido como objetivo directo a la infancia. Este descuido es tan injusto como miope.
Invertir en resiliencia centrada en la niñez es una estrategia inteligente. Fortalecer servicios esenciales como agua, saneamiento, salud y educación ante los impactos climáticos beneficia a comunidades enteras. Escuelas resistentes a inundaciones, clínicas que permanecen abiertas durante las sequías y sistemas de protección que resguardan a la niñez de la violencia garantizan que la acción climática se traduzca en supervivencia humana.
Tres cambios urgentes para una Amazonía viva
Redefinir el futuro de la Amazonía implica invertir en servicios públicos bien financiados y resilientes al clima. La salud, la educación, el agua y la protección no son mejoras opcionales, sino salvavidas fundamentales para la niñez. A medida que aumentan los impactos climáticos, la falta de fondos suficientes para adaptación y para responder a pérdidas y daños deja a los niños cada vez más expuestos. Ellos son quienes menos han contribuido a la emergencia climática, pero sufren sus peores consecuencias. El financiamiento climático debe ser sensible a la niñez y liderado localmente, garantizando inversiones que fortalezcan los sistemas de los que dependen su seguridad, bienestar y futuro.
Igualmente, crucial es asegurar que los niños, niñas y jóvenes en especial los indígenas y los más marginados, participen activamente en la construcción de su futuro, como recomienda la CMNUCC. Sus voces transmiten la urgencia de la experiencia vivida, y su conocimiento encierra la sabiduría de generaciones que han cuidado del bosque mucho antes de que existieran las cumbres climáticas. Empoderarlos es invertir en la solución climática más poderosa de la Amazonía: su gente.
Un espejo para el mundo
Datos recientes de satélites muestran que las alertas por degradación forestal aumentaron un 44% entre 2023 y 2024, lo que representa un asombroso 163% de aumento desde 2022. Solo el año pasado se dañaron más de 25,000 kilómetros cuadrados de bosque, dos tercios a causa del fuego. Los ríos se están secando, la contaminación va en aumento y los ecosistemas colapsan. La Amazonía lucha por respirar, y también lo hacen sus niños y niñas. Su posible colapso podría liberar hasta 300 mil millones de toneladas de carbono, haciendo inalcanzable la meta de 2 °C del Acuerdo de París, y mucho más aún la de 1.5 °C. El mensaje es claro: el destino de los niños de la Amazonía y el del planeta son uno solo.
Cuando se inaugure la COP30, los delegados debatirán sobre emisiones, financiamiento y marcos de acción. Pero antes del primer discurso, deben hacerse una pregunta más simple: ¿estamos priorizando a la infancia con la misma urgencia con la que tratamos de reducir las emisiones?
Porque si los niños y niñas de la Amazonía no pueden respirar aire limpio, beber agua segura o caminar a la escuela sin miedo, entonces ninguno de nosotros podrá hablar de verdadero progreso.
Sobre João Diniz
Con más de 35 años de experiencia en liderazgo estratégico, desarrollo de recursos y gestión organizacional, João Diniz es un destacado ejecutivo de World Vision. Actualmente se desempeña como Líder Regional para América Latina y el Caribe, brindando liderazgo visionario en toda la región.
Ha ocupado varios cargos senior dentro de World Vision International, incluyendo Director Global de Asuntos Estratégicos, Ministeriales y Financieros (con sede en Nairobi, Kenia) y Director Regional de Estrategia para América Latina y el Caribe (con sede en San José, Costa Rica). En Brasil, fue Director Nacional y anteriormente lideró las áreas de Desarrollo Económico, Mercadeo y Recaudación de Fondos.
Es ingeniero agrónomo con estudios de posgrado en Agricultura Tropical y una maestría en Administración de Empresas con especialización en Gestión Financiera por la Universidad Federal de Pernambuco, Brasil.
¿Pueden las abejas salvar a los niños de la Amazonía? Lo que he aprendido de las alas más pequeñas de la esperanza
He trabajado en el ámbito humanitario y de desarrollo el tiempo suficiente como para reconocer cuándo un proyecto simplemente funciona y cuándo realmente transforma. Lo que está ocurriendo en lo profundo de la Amazonía ecuatoriana pertenece, sin duda, a esta última categoría.
En un país donde el 70.3 % de las familias rurales viven por debajo del umbral de pobreza, se está gestando una revolución silenciosa. No está liderada por expertos internacionales ni por tecnologías sofisticadas, sino por jóvenes… y por el delicado zumbido de las abejas nativas sin aguijón.
La práctica, conocida como meliponicultura, puede sonar modesta. Pero, como he presenciado en primera fila, su impacto es profundo. Estas abejas —pequeñas, sin aguijón, y a menudo ignoradas— están transformando la manera en que las familias alimentan a sus hijos, preservan sus bosques y recuperan su dignidad.

Una tradición que se vuelve movimiento
Hace poco visité una pequeña comunidad donde conocí a Jeferson, un joven de 29 años que encarna la promesa de esta nueva generación. Junto a su pareja, Aide, ha convertido un rincón sencillo del bosque en un santuario vibrante, lleno de vida y propósito.
“Al principio, era solo algo que hacían mis abuelos”, me dijo, sosteniendo con delicadeza una de sus colmenas artesanales. “Pero ahora sabemos que estas abejas son vida. Nos dan medicina, ingresos y, lo más importante, enseñan a nuestros hijos que si cuidamos a las abejas, el bosque nos cuida a nosotros”.
Es una filosofía poderosa, que encierra más verdad que muchos marcos de política pública que he visto. Gracias a su iniciativa, Jeferson ha inspirado a más de 200 familias a tener colmenas de meliponas, produciendo miel tanto para el consumo familiar como para la venta. Cada colmena es un pequeño acto de resistencia contra el hambre, un compromiso silencioso con la regeneración por encima de la extracción.
Lo que realmente significa sostenibilidad
A menudo hablamos de sostenibilidad en términos abstractos: estrategias, marcos, indicadores. Pero en la Amazonía, la sostenibilidad tiene rostro, tiene latido, y a veces… tiene alas diminutas.
La meliponicultura, en mi opinión, es una de esas intervenciones poco comunes: técnicamente viable, económicamente sólida, culturalmente enraizada y ambientalmente regenerativa. Genera ingresos sin destruir los ecosistemas. Refuerza la seguridad alimentaria mientras conserva la biodiversidad. Familias que antes enfrentaban la desnutrición ahora producen miel rica en nutrientes, polen con propiedades medicinales y propóleos cotizados en los mercados internacionales.
Es un modelo elegante: simple, escalable y sostenible en el sentido más genuino. Pero más allá de eso, devuelve el orgullo. Les dice a las comunidades que su herencia no es un obstáculo para el progreso, sino su base.

Repensar cómo hacemos desarrollo
Hasta cierto punto, el éxito de este modelo desafía a todos los que trabajamos en el sector humanitario y de desarrollo. Nos obliga a enfrentar una verdad incómoda: durante décadas hemos tratado el conocimiento local como algo secundario, algo que se debe “integrar” en lugar de liderar.
Aunque bien intencionado, el modelo tradicional de ayuda a menudo ignora lo que tiene justo enfrente: comunidades que ya poseen las soluciones, y que solo esperan ser reconocidas y apoyadas.
Por eso, en World Vision Ecuador, nuestro trabajo en la Amazonía no se trata de entregar ayuda, sino de restaurar la capacidad de acción. No vemos la meliponicultura como caridad; la vemos como una estrategia. Forma parte de un ecosistema más amplio que incluye turismo comunitario, agricultura sostenible y medios de vida artesanales, todos ellos redefiniendo lo que puede ser la prosperidad en las zonas rurales.
Porque, al final, la pregunta no es cómo ayudar, sino cómo hacernos a un lado y permitir que las comunidades lideren.
El sonido del futuro
Cuando escucho el suave zumbido de las abejas en un meliponario, no oigo solo a la naturaleza en acción. Escucho el susurro del cambio: jóvenes construyendo futuros económicamente viables y ecológicamente responsables.
He visto a niños trazar con sus pequeños dedos la arquitectura de una colmena, mientras escuchan a Jeferson explicar cómo la colonia sobrevive gracias al equilibrio y la cooperación. Es una lección de biología, sí… pero también una lección moral. Un recordatorio de que el bosque, al igual que la humanidad, solo prospera cuando cada parte sostiene al conjunto.
A los formuladores de políticas, gobiernos y socios para el desarrollo, les diría esto:
Cuando tratamos a la naturaleza como algo que podemos dar por sentado, el costo nunca es lejano; se propaga por toda la red de la vida, alterando ecosistemas, medios de subsistencia y ese delicado equilibrio que nos sostiene a todos. Las soluciones al hambre, la pobreza y la pérdida ambiental no siempre están en nuevas tecnologías o expertos externos.
La Amazonía no necesita que la salven. Necesita que la escuchen, que la financien y que la respeten.
Entonces, ¿pueden las abejas salvar a los niños de la Amazonía? Tal vez no por sí solas.
Pero sin duda pueden mostrarnos el camino.
Y eso, para mí, es el sonido de la esperanza.
Cómo Judenie escapa de las sombras de la violencia
Wista, una madre de 47 años, y su hija Judenie, de 5, vivían con miedo constante tras el anuncio de un inminente ataque por parte de bandas locales. Wista, una comerciante a pequeña escala, se vio obligada a abandonar su medio de vida cuando las pandillas comenzaron a aterrorizar a su comunidad. A pesar de su conocimiento del negocio y su dedicación para mantener a su familia, no tuvo otra opción más que dejarlo todo atrás.
“Tenía un pequeño negocio que me dio World Vision. Pero cuando la gente decía que las pandillas tomarían la ciudad, me dio mucho miedo seguir. Las pandillas hicieron que fuera demasiado peligroso. No tuve opción, tuve que irme”, cuenta. El camino hacia un lugar seguro no fue fácil. A cada paso, el trayecto se volvía más peligroso. Wista y Judenie enfrentaron dificultades insoportables, pero su voluntad de sobrevivir las impulsó a seguir adelante.
Wista describe su difícil travesía: “El camino era duro. La niña caminó y caminó por millas, pero encontró fuerza en Dios para continuar. Yo sentía dolor. Cruzamos ríos en una pequeña canoa, y después seguimos a pie. Tomamos dos motocicletas, pero se accidentaron en el camino y casi chocamos contra las piedras. Todos los demás también tuvieron que caminar.”
Mientras viajaban, el corazón de Wista se llenaba de tristeza. El viaje parecía interminable, y a menudo sentía que no podía continuar. “Me sentía tan triste”, dice. “Quería acostarme entre los arbustos y dormir para siempre. Pero seguía pensando en mi hija y en la necesidad de protegerla.”
Tras una larga y agotadora caminata, finalmente llegaron a un refugio, pero la condición de Wista empeoró. No podía comer ni beber, y se sentía físicamente agotada por el estrés del viaje. “Cuando llegué al centro de refugiados, estaba con tanto dolor”, recuerda Wista. “Me dolía la cabeza, no podía comer. Ni siquiera podía beber agua. Dejé todo atrás en mi casa.”
La pequeña Judenie recuerda su escuela y a los amigos que tanto la extrañan. Sufrió al ver a su madre y a otros familiares tratando de esconderse entre los arbustos. Ella dice: “Estaba asustada y cansada, pero mamá dijo que teníamos que movernos.” “Solo quiero volver a mi escuela y jugar con mis amigos”, dice la hija de Wista.
Aunque escaparon de la violencia, Wista y Judenie quedaron marcadas por las cicatrices de su traumático viaje. Wista, aún lidiando con el impacto emocional y físico de la travesía, reflexiona sobre cómo afectó sus vidas. “Dejé todo atrás. Lo único que quería era proteger a mi hija y sobrevivir. Pero nunca imaginé lo duro que sería el camino.”
En su nuevo refugio, Wista y Judenie aún sienten el peso de todo lo que perdieron, pero se aferran a la esperanza de que, con el tiempo, podrán reconstruir sus vidas y salir adelante tras la devastación. La familia de Wista enfrentaba lo imposible, sobreviviendo a pesar de la violencia y del peligroso recorrido, en su búsqueda por un lugar seguro y una vida mejor, lejos de las pandillas que amenazaban con destruir su comunidad.
Volver a abrazarlos: una historia de reunificación, dolor y esperanza
Volver a abrazarlos: una historia de reunificación, dolor y esperanza
Therese llegó a Colombia con el corazón encogido y una urgencia que ninguna madre debería enfrentar: reencontrarse con sus hijos menores, Kaosi y Aissatha, quienes estaban bajo custodia del Estado colombiano. Aunque su hogar está en São Paulo, Brasil, su viaje a Colombia fue abrupto. Vino desde Guinea, su país natal, tras recibir una noticia devastadora que cambió para siempre el rumbo de su familia.
Meses atrás, Therese había viajado a Guinea por unos días para visitar a su madre enferma y nietos. Mientras tanto, su hija mayor, Sia Bah, tomó una decisión que marcó el destino de todos: salir de Brasil con sus hermanos menores, con la esperanza de llegar a Estados Unidos. Lo hizo sin autorización, sin documentación vigente, sin recursos y sin condiciones mínimas de protección. Su deseo era encontrar un lugar donde pudieran tener una vida mejor, pero eligió una de las rutas más peligrosas del continente.
La familia llegó hasta Necoclí, en la costa caribeña de Colombia, uno de los últimos puntos antes de enfrentar el Tapón del Darién: una selva inhóspita, sin ley, donde cientos de personas han desaparecido. Fue ahí donde los planes se detuvieron. Sia Bah, se enteró que estaba embarazada y debido a complicaciones de salud, fue ingresada de emergencia al hospital local y luego trasladada a Montería, donde lamentablemente falleció.
Mientras tanto, Kaosi y Aissatha, expuestos a un entorno incierto y sin protección familiar, fueron temporalmente cuidados por una mujer migrante en la playa de Necoclí. Al reconocer que no podía asumir esa responsabilidad, acudió a la Comisaría de Familia, que activó los protocolos de protección. Así, los niños fueron acogidos por el sistema de bienestar infantil colombiano y llevados a un hogar sustituto.
Este caso no es aislado. Cada vez más niñas, niños y adolescentes migran solos o quedan bajo el cuidado de personas que no tienen vínculos ni responsabilidad reales con ellos. Decisiones tomadas por adultos —muchas veces desde el dolor, la desesperación o la falta de oportunidades— terminan exponiéndolos a riesgos extremos: violencia, abuso, explotación, separación, enfermedades, y en el peor de los casos, la muerte.
La historia de Therese cambió de rumbo gracias al trabajo articulado de múltiples actores. La Comisaría de Familia, el consulado de Brasil, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) y World Vision Colombia, con el apoyo del Departamento de Estado de Estados Unidos a través de PRM, trabajaron juntos para lograr la reunificación. El proyecto Más Allá de las Fronteras brindó acompañamiento psicosocial, orientación legal, hospedaje, alimentación y la gestión del transporte humanitario necesario para que Therese pudiera reencontrarse con sus hijos.
Jessica, trabajadora humanitaria de World Vision, acompañó cada paso del proceso. Estuvo allí cuando Therese abrazó a sus hijos por primera vez después de meses de incertidumbre. Tras una noche de descanso en Bogotá, la familia tomó un vuelo de regreso a São Paulo, donde les esperaba Thierno, la actual pareja de Therese.
La historia de esta familia nos recuerda que, para las niñas y niños migrantes, el cuidado familiar no siempre es el que se conoce como tradicional. A veces es la mamá que cruza el océano para reencontrarse con sus hijos. Otras veces es una mujer migrante que, sin tener vínculos de sangre, protege a quienes han quedado solos. Y muchas veces, es el sistema de protección y las organizaciones humanitarias quienes se convierten en ese soporte necesario.
En el marco del Día de la Familia, esta historia nos invita a reflexionar sobre el poder restaurador del vínculo familiar en medio de la adversidad. Para miles de niñas y niños en situación de movilidad, la familia, propia o la que se forma en el camino, es el refugio que puede marcar la diferencia entre la desprotección y la esperanza. En palabras de Therese, al llegar nuevamente a casa junto a sus hijos: “Yo estoy agradecida con tantos ángeles que en Colombia me dieron una mano y lograron que regresará a Brasil junto con mis hijos. Solo busco ahora seguir trabajando, cuidando y amando a mi familia en esta ciudad que una vez más me recibe”.
La reunificación de esta familia fue posible gracias a la articulación interinstitucional y al compromiso de quienes creemos que ninguna niña o niño debería vivir sin protección. Pero la realidad es que la mayoría de las historias no tienen este final. Por eso, desde la Respuesta Multipaís a la Crisis Migratoria de World Vision “Esperanza sin Fronteras” seguimos trabajando para prevenir estos riesgos desde los lugares de origen y en las comunidades de acogida, brindando medios de vida dignos, acceso a información segura y respuestas humanitarias oportunas que coloquen a la niñez migrante en el centro.
Nota editorial: Esta historia fue adaptada por el equipo de Comunicaciones de la Respuesta Multipaís Esperanza sin Fronteras con motivo del Día de la Familia 2025. Su versión original, escrita por Felipe Martín, fue publicada en el Informe de Gestión 2024 de World Vision Colombia (págs. 22–23).
Más que una comida: cómo la alimentación escolar está nutriendo futuros en América Latina
En aulas desde el Amazonas hasta los Andes, las comidas escolares están transformando vidas en silencio. Lo que comenzó como una intervención nutricional básica se ha convertido en un salvavidas esencial para millones de niñas, niños, familias y comunidades en toda América Latina—ayudándoles a permanecer en la escuela, mantenerse saludables y conservar la esperanza. A través de una red de programas nacionales y alianzas con la sociedad civil, incluidas aquellas lideradas por World Vision, la alimentación escolar es ahora un pilar de las políticas educativas y sociales en países como Venezuela, Brasil, Guatemala y Perú.
Los programas de alimentación escolar de World Vision aseguran que niñas y niños en comunidades vulnerables reciban la nutrición necesaria para tener éxito. Esta labor forma parte esencial de nuestra campaña global ENOUGH, que busca eliminar el hambre y la malnutrición infantil garantizando que cada niña y niño tenga acceso a los alimentos que necesita para desarrollar un cuerpo y mente saludables.
En Venezuela, World Vision, en alianza con el Programa Mundial de Alimentos (WFP), ha ampliado la alimentación escolar a 542 escuelas en cinco estados. El programa beneficia a más de 78,000 niñas y niños mediante una combinación de entregas de alimentos frescos, comidas en el lugar y suplementos fortificados como el Super Cereal. El impacto se ve no solo en la mejora de la nutrición, sino también en entornos escolares revitalizados. En Barinas, las comidas se preparan y sirven diariamente en escuelas como Don Rómulo Gallegos, mientras que mejoras en las cocinas, como en el CEI Josefa Camejo en Falcón, han contribuido a una mayor seguridad alimentaria y calidad de las comidas.
El programa de alimentación escolar de Brasil, conocido como PNAE (Programa Nacional de Alimentación Escolar), es uno de los más antiguos del mundo. Asegura que niñas y niños en la educación pública accedan a comidas que reflejen tanto sus necesidades nutricionales como sus preferencias culturales. World Vision Brasil ha centrado sus esfuerzos en la participación juvenil, apoyando el monitoreo y la incidencia liderada por adolescentes. En 2024, como parte de la iniciativa “Amplificando las Voces de la Niñez Digitalmente (ACVD)”, jóvenes redactaron una carta solicitando mayor transparencia en la entrega de alimentos escolares. Esta carta fue entregada directamente a funcionarios gubernamentales durante la Cumbre del G20 en Río de Janeiro, destacando la importancia de la participación juvenil en los servicios públicos.
El cambio de políticas ha sido clave en Guatemala. En 2017, el gobierno aprobó una Ley de Alimentación Escolar pionera, que fue fortalecida en 2021. Esta reforma incrementó el financiamiento diario por estudiante de Q4.00 a Q6.00 (aproximadamente de US$0.52 a US$0.78) y amplió la cobertura a 3.6 millones de niñas y niños, incluyendo niveles de educación inicial y secundaria básica. World Vision Guatemala desempeñó un papel clave en el proceso legislativo, brindando insumos durante los debates y abogando por una inversión sostenida en la nutrición infantil. Hoy, su trabajo también incluye la mejora de infraestructura de agua y saneamiento en escuelas, equipamiento de cocinas y talleres de preparación de alimentos para madres y padres con ingredientes locales.
En Perú, está ocurriendo otro tipo de transformación: una que pone a las niñas y niños en el centro de la política alimentaria. A través de una iniciativa de participación ciudadana llamada “Voz y Acción Ciudadana”, niñas, niños y adolescentes han sido capacitados para evaluar y proponer mejoras al programa nacional de alimentación escolar, ahora conocido como Wasi Mikuna. En 2024, esta movilización alcanzó a más de 21,000 estudiantes, madres, padres y docentes. Líderes juveniles organizaron consultas públicas, visitaron centros de almacenamiento y se reunieron con autoridades para compartir sus propuestas. Estos esfuerzos llevaron a un compromiso formal del gobierno para mejorar la capacitación de manipuladores de alimentos, aumentar la transparencia y desarrollar materiales comunicacionales adecuados para niñas y niños sobre los servicios nutricionales.
Todos estos programas comparten una visión: la alimentación escolar no se trata solo de calmar el hambre. Se trata de participación, dignidad, potencial e igualdad de oportunidades. Para muchas niñas y niños, la jornada escolar es el único momento del día en que pueden contar con una comida nutritiva. Para familias que enfrentan inflación, sequía o desplazamiento, esta certeza diaria representa un alivio tangible. Y para los gobiernos, la alimentación escolar ha demostrado ser una herramienta eficaz para mejorar los resultados educativos y, al mismo tiempo, fortalecer las economías locales mediante la compra de alimentos a pequeños productores y la generación de empleo en la cadena de suministro.
Sin embargo, el trabajo está lejos de haber terminado. En toda la región, los programas enfrentan desafíos, desde presupuestos insuficientes hasta dificultades logísticas en zonas remotas. El cambio climático, el aumento del costo de los alimentos y la inestabilidad política amenazan con revertir los avances logrados en la última década. En este contexto, el rol de los socios internacionales sigue siendo vital, no solo como implementadores, sino como defensores, conectores y amplificadores de las voces locales.
No es casualidad que gran parte del progreso en estos países haya ocurrido donde las niñas, niños y sus comunidades han estado directamente involucrados. Ya sea a través del monitoreo juvenil en Brasil y Perú, o mediante talleres de cocina dirigidos por madres y padres en Guatemala, estos programas tienen éxito porque se enraízan en la experiencia vivida de quienes los reciben.
Con la atención global puesta en la próxima Cumbre Mundial de Alimentación Escolar en Brasil este septiembre, existe una oportunidad —y una responsabilidad— de que donantes, gobiernos y organizaciones de la sociedad civil reafirmen su compromiso con la alimentación escolar.
Asegurar que cada niña y niño tenga acceso a una comida escolar nutritiva no es caridad. Es una cuestión de justicia, equidad y política pública inteligente.
Porque al final, una comida escolar nunca es solo un plato de comida. Es un voto de confianza en el futuro de una niña o un niño.
Para más información, visita nuestro sitio sobre Alimentación Escolar: https://www.wvi.org/ENOUGH/school-meals