Historias

De Chamelecón a la universidad: la historia de superación de Camila con «Jóvenes Súper Pilas»

World Vision.- Mi nombre es Camila García, tengo 21 años y vivo en la colonia Panting, en el sector Chamelecón, Honduras. Crecí únicamente al lado de mi mamá, ya que mi papá se desentendió por completo de nosotras. Tras el reciente fallecimiento de mi abuelo, la responsabilidad del hogar quedó sobre los hombros de nosotras tres: mi mamá, mi abuela y yo.

Los pocos trabajos informales que conseguía mi abuela no eran suficientes para cubrir nuestras necesidades y mi mamá no trabaja, por lo que me tocó asumir el reto de salir adelante. Hoy me siento profundamente orgullosa de haber tomado la iniciativa, porque a través del proyecto Jóvenes Súper Pilas mi vida dio un giro: logré acceder a un empleo en CINNABON y conseguir una beca universitaria.

Desde muy pequeña miraba esa empresa y me decía a mí misma: Yo quiero estar ahí o al menos probar sus productos”, aunque en ese momento lo veía distante. La universidad también se sentía como un sueño inalcanzable por la falta de recursos. Hoy, con la gracia de Dios, ya he aprobado 20 materias y me faltan solo 7 para graduarme. Sé que lo voy a lograr y, al terminar, mi meta es seguir creciendo profesionalmente.

Agradezco de corazón todo el respaldo recibido: el trabajo, la beca y el acompañamiento constante. A las niñas, niños y jóvenes de mi comunidad les diría que se motiven, que sí se puede. Aunque nos digan que no, o que las limitantes económicas y vivir en zonas vulnerables son un obstáculo, podemos salir adelante. El proyecto Jóvenes Súper Pilas nos apoya de forma integral, en lo académico, en lo laboral y con ese apoyo humano y de aliento para nuestras familias que hace toda la diferencia.

 

«Volver a sentirse en casa»: La historia de Betzabeth tras el terremoto en Caracas

Caracas, Venezuela | World Vision.- Cuando la tierra comenzó a temblar en Venezuela, Betzabeth Fernández estaba trabajando en Altamira, Caracas. A varios kilómetros de distancia, sus seis hijos permanecían en la pensión donde vivían. En cuestión de segundos, la rutina de toda la familia cambió para siempre.

Mientras intentaba comprender lo que ocurría, su hija mayor, de apenas 14 años, asumió el papel que nadie espera que una adolescente tenga que desempeñar. Sacó a sus hermanos del edificio antes de que parte de la estructura colapsara.

«Ella fue la que sacó a los niños… yo estaba trabajando y ella vivió toda esa experiencia. Cuando salieron, fue que se vino todo abajo», recuerda Betzabeth.

Después del terremoto, la familia perdió el lugar donde vivía. Durante varios días permanecieron en espacios temporales hasta ser acogidos en un refugio habilitado por una casa hogar en Caracas. Aunque el miedo sigue presente, hoy cuentan con un lugar seguro donde dormir y comenzar a reconstruir su vida.

La experiencia dejó heridas invisibles. Cada ruido fuerte revive el recuerdo del terremoto, especialmente para sus hijos.

«Cuando se cae algo en una azotea uno se pone en alerta porque se tiene ese trauma en la cabeza. No va a ser nada fácil para ninguno de nosotros», explica mientras habla del proceso de recuperación emocional que enfrenta toda la familia.

A pesar de la incertidumbre, Betzabeth continúa trabajando en horario nocturno para sostener a su familia. Su pareja dejó temporalmente su empleo para cuidar de los niños mientras ella sale cada tarde a cumplir su jornada.

«Yo quisiera conseguir otro alquiler para que mis hijos estén estables nuevamente, que empiecen las clases y puedan volver a su escuela. Eso es lo que más anhelo: mi estabilidad otra vez», dice.

En el albergue encontró algo más que un techo. Encontró una comunidad que la acompañó en uno de los momentos más difíciles de su vida. «Aquí me he sentido como en mi casa, como en familia. Hemos tenido la mejor bendición del mundo… No puedo quejarme del sitio donde estoy acogida; me han tratado bien», afirma con gratitud.

Como parte de la atención de World Vision ante la emergencia, Betzabeth y su familia recibieron kits de higiene y kits lúdicos diseñados especialmente para los niños. Estos últimos contienen materiales educativos y juegos seleccionados con un propósito clave: permitir que, a través del juego y el entretenimiento, los niños procesen progresivamente el estrés y el trauma causados por el terremoto.

«Los niños están maravillados. Tienen sus cuadernos y yo les pongo tareas para que vayan repasando y no pierdan el ritmo«, comenta con una sonrisa.

Cuando habla del futuro, Betzabeth no menciona bienes materiales ni grandes aspiraciones personales. Todo gira alrededor de sus hijos.

«Mi deseo es que primero superen todo lo que ha pasado y que sean lo que ellos quieran ser. Si quieren ser reporteros, futbolistas o cualquier otra cosa, yo los voy a apoyar con todo el amor», asegura.

Después de todo lo vivido, dice que la emergencia también le dejó una enseñanza: incluso en medio de la pérdida, los venezolanos encuentran la manera de sostenerse unos a otros.

«Nosotros somos fuertes. Siempre sacamos una sonrisa de donde no la hay. Aprendimos que nosotros mismos somos familia, que nos refugiamos, nos apoyamos y cada uno pone un granito de arena para ayudar a los demás», concluye.

Hoy, mientras Betzabeth continúa reconstruyendo su vida junto a sus seis hijos, World Vision sigue caminando junto a las familias afectadas por la emergencia. A través de las entregas de kits lúdicos, niñas y niñas reciben herramientas para volver a jugar, expresarse y fortalecer su bienestar emocional, mientras sus padres y cuidadores encuentran apoyo para afrontar los desafíos que trae la recuperación.

Más allá de la respuesta inmediata, el compromiso es seguir caminando junto a las familias hasta que puedan recuperar la estabilidad, la esperanza y la posibilidad de volver a sentirse en casa.

De la oscuridad a un nuevo comienzo, la historia de resiliencia de Ana

Tegucigalpa, Honduras | World Vision.- Mi nombre es Ana Macareño, tengo 24 años y soy de Piedra Ancha, Danlí, El Paraíso.

Desde pequeña fui una niña que soñaba con estudiar. Me encantaba ir a la escuela y tenía claro que quería ser profesional. Sin embargo, a los 13 años mi vida cambió por completo: me diagnosticaron cataratas y, poco tiempo después, perdí totalmente la vista en ambos ojos.

Recuerdo que en ese momento sentí que todo se había terminado. Me dijeron que ya no podía seguir estudiando, y ese sueño que había construido desde niña parecía desaparecer. Me encerré en mi cuarto, dejé de salir, dormía todo el día y me preguntaba: “¿Para qué seguir si ya no puedo hacer lo que soñaba?”. Me sentía sola, sin oportunidades, viviendo únicamente con mi mamá y mis hermanas, tratando de entender una nueva realidad.

El regreso de la esperanza

Pero mi historia no terminó ahí. Todo comenzó a cambiar cuando conocí a una persona con discapacidad visual que me habló de un programa de rehabilitación. Aunque no tenía muchas esperanzas, decidí intentarlo. Fue una de las mejores decisiones de mi vida.

En ese proceso aprendí Braille, y con cada letra que lograba leer, sentía que recuperaba algo más que conocimiento: recuperaba la esperanza. Volví a creer que sí podía salir adelante.

Fue ahí donde escuché por primera vez sobre Youth Ready. Mi maestra de Braille me animó a participar y me dijo algo que nunca olvidaré: “Todo lo que ha aprendido, es momento de ponerlo en práctica”. Decidí dar ese paso.

La transformación a través del emprendimiento

En Youth Ready descubrí algo que transformó mi forma de ver la vida: el emprendimiento. Antes no sabía nada sobre negocios, ni siquiera imaginaba que podía tener uno propio. Pero ahí aprendí, me formé y empecé a creer en mis capacidades.

Al terminar el proceso, desarrollé mi idea de negocio. Meses después, recibí la noticia de que había sido seleccionada para recibir capital semilla. Recuerdo que no podía creerlo. Revisaba mi teléfono una y otra vez, pensando que era un error. Cuando finalmente tuve el dinero en mis manos, lloré de emoción. Era la primera vez que sentía que una oportunidad real estaba en mis manos.

La valentía de reinventarse

Con ese apoyo, inicié mi emprendimiento. Probé primero con la venta de ropa, pero enfrenté dificultades para movilizarme. Entonces tomé una decisión valiente: reinventarme.

Vendí lo que tenía y comencé un negocio desde casa, vendiendo lácteos y carne (pollo, mantequilla, queso y chorizo). Hoy, ese negocio es mi sustento y una fuente de dignidad.

Además, la vida me regaló una nueva bendición: mi hijo, que hoy tiene tres meses. Él se ha convertido en mi mayor motivación para seguir adelante. Ahora no solo lucho por mí, sino por mi familia.

Un mensaje para el mundo

Hoy puedo decir que me siento capaz, fuerte y agradecida. Lo que antes parecía el final, se convirtió en un nuevo comienzo.

A quienes sienten que no hay oportunidades, quiero decirles: sí las hay. A veces no llegan solas; hay que buscarlas, creer en ellas y atreverse. No se rindan, todo sacrificio vale la pena.

Y a quienes hacen posible estos proyectos, solo puedo decir gracias. Porque cuando se brinda una oportunidad, especialmente a personas con discapacidad, no solo se cambia una vida… se devuelve la esperanza.

Cómo el programa Youth Ready transformó la vida de Josué en Honduras

World Vision.- Mi nombre es Josué Daniel García, tengo 20 años y soy de la comunidad de Rivera Hernández, Honduras. Vivo con mis padres, mi abuelo y cuatro de mis hermanos; dos de mis hermanos mayores ya son adultos y formaron sus propios hogares.

Durante mi infancia fui un niño muy solo. Solía aislarme por miedo al rechazo, por falta de pertenencia y por una profunda inseguridad. Sin embargo, gracias a Dios y al camino que encontré después, logré superar todos esos temores.

Al graduarme de la secundaria, sentí el deseo de ser voluntario. Fue en ese momento cuando conocí a World Vision, una organización maravillosa que me abrió las puertas. Recibí la formación del programa Youth Ready, una metodología que realmente transforma vidas: no solo enseña a gestionar las emociones y a conocernos a nosotros mismos, sino que también brinda herramientas de empleabilidad, emprendimiento y liderazgo comunitario. A mí me ayudó a decir: “Este soy yo, este es mi miedo, pero puedo superarlo”, dándome la disciplina para mantener mi mente enfocada en propósitos positivos.

El verdadero cambio comenzó cuando decidí intentarlo. Tras culminar el programa, me certifiqué como capacitador voluntario de la metodología. Al principio no fue fácil: me trababa al hablar y sentía mucho temor, pero el equipo de World Vision —a quienes hoy considero mi familia— me ayudó a superar mis límites.

Recordaré siempre el día que capacité a mi primer grupo. Sentía nervios, pero una voz interna me decía que estaba listo. Culminar ese taller fue uno de los mayores logros de mi vida, pues me intimidaba dirigir a personas mayores que yo. Ese día sentí un orgullo enorme al demostrarme que sí podía.

A partir de ahí, mi compromiso como voluntario fue total. Amo Youth Ready porque me transformó de un joven tímido a la persona segura que soy hoy. Mi proceso culminó con la transición hacia el empleo: me formé en barismo, aprendiendo el arte de preparar café y brindar experiencias positivas a los demás. Gracias a esa capacitación, hoy trabajo en Coffee Lab de Expreso Americano, consolidando mi crecimiento personal y laboral.

El pastor que perdió a su hijo y a su nieto, pero abrió su iglesia para ayudar a su ciudad

Cuando sonó la alarma, el pastor Alexis pensó que alguien le estaba jugando una broma. Nunca había escuchado ese sonido. Miró el teléfono y leyó dos palabras que, segundos después, cambiarían su vida y la de toda su comunidad: “fuerte temblor”.

Estaba en la terraza de su casa. Su esposa se encontraba en el cuarto. Sus hijos estaban en distintas zonas de la ciudad. Entonces empezó el movimiento. Las paredes internas comenzaron a caer. Parte de los escombros golpearon sus piernas.

Le dijo a su esposa que avanzara, que él la alcanzaría. En medio del ruido, el polvo y el derrumbe, hizo una oración breve, desesperada, de esas que no se preparan en un púlpito: “Señor, yo estoy dispuesto a partir, no hay problema, pero salva a mis hijos”.

De alguna manera logró quitarse las piedras de encima. Salió herido. Todavía conserva lesiones que no han cicatrizado. Pero caminó hacia su iglesia. Allí llegó junto a su esposa, mientras la gente permanecía en la calle sin saber qué hacer.

La iglesia seguía en pie.

Alexis revisó la estructura. No vio fisuras ni grietas. Abrió la puerta. Lo que hasta entonces había sido templo, comedor comunitario y lugar de encuentro, se convirtió en refugio.

“Pueden venir o quedarse abajo, como ustedes prefieran”, les dijo a las personas que estaban afuera.

Muchas entraron.

Una iglesia que ya conocía a su comunidad

Antes del terremoto, la iglesia ya tenía una práctica instalada: servir a la comunidad. No era una idea improvisada para la emergencia. Tenían un comedor funcionando todos los días y una reserva de alimentos para unas dos semanas.

Ese detalle fue decisivo. En las primeras horas, cuando el miedo todavía estaba fresco y la información era confusa, la iglesia tenía algo concreto que ofrecer: un espacio abierto, manos disponibles y comida.

También había enfermeras, médicos y personas con experiencia en rescate entre los miembros de la comunidad de fe. Sin electricidad, sin agua, sin comunicación y bajo la lluvia, comenzaron a buscar sobrevivientes.

No tenían equipos especializados. Usaron lo que había: manos, palas, piedras, tubos, fuerza comunitaria y una terquedad nacida del amor.

El pastor recuerda que sacaban personas de entre los escombros. Algunas ya habían muerto. Otras seguían con vida. Escuchaban voces. Buscaban herramientas. Llamaban a más gente. Volvían a entrar.

La noche no les dio tregua. Además del terremoto, cayó un aguacero fuerte. Estaban empapados, sin luz, con los teléfonos descargándose y sin saber qué había ocurrido en otras zonas.

Pero siguieron.

“Me faltaban tres hijos”

Mientras ayudaba a otros, Alexis buscaba a los suyos.

Uno de sus hijos logró encontrarlo en medio de la oscuridad y la lluvia. Se abrazaron. Ese abrazo trajo alivio, pero todavía faltaban otros miembros de la familia.

Después llegó una de sus hijas. Luego supieron dónde estaban otros familiares. Fueron hasta el lugar. Allí lograron sacar a su nuera y a su nieta. La niña estaba cubierta de polvo. El pastor recuerda que la vio “blanquita”, aunque ella no era de piel clara. La abrazó y le preguntó cómo estaba.

“Bien, abuelo, tranquilo, abuelo, yo estoy bien. Dios me guardó”, le respondió.

Pero no todos salieron con vida.

El pastor Alexis perdió a su hijo mayor, Adrián Josué, de 44 años. También perdió a su nieto mayor, de 19. Adrián Josué era pastor de la iglesia y coordinador musical. En una sola noche, la familia perdió a un hijo, a un nieto, a un líder espiritual, a una voz musical y a una parte profunda de su historia.

Hay dolores que no se ordenan en una frase. Se cargan con el cuerpo entero.

Y, aun así, al amanecer, Alexis seguía allí.

La fe que no huye del polvo

El testimonio del pastor no tiene el tono de alguien que intenta negar la tragedia. Habla desde la herida. Desde el cansancio. Desde la pérdida. Desde un cuerpo golpeado y una familia rota.

También habla desde una convicción que, para muchas personas, puede resultar difícil de comprender: ayudar mientras se está llorando.

La iglesia no esperó a tener todo bajo control para acompañar a su comunidad. No esperó a que el dolor pasara. No esperó a que llegaran condiciones perfectas. Abrió sus puertas y empezó a servir con lo que tenía.

En una emergencia, esa diferencia importa.

Una comunidad no sobrevive solo con discursos. Necesita agua. Necesita alimentos. Necesita atención básica. Necesita espacios seguros. Necesita adultos capaces de proteger a niños y niñas cuando todo alrededor se vuelve amenaza. Necesita iglesias, organizaciones y personas que actúen rápido, con humildad y con responsabilidad.

Según la información compartida por la comunidad, se estima que cerca del 40% de los feligreses de la iglesia murieron. La cifra estremece. Detrás de ese porcentaje hay nombres, familias, ministerios, canciones, sillas vacías, conversaciones que quedaron pendientes y niños que ahora miran el mundo con otros ojos.

Aun así, la iglesia sigue sirviendo.

Con el apoyo de World Vision y de iglesias locales, el pastor , su esposa y sus tres hijos sobrevivientes están ayudando a brindar alimentación y asistencia básica a personas afectadas en La Guaira.

“Además de orar, busque la manera de apoyarnos”

En su mensaje a otras iglesias, el pastor Alexis no maquilla la realidad. Todavía están sin electricidad. El agua llega por cisternas. El agua potable también depende de apoyo externo. La comunidad necesita insumos.

Su llamado es directo: “Además de orar, busque la manera de apoyarnos”.

No lo dice desde una oficina. Lo dice desde una zona golpeada. Desde una iglesia que ha recibido insumos de distintas congregaciones, sin importar la denominación. Desde un lugar donde la fe se ha vuelto comida, agua, refugio, acompañamiento y manos que levantan escombros.

También lo dice con una imagen que resume el tipo de ayuda que se necesita: que quienes están lejos hagan llegar su apoyo para que esas manos sean “las manos que abracen al necesitado” en esa zona.

Esa frase tiene peso porque viene de alguien que no está hablando de solidaridad en abstracto. Está hablando de vecinos concretos, familias concretas, niños concretos y una comunidad que todavía intenta entender cómo seguir viviendo después del terremoto.

Venezuela necesita ayuda ahora

La emergencia en Venezuela no se reduce a edificios dañados. Hay familias sin servicios básicos. Hay comunidades enteras expuestas al polvo, al miedo, a enfermedades respiratorias, a la pérdida de ingresos y a la incertidumbre. Hay niños, niñas y adolescentes que han visto demasiado en muy poco tiempo.

En La Guaira, la respuesta de iglesias locales y organizaciones humanitarias está siendo vital para sostener a quienes perdieron casa, familiares, seguridad y rutina.

Donar en este momento no es un gesto simbólico. Es una forma concreta de ayudar a que lleguen alimentos, agua segura, kits de higiene, asistencia básica y protección para la niñez.

El pastor Alexis ya está haciendo su parte desde el lugar más duro: desde el duelo.

A quienes estamos lejos nos toca decidir si vamos a mirar la tragedia como una noticia más o si vamos a convertir la compasión en ayuda real.

Puedes apoyar la respuesta de emergencia de World Vision en Venezuela aquí:

https://worldvisionamericalatina.org/emergencia-terremoto-venezuela/

Porque cuando una comunidad queda bajo los escombros, cada donación puede convertirse en alimento, cuidado, abrigo y esperanza.

Y porque en La Guaira, incluso con el corazón quebrado, hay una iglesia que sigue abriendo sus puertas.

Día Mundial del Refugiado: el camino de una familia venezolana para reconstruir su vida en Colombia

Bogotá, Colombia | World Vision.- En la luz de la mañana de una pequeña cocina, Miguel sella una bolsa de palomitas de maíz y coloca cuatro cupcakes de colores en un recipiente plástico. Es una rutina silenciosa y disciplinada, el tipo de rutina que ayuda a una familia desplazada a transformar la incertidumbre en estabilidad.

Yesleidy y Miguel huyeron de la crisis humanitaria en Venezuela como refugiados hace dos años, migrando a Colombia con sus hijas e hijos. Reconstruyeron sus vidas desde cero, convirtiendo una pequeña idea de emprendimiento familiar en un camino hacia la estabilidad y un futuro que pueden planificar. Hoy en día, sus jornadas giran en torno a un modesto puesto de comida cerca de una escuela local, donde Miguel prepara y vende empanadas, palomitas de maíz, algodón de azúcar y cupcakes a los estudiantes.

Para las familias que se reconstruyen tras el desplazamiento, una fuente de ingresos pequeña pero constante puede significar la diferencia entre simplemente subsistir y avanzar con dignidad. En toda Colombia, la inseguridad alimentaria sigue siendo un desafío urgente: el 36% de los hogares en el país padece inseguridad alimentaria, según un estudio reciente de World Vision.

Un pequeño puesto de comida, construido paso a paso

“Somos una familia venezolana. Una familia humilde, trabajadora y resiliente que ha impulsado negocios no solo aquí, sino también en Venezuela”, reflexiona Yesleidy. “Porque aunque en su momento tuve un muy buen empleo, la situación económica no era suficiente para mantenernos. Así que mi pareja aquí, que siempre ha tocado puertas a través del comercio, decidió una vez más reinventarse, porque uno siempre tiene que reinventarse”.

Cuando llegaron por primera vez, Miguel empezó con un carrito de comida rápida, vendiendo empanadas afuera de la escuela. Con el tiempo, el negocio creció hasta convertirse en un puesto de comida. Hoy, sus ambiciones van más allá.

“Quiero expandirme, no solo a una panadería lujosa, sino a una panadería que pueda vender de todo: confitería, dulces, porque desde allí también se puede trabajar con empanadas y seguir surtiendo a las cafeterías escolares. Eso es muy rentable», explica Miguel.

Para las familias refugiadas, un sustento estable ayuda a mantener a sus hijas e hijos en la escuela y hace posible la planificación. De acuerdo con la nueva investigación de World Vision, en Colombia, casi el 33% de los hogares tiene un empleo temporal, estacional o irregular, y solo el 4.6% cuenta con un empleo de tiempo completo con documentación legal.

Fortaleciendo los medios de vida

A través del proyecto Más Allá de las Fronteras (Beyond Borders) de World Vision y su capital semilla, las familias como la de Yesleidy y Miguel reciben apoyo para fortalecer sus negocios. Esto incluye la participación en el modelo Canvas, el cual está compuesto por nueve pasos y proporciona herramientas clave para la creación y consolidación de empresas. Quienes completan el proceso y presentan sus iniciativas al comité de capital semilla pueden acceder a recursos para adquirir insumos, lo que les permite llevar sus negocios al siguiente nivel. Tras una participación constante, el plan de negocios de Yesleidy y Miguel fue aprobado, un hito que marcó tanto un reconocimiento como una nueva oportunidad.

“Cuando me dijo que el negocio había sido aprobado, me sentí feliz, muy feliz. No me sorprendió, pero me alegró muchísimo”, dice Yesleidy. “Ha sido un proceso largo: hemos sido muy constantes y muy disciplinados con las reuniones, las capacitaciones. Ha sido un proceso largo, pero muy gratificante. Y cuando nos dijeron que nuestro negocio familiar fue aprobado, fue pura alegría”.

En riesgo de perder los avances

A pesar de este impulso, los recortes de fondos ponen en riesgo a programas como Más Allá de las Fronteras. Sin un apoyo continuo, las familias como la de Yesleidy y Miguel pierden el acceso a la capacitación, los recursos y la orientación que hacen posible sostener y hacer crecer sus negocios. Las oportunidades de avanzar hacia un empleo formal y estable se vuelven cada vez más inalcanzables. Para las familias que ya experimentan el desplazamiento, esto puede significar la diferencia entre construir un futuro o volver a caer en la incertidumbre.

Con una inversión sostenida, las familias como la de Yesleidy y Miguel pueden ir más allá de la supervivencia, construyendo medios de vida estables y creando mejores futuros para sus hijas e hijos.