Historias

El pastor que perdió a su hijo y a su nieto, pero abrió su iglesia para ayudar a su ciudad

Cuando sonó la alarma, el pastor Alexis pensó que alguien le estaba jugando una broma. Nunca había escuchado ese sonido. Miró el teléfono y leyó dos palabras que, segundos después, cambiarían su vida y la de toda su comunidad: “fuerte temblor”.

Estaba en la terraza de su casa. Su esposa se encontraba en el cuarto. Sus hijos estaban en distintas zonas de la ciudad. Entonces empezó el movimiento. Las paredes internas comenzaron a caer. Parte de los escombros golpearon sus piernas.

Le dijo a su esposa que avanzara, que él la alcanzaría. En medio del ruido, el polvo y el derrumbe, hizo una oración breve, desesperada, de esas que no se preparan en un púlpito: “Señor, yo estoy dispuesto a partir, no hay problema, pero salva a mis hijos”.

De alguna manera logró quitarse las piedras de encima. Salió herido. Todavía conserva lesiones que no han cicatrizado. Pero caminó hacia su iglesia. Allí llegó junto a su esposa, mientras la gente permanecía en la calle sin saber qué hacer.

La iglesia seguía en pie.

Alexis revisó la estructura. No vio fisuras ni grietas. Abrió la puerta. Lo que hasta entonces había sido templo, comedor comunitario y lugar de encuentro, se convirtió en refugio.

“Pueden venir o quedarse abajo, como ustedes prefieran”, les dijo a las personas que estaban afuera.

Muchas entraron.

Una iglesia que ya conocía a su comunidad

Antes del terremoto, la iglesia ya tenía una práctica instalada: servir a la comunidad. No era una idea improvisada para la emergencia. Tenían un comedor funcionando todos los días y una reserva de alimentos para unas dos semanas.

Ese detalle fue decisivo. En las primeras horas, cuando el miedo todavía estaba fresco y la información era confusa, la iglesia tenía algo concreto que ofrecer: un espacio abierto, manos disponibles y comida.

También había enfermeras, médicos y personas con experiencia en rescate entre los miembros de la comunidad de fe. Sin electricidad, sin agua, sin comunicación y bajo la lluvia, comenzaron a buscar sobrevivientes.

No tenían equipos especializados. Usaron lo que había: manos, palas, piedras, tubos, fuerza comunitaria y una terquedad nacida del amor.

El pastor recuerda que sacaban personas de entre los escombros. Algunas ya habían muerto. Otras seguían con vida. Escuchaban voces. Buscaban herramientas. Llamaban a más gente. Volvían a entrar.

La noche no les dio tregua. Además del terremoto, cayó un aguacero fuerte. Estaban empapados, sin luz, con los teléfonos descargándose y sin saber qué había ocurrido en otras zonas.

Pero siguieron.

“Me faltaban tres hijos”

Mientras ayudaba a otros, Alexis buscaba a los suyos.

Uno de sus hijos logró encontrarlo en medio de la oscuridad y la lluvia. Se abrazaron. Ese abrazo trajo alivio, pero todavía faltaban otros miembros de la familia.

Después llegó una de sus hijas. Luego supieron dónde estaban otros familiares. Fueron hasta el lugar. Allí lograron sacar a su nuera y a su nieta. La niña estaba cubierta de polvo. El pastor recuerda que la vio “blanquita”, aunque ella no era de piel clara. La abrazó y le preguntó cómo estaba.

“Bien, abuelo, tranquilo, abuelo, yo estoy bien. Dios me guardó”, le respondió.

Pero no todos salieron con vida.

El pastor Alexis perdió a su hijo mayor, Adrián Josué, de 44 años. También perdió a su nieto mayor, de 19. Adrián Josué era pastor de la iglesia y coordinador musical. En una sola noche, la familia perdió a un hijo, a un nieto, a un líder espiritual, a una voz musical y a una parte profunda de su historia.

Hay dolores que no se ordenan en una frase. Se cargan con el cuerpo entero.

Y, aun así, al amanecer, Alexis seguía allí.

La fe que no huye del polvo

El testimonio del pastor no tiene el tono de alguien que intenta negar la tragedia. Habla desde la herida. Desde el cansancio. Desde la pérdida. Desde un cuerpo golpeado y una familia rota.

También habla desde una convicción que, para muchas personas, puede resultar difícil de comprender: ayudar mientras se está llorando.

La iglesia no esperó a tener todo bajo control para acompañar a su comunidad. No esperó a que el dolor pasara. No esperó a que llegaran condiciones perfectas. Abrió sus puertas y empezó a servir con lo que tenía.

En una emergencia, esa diferencia importa.

Una comunidad no sobrevive solo con discursos. Necesita agua. Necesita alimentos. Necesita atención básica. Necesita espacios seguros. Necesita adultos capaces de proteger a niños y niñas cuando todo alrededor se vuelve amenaza. Necesita iglesias, organizaciones y personas que actúen rápido, con humildad y con responsabilidad.

Según la información compartida por la comunidad, se estima que cerca del 40% de los feligreses de la iglesia murieron. La cifra estremece. Detrás de ese porcentaje hay nombres, familias, ministerios, canciones, sillas vacías, conversaciones que quedaron pendientes y niños que ahora miran el mundo con otros ojos.

Aun así, la iglesia sigue sirviendo.

Con el apoyo de World Vision y de iglesias locales, el pastor , su esposa y sus tres hijos sobrevivientes están ayudando a brindar alimentación y asistencia básica a personas afectadas en La Guaira.

“Además de orar, busque la manera de apoyarnos”

En su mensaje a otras iglesias, el pastor Alexis no maquilla la realidad. Todavía están sin electricidad. El agua llega por cisternas. El agua potable también depende de apoyo externo. La comunidad necesita insumos.

Su llamado es directo: “Además de orar, busque la manera de apoyarnos”.

No lo dice desde una oficina. Lo dice desde una zona golpeada. Desde una iglesia que ha recibido insumos de distintas congregaciones, sin importar la denominación. Desde un lugar donde la fe se ha vuelto comida, agua, refugio, acompañamiento y manos que levantan escombros.

También lo dice con una imagen que resume el tipo de ayuda que se necesita: que quienes están lejos hagan llegar su apoyo para que esas manos sean “las manos que abracen al necesitado” en esa zona.

Esa frase tiene peso porque viene de alguien que no está hablando de solidaridad en abstracto. Está hablando de vecinos concretos, familias concretas, niños concretos y una comunidad que todavía intenta entender cómo seguir viviendo después del terremoto.

Venezuela necesita ayuda ahora

La emergencia en Venezuela no se reduce a edificios dañados. Hay familias sin servicios básicos. Hay comunidades enteras expuestas al polvo, al miedo, a enfermedades respiratorias, a la pérdida de ingresos y a la incertidumbre. Hay niños, niñas y adolescentes que han visto demasiado en muy poco tiempo.

En La Guaira, la respuesta de iglesias locales y organizaciones humanitarias está siendo vital para sostener a quienes perdieron casa, familiares, seguridad y rutina.

Donar en este momento no es un gesto simbólico. Es una forma concreta de ayudar a que lleguen alimentos, agua segura, kits de higiene, asistencia básica y protección para la niñez.

El pastor Alexis ya está haciendo su parte desde el lugar más duro: desde el duelo.

A quienes estamos lejos nos toca decidir si vamos a mirar la tragedia como una noticia más o si vamos a convertir la compasión en ayuda real.

Puedes apoyar la respuesta de emergencia de World Vision en Venezuela aquí:

https://worldvisionamericalatina.org/emergencia-terremoto-venezuela/

Porque cuando una comunidad queda bajo los escombros, cada donación puede convertirse en alimento, cuidado, abrigo y esperanza.

Y porque en La Guaira, incluso con el corazón quebrado, hay una iglesia que sigue abriendo sus puertas.

Día Mundial del Refugiado: el camino de una familia venezolana para reconstruir su vida en Colombia

Bogotá, Colombia | World Vision.- En la luz de la mañana de una pequeña cocina, Miguel sella una bolsa de palomitas de maíz y coloca cuatro cupcakes de colores en un recipiente plástico. Es una rutina silenciosa y disciplinada, el tipo de rutina que ayuda a una familia desplazada a transformar la incertidumbre en estabilidad.

Yesleidy y Miguel huyeron de la crisis humanitaria en Venezuela como refugiados hace dos años, migrando a Colombia con sus hijas e hijos. Reconstruyeron sus vidas desde cero, convirtiendo una pequeña idea de emprendimiento familiar en un camino hacia la estabilidad y un futuro que pueden planificar. Hoy en día, sus jornadas giran en torno a un modesto puesto de comida cerca de una escuela local, donde Miguel prepara y vende empanadas, palomitas de maíz, algodón de azúcar y cupcakes a los estudiantes.

Para las familias que se reconstruyen tras el desplazamiento, una fuente de ingresos pequeña pero constante puede significar la diferencia entre simplemente subsistir y avanzar con dignidad. En toda Colombia, la inseguridad alimentaria sigue siendo un desafío urgente: el 36% de los hogares en el país padece inseguridad alimentaria, según un estudio reciente de World Vision.

Un pequeño puesto de comida, construido paso a paso

“Somos una familia venezolana. Una familia humilde, trabajadora y resiliente que ha impulsado negocios no solo aquí, sino también en Venezuela”, reflexiona Yesleidy. “Porque aunque en su momento tuve un muy buen empleo, la situación económica no era suficiente para mantenernos. Así que mi pareja aquí, que siempre ha tocado puertas a través del comercio, decidió una vez más reinventarse, porque uno siempre tiene que reinventarse”.

Cuando llegaron por primera vez, Miguel empezó con un carrito de comida rápida, vendiendo empanadas afuera de la escuela. Con el tiempo, el negocio creció hasta convertirse en un puesto de comida. Hoy, sus ambiciones van más allá.

“Quiero expandirme, no solo a una panadería lujosa, sino a una panadería que pueda vender de todo: confitería, dulces, porque desde allí también se puede trabajar con empanadas y seguir surtiendo a las cafeterías escolares. Eso es muy rentable», explica Miguel.

Para las familias refugiadas, un sustento estable ayuda a mantener a sus hijas e hijos en la escuela y hace posible la planificación. De acuerdo con la nueva investigación de World Vision, en Colombia, casi el 33% de los hogares tiene un empleo temporal, estacional o irregular, y solo el 4.6% cuenta con un empleo de tiempo completo con documentación legal.

Fortaleciendo los medios de vida

A través del proyecto Más Allá de las Fronteras (Beyond Borders) de World Vision y su capital semilla, las familias como la de Yesleidy y Miguel reciben apoyo para fortalecer sus negocios. Esto incluye la participación en el modelo Canvas, el cual está compuesto por nueve pasos y proporciona herramientas clave para la creación y consolidación de empresas. Quienes completan el proceso y presentan sus iniciativas al comité de capital semilla pueden acceder a recursos para adquirir insumos, lo que les permite llevar sus negocios al siguiente nivel. Tras una participación constante, el plan de negocios de Yesleidy y Miguel fue aprobado, un hito que marcó tanto un reconocimiento como una nueva oportunidad.

“Cuando me dijo que el negocio había sido aprobado, me sentí feliz, muy feliz. No me sorprendió, pero me alegró muchísimo”, dice Yesleidy. “Ha sido un proceso largo: hemos sido muy constantes y muy disciplinados con las reuniones, las capacitaciones. Ha sido un proceso largo, pero muy gratificante. Y cuando nos dijeron que nuestro negocio familiar fue aprobado, fue pura alegría”.

En riesgo de perder los avances

A pesar de este impulso, los recortes de fondos ponen en riesgo a programas como Más Allá de las Fronteras. Sin un apoyo continuo, las familias como la de Yesleidy y Miguel pierden el acceso a la capacitación, los recursos y la orientación que hacen posible sostener y hacer crecer sus negocios. Las oportunidades de avanzar hacia un empleo formal y estable se vuelven cada vez más inalcanzables. Para las familias que ya experimentan el desplazamiento, esto puede significar la diferencia entre construir un futuro o volver a caer en la incertidumbre.

Con una inversión sostenida, las familias como la de Yesleidy y Miguel pueden ir más allá de la supervivencia, construyendo medios de vida estables y creando mejores futuros para sus hijas e hijos.

«Solo pudimos rescatar a nuestros niños»: la historia de una madre que sobrevivió a las inundaciones en Córdoba

Córdoba, Colombia | World Vision.- Cuando Diana Sánchez recuerda la madrugada del 1 de febrero, su voz aún se quiebra. Han pasado varios meses desde aquella noche, pero las imágenes permanecen intactas en su memoria,

¿La lluvia comenzó como cualquier otra. Desde la noche anterior, el agua caía con fuerza sobre el corregimiento El Guineo, Córdoba. Diana, de 30 años, observaba preocupada cómo las horas avanzaban sin que el aguacero diera tregua. Vivía cerca de una quebrada y, aunque años atrás había experimentado inundaciones, nunca imaginó que enfrentaría una emergencia de tal magnitud.

A las cinco de la mañana, los golpes desesperados en la puerta la despertaron. Eran sus vecinos. «Se van a inundar, salgan, viene la inundación».

Cuando intentó reaccionar, el agua ya había entrado a su vivienda. «Fue algo catastrófico. Ver cómo las cosas que consigues con tanto trabajo y esfuerzo se iban delante de tus ojos, fue muy doloroso», recuerda.

En cuestión de minutos, la casa quedó bajo el agua. Las camas, los electrodomésticos, los utensilios de cocina y buena parte de los bienes que había construido para sus hijos quedaron destruidos. Ella solo pensaba en una cosa: ponerlos a salvo.

«Solamente pudimos rescatar a nuestros niños y sacarlos a un lugar seguro. Perdimos absolutamente todo.»

Diana es madre de dos hijos: un bebé de siete meses y un niño de siete años. Como muchas madres de la región, trabaja todos los días para sacar adelante a su familia. Se define como una mujer emprendedora, luchadora y convencida de que el esfuerzo abre caminos para las nuevas generaciones.

Tras la emergencia, tuvo que abandonar su hogar y trasladarse junto a sus hijos a casas de familiares. Durante semanas vivieron lejos de su comunidad mientras esperaban que las condiciones permitieran regresar.

«Ha sido duro. No ha sido fácil. Recordar es volver a vivir lo que pasó», afirma.

Sin embargo, en medio de las pérdidas también encontró apoyo de World Vision. Diana recuerda especialmente los espacios donde las familias pudieron compartir sus experiencias, hablar de sus emociones y comenzar a sanar las heridas que dejó la emergencia.

«No solamente recibimos alimentos y elementos de aseo. También recibimos apoyo para el alma. Un acompañamiento que necesitábamos para seguir adelante», explica.

La historia de Diana es una de los cientos que surgieron tras las inundaciones que afectaron a comunidades del norte de Córdoba. Frente a la magnitud de la emergencia, World Vision activó una respuesta humanitaria enfocada en proteger a las familias más afectadas y contribuir a su recuperación.

La organización llegó a las comunidades con asistencia alimentaria, kits de higiene, acceso a agua segura y espacios de protección y apoyo psicosocial, reconociendo que la recuperación no solo implica reconstruir viviendas y bienes materiales, sino también fortalecer la esperanza, la resiliencia y el bienestar de quienes han vivido una situación de crisis,

En articulación con el Departamento de Estado de Estados Unidos, se entregaron 2.950 kits de alimentos y 2.950 kits de higiene durante dos meses en los municipios de Ayapel y Canalete, apoyando a hogares que enfrentaban las consecuencias de la emergencia.

Las familias también participaron en talleres de protección, fortaleciendo conocimientos y herramientas para el cuidado y bienestar de niñas, niños y adolescentes en contextos de crisis.

Adicionalmente, se donaron cinco filtros de agua comunitarios en instituciones educativas, contribuyendo al acceso a agua segura para niñas, niños y comunidades educativas afectadas por las inundaciones.

Estas acciones fueron posibles gracias al trabajo conjunto entre autoridades locales, líderes comunitarios y organizaciones comprometidas con la recuperación de los territorios.

Hoy, Diana continúa reconstruyendo su vida. Aunque el recuerdo de aquella madrugada permanece, también conserva la esperanza.

«Me mantengo con buena energía, actitud positiva y confiada en que vienen cosas grandes», dice con una sonrisa.

Su historia es un recordatorio de la fuerza de las comunidades cordobesas y de cómo, incluso después de perderlo todo, la solidaridad puede convertirse en el primer paso para volver a empezar.

Nunca es tarde para estudiar: Jefferson desafía los límites a través de Youth Ready

Tegucigalpa, Honduras | World Vision.- Mi nombre es Jefferson Alexander Pineda, tengo 21 años y vivo en la colonia Berlín de Tegucigalpa, Honduras. Hoy quiero compartir mi historia.

Desde muy pequeño entendí que la vida no iba a ser fácil. Tenía apenas 8 o 9 años cuando empecé a trabajar, primero ayudando en casa y luego acompañando a mi abuelo en trabajos de construcción. Así fui aprendiendo el oficio de ayudante de albañil, paso a paso, mientras también intentaba mantenerme en la escuela. Trabajar desde niño no fue una opción, fue una necesidad, pero también se convirtió en una escuela de vida: me enseñó responsabilidad, esfuerzo y a no rendirme.

En medio de ese camino, hubo momentos en los que pensé que mi educación había terminado. Me dijeron que no podría seguir estudiando y que mi límite sería el séptimo grado. Sin embargo, mi historia cambió cuando conocí el proyecto RISE de World Vision, a través de la metodología Youth Ready.

Gracias a ese apoyo, no solo retomé mis estudios, sino que hoy ya llevo dos años consecutivos con una beca completa. Actualmente estoy en noveno grado, avanzando con la convicción de que sí es posible construir un futuro diferente. Esta oportunidad llegó en un momento clave, cuando incluso algunos centros educativos no me aceptaban por mi edad; RISE me abrió una puerta que parecía cerrada.

Vivo con mi hermana y mis abuelos, quienes han sido un pilar fundamental en mi vida. Mi mamá, que migró por motivos económicos en busca de mejores oportunidades, siempre me ha guiado con sus consejos. Mi abuela me brinda sabiduría y ánimo, y mi abuelo, a sus 80 años, sigue trabajando conmigo, enseñándome cada día el valor del esfuerzo honrado. Juntos seguimos adelante, apoyándonos como familia.

Además de los retos económicos, también enfrento un desafío de salud. Actualmente utilizo una traqueotomía que me ayuda a respirar y a mantenerme activo.

Aunque los médicos han dicho que podría ser permanente, existe la posibilidad de una operación en el futuro. A pesar de esto, no me detengo: sigo estudiando, sigo trabajando y sigo luchando por mis metas.

Hoy tengo claro hacia dónde quiero ir. Me visualizo graduado como bachiller en Ciencias y Humanidades, trabajando en una buena empresa, apoyando a mi familia y construyendo un futuro estable. Sueño con poder adquirir un terreno propio y levantar un proyecto de vida que le dé seguridad a los míos.

A otros jóvenes que atraviesan dificultades, quiero decirles algo: no se rindan. No importa cuán difícil parezca el camino, siempre hay una oportunidad para salir adelante. Aprovechen cada espacio de formación, cada programa que les permita crecer. Y a las familias, les digo: acompañen a sus hijos, crean en ellos, porque ese apoyo puede cambiarlo todo.

Mi historia es prueba de que, aun en medio de las dificultades, el trabajo, la fe y una oportunidad pueden transformar una vida. Hoy sigo avanzando, paso a paso, con la certeza de que el esfuerzo vale la pena y que el futuro sí puede ser diferente.

De la escasez a la esperanza: Cómo el agua segura transformó la vida de Dariani en Guatemala

De la escasez a la esperanza: cómo el agua segura transformó la vida de Dariani en Guatemala

Ciudad de Guatemala, Guatemala | World Vision.- Durante décadas, el agua en Concepción Chiquirichapa, Guatemala, llegaba solo una vez al día, si es que llegaba. Las familias vivían en una escasez severa y se veían obligadas a recorrer largas distancias para recoger lo poco que podían de un tanque comunitario. Para muchos hogares, el agua no se medía en litros, sino en minutos y en esfuerzo.

Para Dariani, de 10 años y estudiante de cuarto grado, la crónica escasez de agua marcaba la vida diaria de su hogar, afectándola tanto a ella como a sus hermanos: Santos (13), Karen (6) y Auri (4). Antes de que saliera el sol, a menudo desde las 5:00 a.m., Dariani se despertaba para acompañar a su madre, Estela, en una larga caminata para recolectar agua en pesados cántaros. El trayecto era agotador y doloroso. Cargar los recipientes les lastimaba las manos y la espalda, y el regreso a casa dejaba muy poco tiempo para descansar o para que Dariani se preparara para la escuela.

«Me cansaba mucho», dice Dariani. «Caminábamos un montón solo para traer un par de tinajas, y el agua se acababa en solo una hora».

Al no haber suficiente agua en casa, el aseo personal y el lavado de la ropa eran limitados. A veces, Dariani tenía que usar la misma ropa durante varios días. En la escuela, sufría de burlas por parte de compañeros de clase que no entendían su situación. Le decían palabras hirientes, asumiendo que era descuidada, «pero la verdad es que no teníamos agua en la casa», explica Dariani.

La falta de agua afectaba más que la higiene, también les quitaba tiempo para aprender y jugar. Dariani entendía el agua como algo más que un recurso: era el tiempo que perdía para estudiar y la energía que necesitaba para disfrutar de la escuela. Además, consumir agua no segura afectaba gravemente la salud de la familia. «Una vez, mi hermana y yo nos enfermamos mucho», recuerda Dariani. «Mi hermanita menor tuvo que ir a la clínica y necesitó oxígeno».

Todo empezó a cambiar cuando World Vision, a través del programa de Patrocinio, junto con los líderes locales, la municipalidad y el Club Rotario, implementaron un proyecto de agua en la comunidad. Ahora, casi todos los hogares tienen acceso a agua segura, lo que ha traído alivio y transformación a familias como la de Dariani.

«Antes tardábamos 45 minutos caminando para ir a traer agua», comenta Estela. «Ahora ya no hacemos eso. Tenemos agua corriente aquí mismo en nuestro patio y nuestras vidas son diferentes. Podemos bañarnos o lavarnos el cabello todos los días si queremos».

Las mañanas se han transformado. En lugar de empezar el día en la oscuridad y el cansancio, Estela prepara el desayuno y despierta a sus hijas e hijo para que puedan lavarse la cara y alistarse para la escuela. «Antes, las niñas se iban a la escuela despeinadas y con el tiempo justo», dice. «Ahora van limpias y preparadas».

El impacto ha ido más allá de la salud y las rutinas. Al tener acceso al agua en casa, Estela ya no tiene que gastar dinero comprándola. «Ahora puedo ahorrar un poco y comprar alimentos como tomates», comparte. «También puedo pasar más tiempo con mis hijas».

Los días de Dariani ahora comienzan con tiempo para ella, en lugar de presiones. Puede bañarse, disfrutar del desayuno, preparar su mochila y llegar a la escuela con confianza y lista para aprender. Le encantan las matemáticas, la computación y sus clases del idioma Mam. Además, disfruta mucho el recreo: correr, saltar la cuerda, jugar con muñecas y perseguir a Félix, su cachorrito, cuando regresa a casa.

Tener agua se siente como una oración respondida para Dariani y Estela.

Dariani también ha aprendido sobre responsabilidad. Su madre le enseñó que el agua es un tesoro que debe usarse con sabiduría. Ahora, Dariani les recuerda a sus compañeros de clase que no la desperdicien y sueña con un futuro donde ninguna niña ni niño tenga que pasar por las dificultades que ella vivió. Espera continuar con sus estudios y, algún día, ayudar a las personas que no tienen acceso a agua limpia, especialmente a la niñez con discapacidad.

Para Dariani y su familia, el agua significa vida y salud. Lo que antes traía dificultades, hoy se ha convertido en una fuente de protección, dignidad y renovada esperanza.

Sobre el proyecto de agua

El proyecto de agua llegó a la comunidad el 19 de agosto de 2025, mediante la construcción de tanques de distribución, incluyendo uno edificado en una zona elevada para garantizar el acceso a todos los hogares participantes. Hoy en día, las familias disponen de agua segura diariamente de forma directa en sus patios, gracias al bombeo desde los tanques compartidos hacia cada vivienda.

El proyecto beneficia a 540 hogares y a 3,182 personas, de las cuales cerca del 40% son niñas y niños. Este logro es el resultado de la colaboración entre los líderes comunitarios, la municipalidad, World Vision y el Club Rotario, demostrando cómo la cooperación institucional puede entregar soluciones sostenibles a las comunidades.

Sobre el PDA (Programa de Desarrollo de Área)

El Programa de Desarrollo de Área Concepción Chiquirichapa, financiado por WVUS, cuenta con 3,606 niñas y niños registrados. Se implementa en el municipio de Concepción Chiquirichapa, ubicado en el departamento de Quetzaltenango, Guatemala. El contexto del programa es predominantemente rural, caracterizado por comunidades indígenas donde la agricultura es la principal fuente de sustento familiar. Los hogares enfrentan desafíos asociados a limitaciones económicas, acceso restringido a servicios básicos y vulnerabilidades sociales que afectan directamente el bienestar de la niñez.

Las intervenciones se ejecutan a través de capacitaciones comunitarias, apoyo técnico y la promoción del liderazgo juvenil. El programa busca fortalecer el acceso a una educación de calidad, promover oportunidades económicas para las familias, mejorar el acceso a los servicios de salud y fomentar entornos protectores donde las niñas, niños y adolescentes puedan desarrollarse plenamente.

Complementariamente, el programa impulsa la participación activa de las y los adolescentes en redes juveniles y procesos de liderazgo comunitario, fortaleciendo sus habilidades sociales, autoestima y capacidad de incidencia en sus comunidades. A través del Patrocinio de Niños, el programa implementa espacios de participación infantil, redes, mentorías comunitarias y formación en valores y liderazgo. Estas iniciativas permiten a la niñez desarrollar habilidades sociales, autoestima y sentido de pertenencia, al tiempo que consolidan su relación con la comunidad y con los patrocinadores que apoyan su desarrollo.

Un talento que no conoce de fronteras: el camino de resiliencia de una líder colombo-venezolana

Bogotá, Colombia | World Vision.- Mi nombre es Daniela López y soy orgullosamente colombo-venezolana. Nací en el estado Táchira, una región fronteriza que me enseñó, desde muy temprano, que la diversidad cultural y el espíritu de lucha son motores de cambio. Allí aprendí una lección que hoy guía mi vida: las circunstancias no definen nuestro destino, lo que realmente lo marca es nuestra capacidad de levantarnos y seguir adelante con esperanza.

En 2018, tomé la decisión de migrar a Colombia. Como tantos otros jóvenes, llegué con una maleta cargada de sueños y una convicción inquebrantable: la educación sería mi herramienta para transformar mi realidad. Adaptarme a un nuevo país implicó empezar de cero, pero también fue la oportunidad perfecta para demostrar que el talento y la determinación no conocen fronteras.

Actualmente curso séptimo semestre de Ingeniería de Sistemas, una carrera donde descubrí que la tecnología no es solo código, sino una poderosa arquitectura para crear soluciones que impacten la vida de las personas. Complementando esta visión técnica, obtuve un Global MBA en la Escuela de Negocios de Barcelona (ENEB), lo que me permitió integrar la innovación y el emprendimiento con un liderazgo estratégico.

Sin embargo, mi verdadera «primera escuela» fue el tatami. La lucha deportiva me forjó en la disciplina, la resistencia y la fortaleza mental. Cada competencia me recordó que el éxito se construye con esfuerzo constante y con la valentía de levantarse después de cada caída. Esos valores deportivos son los que hoy aplico en cada proyecto académico y profesional.

Transformando comunidades y cerrando brechas

Mi compromiso va más allá del crecimiento individual, creo firmemente en el impacto social colectivo. Por ello, participo activamente en espacios de liderazgo global y nacional:

  • Global Youth Alliance: Desde la junta directiva, coordino iniciativas de educación y emprendimiento para fortalecer a las nuevas generaciones de líderes.

  • Red Shiminigüe Sacha: Como cofundadora, trabajo para conectar y empoderar a jóvenes en diversos territorios de Colombia, impulsando su potencial como agentes de cambio.

Hoy, mi mayor apuesta es STEAMie, una plataforma que desarrollo en el marco de una hackathon por el Día Internacional de la Mujer. STEAMie nace para cerrar la brecha de género en las áreas de Ciencia, Tecnología, Ingeniería, Arte y Matemáticas. Queremos inspirar a niñas y mujeres a descubrir que la innovación también les pertenece.

Creo profundamente en el poder de las mujeres y las niñas que encuentran su voz. Mi historia es la de muchas jóvenes migrantes que decidieron no rendirse y apostar por el conocimiento como motor de cambio.

Estoy convencida de que cuando una niña descubre su potencial, no solo transforma su propio destino, cambia el futuro de su familia, de su comunidad y, eventualmente, el de todo un país.