La Guaira, Venezuela | World Vision.- En algunas comunidades de La Guaira, la ayuda todavía queda lejos.
Después del terremoto, varias familias no solo enfrentan el miedo a las réplicas, los edificios inestables y las calles bloqueadas. También deben caminar largas distancias para conseguir agua, alimentos o algún tipo de asistencia. Según Alejandro Parra, gerente de Programas de World Vision, pastores de la zona han reportado casos de personas que caminan entre 12 y 15 kilómetros para buscar ayuda.
La escena resume una parte dura de toda emergencia: el desastre no termina cuando deja de temblar. Sigue en los caminos cortados, en los barrios aislados, en las familias que esperan, en las niñas y niños que respiran polvo mientras los adultos intentan resolver qué comer, dónde dormir o cómo salir de una zona insegura.
“Las calles son bastante angostas y cuando cayeron los edificios, muchas de las calles se trancaron”, explica Parra. En esos sectores, la remoción de escombros ya comenzó. También la demolición de estructuras en riesgo. Pero ese proceso, indispensable para abrir paso y reducir peligros, ha traído otra preocupación: una nube constante de polvo sobre zonas donde todavía permanecen familias.
Para madres, padres y cuidadores, el polvo no es un detalle menor. En medio de viviendas dañadas, rutas cerradas y servicios interrumpidos, muchas familias temen que sus hijos sufran enfermedades respiratorias. El aire también se volvió parte de la emergencia.
La Guaira enfrenta varios riesgos al mismo tiempo. Algunas calles quedaron bloqueadas por los escombros. Otras permanecen cerradas porque los edificios cercanos podrían colapsar. Las réplicas mantienen a las comunidades en alerta. En ciertos sectores, el paso de vehículos resulta imposible porque la vía cedió o porque la zona sigue bajo restricción.
Ese aislamiento marca una diferencia entre recibir ayuda y tener que salir a buscarla.
“Hoy me comentaban los pastores que están llegando personas que están caminando 12, 15 kilómetros para ir a buscar algo de ayuda, algo de alimento, algo de agua, porque no se está llegando”, cuenta Parra.
La frase pesa porque revela una brecha concreta. Cuando una familia camina esa distancia después de un terremoto, no lo hace por rutina. Lo hace porque necesita comer. Porque necesita agua. Porque alguien le dijo que en otro punto están entregando asistencia. Porque quedarse quieta también tiene costo.
Las comunidades más alejadas de puntos céntricos como Catia La Mar o Caraballeda enfrentan mayores dificultades. La ayuda puede estar disponible en determinados lugares, pero eso no significa que todas las familias puedan acceder a ella. En una emergencia, la distancia se convierte en una forma de exclusión.
Parra explica que World Vision está entrando a la zona y construyendo redes con iglesias locales para identificar comunidades que todavía no han sido atendidas. La estrategia consiste en encontrar puntos de acceso seguros, coordinar con referentes comunitarios y acercar la respuesta a quienes hoy deben caminar demasiado para recibir apoyo.
“Estamos haciendo redes ahorita con las iglesias para buscar a aquellas que puedan acercarnos a estas personas y que nos den acceso”, señala. “Estamos haciendo las alianzas para buscar un punto que nos permita a nosotros ir hasta allá”.
Ese trabajo con iglesias resulta clave porque, en muchos territorios, las comunidades de fe conocen los caminos, las familias, los sectores más golpeados y las zonas donde la ayuda todavía no entra. En una emergencia, esa información vale tanto como un mapa. Permite saber quién quedó aislado, quién necesita agua, quién tiene niñas y niños pequeños, quién perdió su vivienda, quién está enfermo, quién no puede caminar hasta un punto de distribución.
La niñez exige una atención especial. Después de un terremoto, niñas y niños enfrentan riesgos que van más allá del daño visible. El polvo, la falta de agua segura, la pérdida de rutinas, el miedo a nuevas réplicas y la exposición a espacios inseguros pueden afectar su salud y su bienestar emocional.
Cuando una familia debe desplazarse largas distancias para buscar ayuda, los niños quedan expuestos al cansancio, al calor, al polvo y a la incertidumbre. Cuando una comunidad queda aislada, los más pequeños suelen pagar primero las consecuencias.
Por eso la respuesta humanitaria no puede quedarse solo en los puntos más accesibles. La ayuda debe avanzar hacia las comunidades que quedaron al margen por las vías dañadas, las calles bloqueadas o el riesgo de derrumbe. Cada kilómetro que una familia deja de caminar para conseguir agua o alimentos importa.
World Vision trabaja para acercarse a esas zonas mediante alianzas locales, especialmente con iglesias y líderes comunitarios. El objetivo es identificar lugares seguros de encuentro, convocar a las familias y organizar una respuesta que llegue a quienes todavía esperan.
La tarea es urgente. Mientras continúan las réplicas y la remoción de escombros, muchas familias viven entre el miedo, el polvo y la necesidad. Algunas ya recibieron asistencia. Otras siguen buscando una manera de ser vistas.
En La Guaira, la emergencia no está solo bajo los edificios caídos. También está en los caminos que una madre debe recorrer para conseguir agua. En el niño que tose por el polvo. En la familia que escucha una nueva réplica y vuelve a salir a la calle. En las comunidades donde la ayuda todavía no logra entrar.
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Tu donación puede ayudar a llevar agua segura, alimentación básica, refugio temporal, kits de higiene, protección para la niñez y acompañamiento psicosocial a las familias afectadas por el terremoto.
En una emergencia como esta, acercar la ayuda puede significar que una familia deje de caminar 12 o 15 kilómetros para encontrar lo básico.
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