Historias
Más que una comida: cómo la alimentación escolar está nutriendo futuros en América Latina
En aulas desde el Amazonas hasta los Andes, las comidas escolares están transformando vidas en silencio. Lo que comenzó como una intervención nutricional básica se ha convertido en un salvavidas esencial para millones de niñas, niños, familias y comunidades en toda América Latina—ayudándoles a permanecer en la escuela, mantenerse saludables y conservar la esperanza. A través de una red de programas nacionales y alianzas con la sociedad civil, incluidas aquellas lideradas por World Vision, la alimentación escolar es ahora un pilar de las políticas educativas y sociales en países como Venezuela, Brasil, Guatemala y Perú.
Los programas de alimentación escolar de World Vision aseguran que niñas y niños en comunidades vulnerables reciban la nutrición necesaria para tener éxito. Esta labor forma parte esencial de nuestra campaña global ENOUGH, que busca eliminar el hambre y la malnutrición infantil garantizando que cada niña y niño tenga acceso a los alimentos que necesita para desarrollar un cuerpo y mente saludables.
En Venezuela, World Vision, en alianza con el Programa Mundial de Alimentos (WFP), ha ampliado la alimentación escolar a 542 escuelas en cinco estados. El programa beneficia a más de 78,000 niñas y niños mediante una combinación de entregas de alimentos frescos, comidas en el lugar y suplementos fortificados como el Super Cereal. El impacto se ve no solo en la mejora de la nutrición, sino también en entornos escolares revitalizados. En Barinas, las comidas se preparan y sirven diariamente en escuelas como Don Rómulo Gallegos, mientras que mejoras en las cocinas, como en el CEI Josefa Camejo en Falcón, han contribuido a una mayor seguridad alimentaria y calidad de las comidas.
El programa de alimentación escolar de Brasil, conocido como PNAE (Programa Nacional de Alimentación Escolar), es uno de los más antiguos del mundo. Asegura que niñas y niños en la educación pública accedan a comidas que reflejen tanto sus necesidades nutricionales como sus preferencias culturales. World Vision Brasil ha centrado sus esfuerzos en la participación juvenil, apoyando el monitoreo y la incidencia liderada por adolescentes. En 2024, como parte de la iniciativa “Amplificando las Voces de la Niñez Digitalmente (ACVD)”, jóvenes redactaron una carta solicitando mayor transparencia en la entrega de alimentos escolares. Esta carta fue entregada directamente a funcionarios gubernamentales durante la Cumbre del G20 en Río de Janeiro, destacando la importancia de la participación juvenil en los servicios públicos.
El cambio de políticas ha sido clave en Guatemala. En 2017, el gobierno aprobó una Ley de Alimentación Escolar pionera, que fue fortalecida en 2021. Esta reforma incrementó el financiamiento diario por estudiante de Q4.00 a Q6.00 (aproximadamente de US$0.52 a US$0.78) y amplió la cobertura a 3.6 millones de niñas y niños, incluyendo niveles de educación inicial y secundaria básica. World Vision Guatemala desempeñó un papel clave en el proceso legislativo, brindando insumos durante los debates y abogando por una inversión sostenida en la nutrición infantil. Hoy, su trabajo también incluye la mejora de infraestructura de agua y saneamiento en escuelas, equipamiento de cocinas y talleres de preparación de alimentos para madres y padres con ingredientes locales.
En Perú, está ocurriendo otro tipo de transformación: una que pone a las niñas y niños en el centro de la política alimentaria. A través de una iniciativa de participación ciudadana llamada “Voz y Acción Ciudadana”, niñas, niños y adolescentes han sido capacitados para evaluar y proponer mejoras al programa nacional de alimentación escolar, ahora conocido como Wasi Mikuna. En 2024, esta movilización alcanzó a más de 21,000 estudiantes, madres, padres y docentes. Líderes juveniles organizaron consultas públicas, visitaron centros de almacenamiento y se reunieron con autoridades para compartir sus propuestas. Estos esfuerzos llevaron a un compromiso formal del gobierno para mejorar la capacitación de manipuladores de alimentos, aumentar la transparencia y desarrollar materiales comunicacionales adecuados para niñas y niños sobre los servicios nutricionales.
Todos estos programas comparten una visión: la alimentación escolar no se trata solo de calmar el hambre. Se trata de participación, dignidad, potencial e igualdad de oportunidades. Para muchas niñas y niños, la jornada escolar es el único momento del día en que pueden contar con una comida nutritiva. Para familias que enfrentan inflación, sequía o desplazamiento, esta certeza diaria representa un alivio tangible. Y para los gobiernos, la alimentación escolar ha demostrado ser una herramienta eficaz para mejorar los resultados educativos y, al mismo tiempo, fortalecer las economías locales mediante la compra de alimentos a pequeños productores y la generación de empleo en la cadena de suministro.
Sin embargo, el trabajo está lejos de haber terminado. En toda la región, los programas enfrentan desafíos, desde presupuestos insuficientes hasta dificultades logísticas en zonas remotas. El cambio climático, el aumento del costo de los alimentos y la inestabilidad política amenazan con revertir los avances logrados en la última década. En este contexto, el rol de los socios internacionales sigue siendo vital, no solo como implementadores, sino como defensores, conectores y amplificadores de las voces locales.
No es casualidad que gran parte del progreso en estos países haya ocurrido donde las niñas, niños y sus comunidades han estado directamente involucrados. Ya sea a través del monitoreo juvenil en Brasil y Perú, o mediante talleres de cocina dirigidos por madres y padres en Guatemala, estos programas tienen éxito porque se enraízan en la experiencia vivida de quienes los reciben.
Con la atención global puesta en la próxima Cumbre Mundial de Alimentación Escolar en Brasil este septiembre, existe una oportunidad —y una responsabilidad— de que donantes, gobiernos y organizaciones de la sociedad civil reafirmen su compromiso con la alimentación escolar.
Asegurar que cada niña y niño tenga acceso a una comida escolar nutritiva no es caridad. Es una cuestión de justicia, equidad y política pública inteligente.
Porque al final, una comida escolar nunca es solo un plato de comida. Es un voto de confianza en el futuro de una niña o un niño.
Para más información, visita nuestro sitio sobre Alimentación Escolar: https://www.wvi.org/ENOUGH/school-meals
Reconstruyendo Caminos de Esperanza en el Catatumbo
En el municipio de Hacarí, en la región del Catatumbo, una zona profundamente impactada por el conflicto armado y la crisis humanitaria, la señora Albanedes vive una historia de valentía y superación. Ella es una mujer colombiana de 45 años, madre de dos hijos y quien también cuida de su madre de 84 años. Su vida ha estado marcada por el desplazamiento forzado y las amenazas que la obligaron a abandonar su hogar en abril de 2024.
Hacarí, como otros municipios del Catatumbo, enfrenta retos inmensos debido a la presencia de grupos armados ilegales o no estatales, el desplazamiento masivo y la precariedad económica. Las familias en esta región a menudo viven bajo constantes amenazas y con acceso limitado a servicios esenciales como salud, educación y alimentación. Esta situación se ve agravada por la falta de acompañamiento de las instituciones para atender las necesidades de las víctimas del conflicto.
Esta historia es un reflejo de esta realidad. Tras ser desplazada, declaró su situación ante el Ministerio Público, pero hasta hace poco no había recibido ningún tipo de ayuda. Sin ingresos para cubrir el arriendo y con recursos limitados para alimentar a su familia, su situación era crítica, al punto de que solo podían comer una o dos veces al día.
Sin embargo, el apoyo llegó cuando la Secretaria de Gobierno del municipio de Hacarí compartió los datos de contacto de Albanedes con el especialista jurídico de World Vision, a través del proyecto A Tu Lado, financiado por La Unión Europea y desarrollado en colaboración con HIAS, Profamilia y Aldeas Infantiles SOS.
Tras una entrevista inicial, el equipo del proyecto identificó sus necesidades urgentes y le brindó orientación jurídica sobre las rutas disponibles para las víctimas de violencias basadas en género y desplazamiento forzado. Además, se activó un fondo de emergencia que cubrió un mes de alojamiento y un kit de alimentación, lo que le permitió estabilizar temporalmente su situación recibiendo asistencia humanitaria en salud y servicios de protección.
Gracias a esta intervención, Albanedes pudo trasladarse a la ciudad de Ocaña, en Norte de Santander, donde comenzó a trabajar en un restaurante. Este empleo le ha permitido cubrir las necesidades básicas de su familia, mientras sus hijos continúan con sus estudios en segundo y once grado. Aunque su situación ha mejorado, su sueño sigue siendo retornar a su amado municipio de Hacarí.
El caso de Albanedes es un ejemplo del impacto transformador que puede tener una intervención oportuna y bien articulada. El proyecto “A Tu Lado”, al brindar asistencia humanitaria en salud, protección y apoyo psicosocial, ha salvado vidas y permitido a cientos de participantes recuperar su dignidad y reconstruir sus vidas en medio de la adversidad.
El Sabor de la Esperanza: Moisés, una historia de resiliencia e inspiración
Moisés llegó a Ecuador en 2018, a los 23 años, buscando una vida mejor para él y su familia. Al principio, no tenía experiencia laboral ni la documentación necesaria para trabajar de manera formal en el país. Esta situación, también significó dejar atrás sus sueños de ser futbolista profesional, una meta que se había trazado desde que lo convocaron a las divisiones inferiores de la selección venezolana. La falta de oportunidades para continuar en su carrera deportiva y la necesidad de adaptarse rápidamente lo llevaron a encontrar un empleo en un restaurante, donde comenzó a aprender los fundamentos de la cocina.
Este trabajo, que en un principio parecía un paso en falso, resultó ser una bendición. Moisés adquirió valiosas habilidades y conocimientos en el sector gastronómico, lo que más tarde lo inspiró a abrir su propio negocio. Con sacrificio, ahorró un poco de dinero y decidió abrir un pequeño local de comida venezolana en Portoviejo. Lo llamó “Localito” porque era realmente pequeño. Al principio, las ventas eran bajas porque la gastronomía venezolana no era tan conocida, pero con el tiempo, la calidad de su comida y la autenticidad de sus platos atrajeron a más clientes.
Sin embargo, la llegada de la pandemia cambió todo. Los restaurantes tuvieron que cerrar sus puertas y las ventas cayeron drásticamente. Moisés, sin embargo, no se dio por vencido. Decidió adaptarse a la situación, comenzando a ofrecer entregas a domicilio. Este cambio de estrategia permitió que su negocio siguiera en pie, aunque las dificultades persistían.
Tiempo después, una amiga de Moisés, Corina, quien participó en los talleres de emprendimiento de World Vision Ecuador lo invitó a unirse. Gracias a la insistencia y persistencia de su amiga participó en los talleres que ofrece la organización donde aprendió sobre las herramientas necesarias para mejorar la gestión de sus negocios, desde el manejo de las finanzas hasta las estrategias de crecimiento. «La verdad, no sabía hacer bien los cálculos, y administrar el dinero no era mi fortaleza», comenta Moisés. Sin embargo, al asistir a estos talleres, aprendió a estructurar mejor su negocio y a optimizar sus operaciones.
Motivado por sus nuevas habilidades y conocimiento, Moisés se animó a participar en un concurso de capital semilla organizado por World Vision. Este concurso es parte del proyecto VRF, el cual busca apoyar a los emprendedores migrantes y de comunidades de acogida que desean hacer crecer sus negocios, especialmente aquellos que enfrentan barreras debido a su estatus migratorio o falta de recursos.
Jordan, promotor de World Vision Ecuador, explica que cada año se realiza una convocatoria en la que emprendedores pueden presentar sus planes de negocio. «En la convocatoria que se presentó Moisés planificamos la participación de diez emprendedores, pero le dimos un giro al concurso porque había mucho potencial. Así que con los planes de negocios y las solicitudes que recibimos, fuimos dando el capital semilla conforme lo requería cada uno de los emprendedores seleccionados», comenta Jordan. De este modo, World Vision no solo selecciona a los emprendedores con mayor potencial, sino que también ajusta el apoyo financiero según las necesidades específicas de cada uno.
En esta convocatoria participaron 20 emprendedores, entre ellos Moisés, quienes fueron evaluados en base a su plan de negocios, su capacidad de implementación y el impacto que su emprendimiento podría tener en la comunidad. Moisés presentó un proyecto sólido y bien estructurado que combinaba su experiencia en la cocina con un enfoque innovador hacia la gastronomía venezolana y fue seleccionado para recibir el capital semilla.
Gracias a este apoyo financiero, Moisés pudo expandir su negocio, mejorar su infraestructura y aumentar su presencia digital. Además, durante este proceso, Moisés se asoció con Corina, la amiga que le presentó a World Vision, quién había comenzado su propio emprendimiento en el área de entregas a domicilio. Juntos, crearon un equipo que no solo ayudó a crecer sus respectivos negocios, sino que también da empleo a más de 10 personas, tanto migrantes como ecuatorianos.
La historia de Moisés es un claro ejemplo de cómo el acceso a recursos y el apoyo adecuado pueden cambiar el rumbo de un negocio, especialmente cuando se trata de emprendedores en situaciones vulnerables. A través de la convocatoria de capital semilla de World Vision, muchos otros emprendedores migrantes han tenido la oportunidad de presentar sus proyectos, recibir formación y, en muchos casos, acceder a los recursos necesarios para llevar sus ideas al siguiente nivel. “Algo muy importante es que, luego de recibir las capacitaciones y el capital semilla, el acompañamiento de World Vision ha sido vital para mi negocio y mi crecimiento personal. Les agradezco mucho por su apoyo y confianza”, concluye Moisés.
El éxito de Moisés no solo radica en lo que ha logrado para él, sino también en cómo ha logrado compartir la gastronomía venezolana con la comunidad ecuatoriana, crear empleo y aportar a la economía local. La historia de Moisés es un testimonio claro de la importancia del apoyo a los emprendedores migrantes, y cómo, con el respaldo adecuado, es posible transformar una adversidad en una oportunidad para el crecimiento y la inclusión socioeconómica.
Carretilla de Esperanza: La Lucha por la Supervivencia y la Resiliencia
Fernanda despierta cada día con la incertidumbre pegada al pecho, pero sin permitir que el
miedo la detenga. Es madre, esposa y vendedora ambulante en la zona Fronteriza entre
República Dominicana y Haití, donde la falta de empleo y oportunidades ahogan a muchos.
Con su carretilla llena de ropa de segunda mano, recorre las calles bajo el sol abrasador con la esperanza de vender lo suficiente para llevar alimento a su hogar.
Algunos días son buenos, pero en su mayoría, vuelve a casa con los bolsillos casi vacíos, sin
haber conseguido siquiera para una botella de agua. Sin embargo, no se permite el lujo de rendirse. Sabe que su familia depende de su esfuerzo.
Su esposo solo consigue trabajo en tiempos de zafra, cuando la cosecha de arroz le permite
proveer momentáneamente. Pero fuera de esa temporada, la vida se vuelve aún más cuesta arriba. La escasez aprieta, le necesidad se presenta.
Fernanda es consciente de su realidad. No niega que hay días duros, pero los acepta con la
esperanza de que vendrán tiempos mejores. Mientras sus 4 hijos estudian, ella empuja su
carretilla con la determinación de quien sabe que no puede detenerse. Sueña con un pequeño establecimiento propio, con ver a sus hijos crecer sanos, con valores, con oportunidades que
a ella le fueron negadas.
Cada paso que da es un acto de resistencia, cada venta una pequeña victoria. Su carretilla no solo lleva ropa; carga también su esperanza, su lucha y el amor inmenso por su familia, que la mantiene de pie.
Entre dos infiernos: violencia de pandillas y deportaciones forzadas
En la luz gris del amanecer, vinieron por Rosemerline. Una mujer embarazada de 24 años, frágil y olvidada en un mundo que alguna vez prometió refugio. Fue detenida. Sus captores no mostraron respeto por su humanidad, solo una eficiencia brutal para expulsarla. Un camión la llevó de regreso a Haití, como en una jaula, sofocante.
“Me llevaron a las 5 de la mañana”, susurró Rosemerline, con la voz temblorosa bajo el peso de una historia vieja y familiar. “Llegamos a la 1 de la tarde”. Nueve horas—apretados unos contra otros, sin espacio para respirar, sin espacio para moverse. Como si el tiempo se hubiera doblado sobre sí mismo, dibujando una línea continua entre el presente y los horrores del pasado. No había aire, ni agua, ni dignidad—solo cuerpos, apilados como carga, olvidados.
“No podía respirar”, dijo, con la voz quebrada. No hubo misericordia para las madres, ni consideración por la vida que crecía dentro de ella. En ese camión, no importaba si una mujer llevaba un bebé en el vientre o en los brazos—las familias eran separadas, despojadas de lo poco que les quedaba de humanidad.
“Te llevan tengas zapatos o no”, dijo. “Estés vestida o medio desnuda, no les importa.” Las palabras cayeron como piedras, pesadas y duras, resonando a través de los siglos. Mujeres, niños, hombres—descalzos, rotos, encadenados. Los captores de Rosemerline arrancaban personas de sus hogares, indiferentes a sus gritos, transportándolos como mercancía, como propiedad—ahora atrapados por cadenas invisibles de indiferencia y deshumanización.
Las carreteras de República Dominicana, sinuosas y rugosas, se convirtieron en el “pasaje medio” de Rosemerline—un calvario de dolor y pérdida. Las condiciones sufridas fueron una violación a los derechos humanos—una crueldad familiar, disfrazada con otro nombre. Al ser descargados, arrojados al costado, Rosemerline quedó enfrentando el amargo sabor del abandono, sus sueños magullados por la dureza de la realidad. Ella, como las mujeres y hombres antes que ella, como los 11,000 deportados esta semana, fue tratada como si no fuera plenamente humana—como si su existencia fuera una carga que debía ser descartada, sus sueños desechados junto con su dignidad.
Sin embargo, en medio de la desesperanza asfixiante, Rosemerline se aferra a la esperanza. Su espíritu, aunque golpeado, se niega a quebrarse. Habiendo estudiado artes culinarias, imagina un futuro donde pueda construir un negocio, donde sus manos puedan crear en lugar de estar atadas. Sus circunstancias son duras—su madre ha fallecido, su padre es ciego, sus hermanos están escondidos en las colinas, huyendo del asedio de las pandillas en Arcahaie. Pero incluso ahora, con el peso de sus luchas, Rosemerline sueña.
“Para quedarme en mi país, sueño con tener un negocio”, dice, sus palabras son una rebelión silenciosa contra las fuerzas que buscan desarraigar su vida. Planea terminar sus estudios de secundaria después de dar a luz, recuperar el futuro que le fue robado. Hace un llamado al gobierno haitiano, suplicando por un mundo donde los jóvenes puedan vivir con dignidad, donde el empleo y la seguridad les den razones para quedarse en casa, sin la vergüenza de la deportación pendiendo sobre sus cabezas.
Su fe, inquebrantable ante sus pruebas, la ancla en medio de la tormenta. “Recen para que los bandidos bajen las armas”, suplica, creyendo en el poder de la oración para mover montañas. “Dios lo puede todo. Cuando recen, pídanle a Dios que limpie nuestro país, que nos una.”

El viaje de Rosemerline es un espejo que refleja los horrores del pasado y las injusticias del presente. Mientras ella se aferra a la esperanza, se nos llama a actuar, para asegurar que su historia —y las de tantos otros— no se pierdan en la indiferencia de la historia.
World Vision se solidariza con Rosemerline y con los incontables atrapados entre dos infiernos: entre la violencia de las pandillas y la brutalidad de las deportaciones forzadas. Juntos, hacemos un llamado a la comunidad internacional, al gobierno haitiano y a la Iglesia a asumir el desafío. Es hora de romper las cadenas —las antiguas y las nuevas— y trabajar por un Haití donde cada vida sea tratada con la dignidad y el respeto que merece.
Glenys, la cocinera y emprendedora venezolana que logró surgir en Cerro Chuño
Glenys García (42 años) es venezolana y llegó a Chile en noviembre del 2021 junto a su marido, tres hijos y una nieta. Con su familia arribó directamente al asentamiento irregular de Cerro Chuño en la comuna de Arica, en el norte del país, logrando contar con un espacio donde residir con los ahorros que tenían. Los dos hijos adolescentes entraron al colegio, y su hija más grande apoyaba en labores de cuidado.
Si bien su marido empezó trabajado en pequeñas labores de construcción, Gladys se dio cuenta que también era necesario que ella misma aportara a la economía del hogar, por lo tanto, cuando una vecina la motivó a vender desayunos para los vecinos de la población, ella se motivó. Utilizó los conocimientos que tenía sobre cocina y todo lo que le quedó de sus ahorros para construir un pequeño puesto de comida que inició con un toldo donde vendía desayunos con empanadas venezolanas.
Una vez que logró establecerse y comenzar con su emprendimiento, la vecina que inicialmente la había apoyado le solicitó irse del lugar, ya que ella también puso su propio negocio y no la quería cerca ya que le afectaba su clientela. Por lo que Gladys tuvo que buscar un lugar diferente donde pudiera continuar con su local de comida.
UN APOYO PARA CRECER
Fue en esos meses cuando se encontró con la organización internacional World Vision, quienes se encontraban apoyando líneas de emprendimiento. Al principio, fue beneficiaria de cash transfer para comprar mercadería para su negocio, luego recibió un taller de empoderamiento para emprendedoras, accedió a cursos de repostería y posteriormente la consideraron para un “capital semilla” recurso que utilizó para continuar comprando materia prima para su local de empanadas.
El impacto que ha tenido en su vida el apoyo de World Vision ha sido significativo en múltiples aspectos. Desde el ámbito económico, ha recibido el respaldo necesario para fortalecer su emprendimiento a través del “capital semilla”, y más allá de lo monetario, los conocimientos adquiridos en los talleres han sido una herramienta invaluable en su desarrollo personal y familiar, cuenta Glenys. Un ejemplo es el taller de empoderamiento que la ayudó a comprender y manejar mejor sus emociones y poder aplicarlo con sus propios hijos en el hogar. El curso de marketing, cuenta, la ayudó a fortalecer sus conocimientos y administrar mejor sus recursos.
Por otro lado, el poder participar en los talleres no solo le ha brindado herramientas y conocimientos valiosos, sino que también ha sido una puerta de entrada para su integración en la sociedad. A través de estos espacios ha tenido la oportunidad de conocer a personas solidarias y generosas que con su apoyo y buena voluntad han contribuido a su crecimiento y bienestar, ya que con estos encuentros y con la ayuda de WV ha podido crear una red de apoyo que le brinda confianza y seguridad. También al compartir su experiencia con otras personas en situaciones similares, ha creado lazos de amistad y colaboración que la motivan a seguir adelante y así mismo ir dando consejos o recomendaciones a quienes están en su misma situación.
UN EJEMPLO PARA OTRAS MUJERES
Glenys cuenta que una dificultad que ha tenido en su experiencia de migrar ha sido enfrentarse a la soledad en un país que no es el suyo, lo que se suma al deseo recurrente de regresar a su patria. Sin embargo, es consciente de que por ahora esa no es una opción, por lo que sigue adelante, adaptándose a su nueva realidad y buscando oportunidades para salir adelante junto a su familia.
Poco a poco, su emprendimiento ha ido creciendo con la ayuda no solo de World Vision, sino también de su marido y su familia. Con los recursos adquiridos, logró construir un pequeño local con material ligero, compró un horno, y ahora además de empanadas, vende pastelitos venezolanos, jugos naturales, y bebidas. Felizmente ha logrado reconocimiento entre sus vecinos y clientes. A través de su negocio, no solo ha logrado estabilidad y autonomía para ella y su familia, sino que también ha encontrado una manera de integrarse en su nuevo entorno, compartiendo su gastronomía y conectando con otras personas su cultura a través de la comida.
Con esfuerzo, valentía y mucho trabajo, Glenys transformó sus habilidades en la cocina en un emprendimiento. Aprendió, se adaptó, pidió ayuda cuando fue necesario y nunca dejó de creer en sí misma. Hoy, su negocio no solo es un éxito, sino que también es un ejemplo de inspiración para muchas otras mujeres que, como ella, buscan una oportunidad para salir adelante en un país desconocido y desafiante.