El pastor que perdió a su hijo y ayuda a La Guaira

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La Guaira, Venezuela | World Vision.- Cuando sonó la alarma, el pastor Alexis Paz pensó que alguien le estaba jugando una broma. Nunca había escuchado ese sonido. Miró el teléfono y leyó dos palabras que, segundos después, cambiarían su vida y la de toda su comunidad: “fuerte temblor”.

Estaba en la terraza de su casa. Su esposa se encontraba en el cuarto. Sus hijos estaban en distintas zonas de La Guaira. Entonces empezó el movimiento. Las paredes internas comenzaron a caer. Parte de los escombros golpearon sus piernas.

Le dijo a su esposa que avanzara, que él la alcanzaría. En medio del ruido, el polvo y el derrumbe, hizo una oración breve, desesperada, de esas que no se preparan en un púlpito: “Señor, yo estoy dispuesto a partir, no hay problema, pero salva a mis hijos”.

De alguna manera logró quitarse las piedras de encima. Salió herido. Todavía conserva lesiones que no han cicatrizado. Pero caminó. Su casa quedaba a una cuadra de la iglesia Arará, en Playa Grande, Catia La Mar, La Guaira. Allí llegó junto a su esposa, mientras la gente permanecía en la calle sin saber qué hacer.

La iglesia seguía en pie.

Alexis revisó la estructura. No vio fisuras ni grietas. Abrió la puerta. Lo que hasta entonces había sido templo, comedor comunitario y lugar de encuentro, se convirtió en refugio.

“Pueden venir o quedarse abajo, como ustedes prefieran”, les dijo a las personas que estaban afuera.

Muchas entraron.

Una iglesia que ya conocía a su comunidad

Antes del terremoto, la iglesia Arará ya tenía una práctica instalada: servir a la comunidad. No era una idea improvisada para la emergencia. Tenían un comedor funcionando todos los días y una reserva de alimentos para unas dos semanas.

Ese detalle fue decisivo. En las primeras horas, cuando el miedo todavía estaba fresco y la información era confusa, la iglesia tenía algo concreto que ofrecer: un espacio abierto, manos disponibles y comida.

También había enfermeras, médicos y personas con experiencia en rescate entre los miembros de la comunidad de fe. Sin electricidad, sin agua, sin comunicación y bajo la lluvia, comenzaron a buscar sobrevivientes.

No tenían equipos especializados. Usaron lo que había: manos, palas, piedras, tubos, fuerza comunitaria y una terquedad nacida del amor.

El pastor recuerda que sacaban personas de entre los escombros. Algunas ya habían muerto. Otras seguían con vida. Escuchaban voces. Buscaban herramientas. Llamaban a más gente. Volvían a entrar.

La noche no les dio tregua. Además del terremoto, cayó un aguacero fuerte. Estaban empapados, sin luz, con los teléfonos descargándose y sin saber qué había ocurrido en otras zonas.

Pero siguieron.

“Me faltaban tres hijos”

Mientras ayudaba a otros, Alexis buscaba a los suyos.

Uno de sus hijos logró encontrarlo en medio de la oscuridad y la lluvia. Se abrazaron. Ese abrazo trajo alivio, pero todavía faltaban otros miembros de la familia.

Después llegó una de sus hijas. Luego supieron dónde estaban otros familiares. Fueron hasta el lugar. Allí lograron sacar a su nuera y a su nieta. La niña estaba cubierta de polvo. El pastor recuerda que la vio “blanquita”, aunque ella no era de piel clara. La abrazó y le preguntó cómo estaba.

“Bien, abuelo, tranquilo, abuelo, yo estoy bien. Dios me guardó”, le respondió.

Pero no todos salieron con vida.

El pastor Alexis Paz perdió a su hijo mayor, Adrián Josué, de 44 años. También perdió a su nieto mayor, de 19. Adrián Josué era pastor de la iglesia y coordinador musical. En una sola noche, la familia perdió a un hijo, a un nieto, a un líder espiritual, a una voz musical y a una parte profunda de su historia.

Hay dolores que no se ordenan en una frase. Se cargan con el cuerpo entero.

Y, aun así, al amanecer, Alexis seguía allí.

La fe que no huye del polvo

El testimonio del pastor no tiene el tono de alguien que intenta negar la tragedia. Habla desde la herida. Desde el cansancio. Desde la pérdida. Desde un cuerpo golpeado y una familia rota.

También habla desde una convicción que, para muchas personas, puede resultar difícil de comprender: ayudar mientras se está llorando.

La iglesia Arará no esperó a tener todo bajo control para acompañar a su comunidad. No esperó a que el dolor pasara. No esperó a que llegaran condiciones perfectas. Abrió sus puertas y empezó a servir con lo que tenía.

En una emergencia, esa diferencia importa.

Una comunidad no sobrevive solo con discursos. Necesita agua. Necesita alimentos. Necesita atención básica. Necesita espacios seguros. Necesita adultos capaces de proteger a niños y niñas cuando todo alrededor se vuelve amenaza. Necesita iglesias, organizaciones y personas que actúen rápido, con humildad y con responsabilidad.

Según la información compartida por la comunidad, se estima que cerca del 40% de los feligreses de la iglesia murieron. La cifra estremece. Detrás de ese porcentaje hay nombres, familias, ministerios, canciones, sillas vacías, conversaciones que quedaron pendientes y niños que ahora miran el mundo con otros ojos.

Aun así, la iglesia sigue sirviendo.

Con el apoyo de World Vision y de iglesias locales, el pastor Alexis Paz, su esposa y sus tres hijos sobrevivientes están ayudando a brindar alimentación y asistencia básica a personas afectadas en La Guaira.

“Además de orar, busque la manera de apoyarnos”

En su mensaje a otras iglesias, el pastor Alexis Paz no maquilla la realidad. Todavía están sin electricidad. El agua llega por cisternas. El agua potable también depende de apoyo externo. La comunidad necesita insumos.

Su llamado es directo: “Además de orar, busque la manera de apoyarnos”.

No lo dice desde una oficina. Lo dice desde una zona golpeada. Desde una iglesia que ha recibido insumos de distintas congregaciones, sin importar la denominación. Desde un lugar donde la fe se ha vuelto comida, agua, refugio, acompañamiento y manos que levantan escombros.

También lo dice con una imagen que resume el tipo de ayuda que se necesita: que quienes están lejos hagan llegar su apoyo para que esas manos sean “las manos que abracen al necesitado” en esa zona.

Esa frase tiene peso porque viene de alguien que no está hablando de solidaridad en abstracto. Está hablando de vecinos concretos, familias concretas, niños concretos y una comunidad que todavía intenta entender cómo seguir viviendo después del terremoto.

Venezuela necesita ayuda ahora

La emergencia en Venezuela no se reduce a edificios dañados. Hay familias sin servicios básicos. Hay comunidades enteras expuestas al polvo, al miedo, a enfermedades respiratorias, a la pérdida de ingresos y a la incertidumbre. Hay niños, niñas y adolescentes que han visto demasiado en muy poco tiempo.

En La Guaira, la respuesta de iglesias locales y organizaciones humanitarias está siendo vital para sostener a quienes perdieron casa, familiares, seguridad y rutina.

Donar en este momento no es un gesto simbólico. Es una forma concreta de ayudar a que lleguen alimentos, agua segura, kits de higiene, asistencia básica y protección para la niñez.

El pastor Alexis Paz ya está haciendo su parte desde el lugar más duro: desde el duelo.

A quienes estamos lejos nos toca decidir si vamos a mirar la tragedia como una noticia más o si vamos a convertir la compasión en ayuda real.

Puedes apoyar la respuesta de emergencia de World Vision en Venezuela aquí:

https://worldvisionamericalatina.org/emergencia-terremoto-venezuela/

Porque cuando una comunidad queda bajo los escombros, cada donación puede convertirse en alimento, cuidado, abrigo y esperanza.

Y porque en La Guaira, incluso con el corazón quebrado, hay una iglesia que sigue abriendo sus puertas.